Malogrado

Un estallido estertóreo acalla con el ruido de las copas, de bocas que mastican; el aplauso de los presentes por la culminación del relato no llega, el triunfo del cazador se repite pero en el entorno doméstico: las cortinas se tiñen de un rojo carmesí, un niño de ocho años —los otros dos dormían— no llora, no grita, no se mueve, su madre en lugar de un rostro tiene un hoyo negro en la cara que sangra, mancha de blanco el sillón con chorros de sangre del exacto color del vino de la copa que su mano inerte todavía sostiene.

Insolación

Se convirtió en parte de su atuendo y ya sus padres no le daban mayor importancia, si le hacía sentir seguro y le permitía vivir, ¿por qué impedírselo? La botella de agua, de medio litro, era su reserva y no la bebía a menos que no tuviese otra fuente de hidratación a la mano. Era más bien un arma contra la muerte y su sentencia, que sin dudas le dijo que se iba a morir de sed, deshidratado en una tierra seca, en un monte lejano, sin nadie que le ayudase a sobrevivir.

Cavilaciones hacia el final

El inferno tan temido se vuelve confortable, hecho a la medida de su cielo personal donde el fuego no quema sino que basta apenas para calentar la habitación de paredes mortecinas tan fría esta mañana. Se sabe con el tiempo contado. Se sabe finito porque ha visto a la muerte de cerca. La vio en la sala de espera del hospital donde su padre agonizaba, sin ninguna prisa, seguro de que la hora estaba cercana

Lápida

Le he perdido el gusto a las cosas de la vida, a las cosas que la gente, en su gran mayoría, consideran dignas de vivirse. No significa que yo haya perdido el gusto por vivir, sino que encuentro placer tan solo en unas cuantas actividades carentes de significado para los demás. Hoy me siento abatido,... Leer más →

A contratiempo

Sé que llegas antes de tiempo, aunque para mí esta hora ya la tenías programada. No sé exactamente qué decirte. Durante años pensé que nunca llegarías. Tu recuerdo me aterraba y prefería guardarte para las noches cuando me sentía desolado, y obtener tu consuelo porque al final a ti siempre te he importado. Quería que... Leer más →

Solitario

Yo vivo tras bambalinas, en mi trinchera, oculto de toda mirada pero siempre atento a lo que me pasa, a cada movimiento que me rodea y que no es mío. Es porque nunca se me ha dado bien el protagonismo. Soy un apátrida del escenario, la luz de los reflectores me ciega, el enjambre de miradas me congela. No puedo tolerar las multitudes, más voces que la mía o menos silencio que el que me otorga la soledad. Bendigo los días solitarios, el tiempo que corre a mi paso, mi habilidad de tirar las horas por el drenaje sin ningún remordimiento.

Tumba vacía

El cartero ya no pasaba, no en el campo, no tan lejos de la ciudad. Tampoco Clara guardaba esperanzas, se le habían ido como se van los días, los meses, los años. Lo que sí guardaba y cuidaba más que a su ya frágil vida, era la vida de su hijo, el único, ya tan... Leer más →

Uso práctico del tiempo

El hijo de mi madre practicaba, desde muy corta edad, la egolatría como defensa del ser, el menosprecio a la otredad, una leve misantropía que le auspiciaba una fortuita soledad. No lo sabía, pero cada libro leído le otorgaba la experiencia lectora y no menos profunda que la de la vida real, de otras vidas. Comenzó siendo uno solo para multiplicarse, ser uno y ser distintos. Desde esa edad, en que la lectura se volvió su primicia de vida, ya nada humano, insustancial, le pareció digno de interés.

Somos deseo

También existe el que no desea nada, y ese desear nada es desear la muerte que de por sí ya es desear mucho. No siempre es un deseo inmutable, difícil de sortear o de intercambiar por el deseo de seguir pese al dolor que le infringe la vida. Estamos hechos de deseo, de unos padres ilusionados con la sorpresa que les dará la vida en nueve meses. No se nos consultó si queríamos llegar, si queríamos vivir, recorrer el camino de la vida como lo siguieron nuestros padres, nuestros abuelos, y así hasta la eternidad en el pasado.

Un año menos.

Hay dos muertes, ambas como ausencia. Cuando el amor se termina, el otro muere, se transforma en otro ser que ya no reconocemos. Se siente la ausencia, la fúnebre sentencia, y se sufre porque se le sabe vivo, sin posibilidad de dar vida al amor de antaño. ¿Y el padre que muere? Con los padres también se tiene una relación de amor, el primer amor de la vida. Me decía que no hay consuelo para la muerte de un padre o de un hijo, tampoco para la muerte de la persona compañera de vida. No me parece sin embargo acertado comparar la muerte de un padre con el término de una relación amorosa, pero sí es el final de un historia de amor, hilvanada desde la infancia.

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