Ayer vacío

Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.

Una pasión ya sin nombre

Esa debe ser tu idea, de una luminosidad que sana, que evita la caída en el abismo peligroso de lo ya vivido. Por eso huyes de mí, me lees desinteresada, como un descuido, como se lee un anuncio en la calle, como se escucha la voz que anuncia la estación del metro, o peor, no me lees, miras mi mensaje rápido, de soslayo, como se ignora a un menesteroso al que no se le quiere dar dinero, de soslayo porque su mirada esperanzada por una moneda da lástima, no caer en ese juego, porque se le volvería costumbre

No es el lugar

Sigue suspirando, resoplos de tristeza, no se le da expresarse con palabras. El llanto le viene como la locura, mezclado de risa, incomprensible. Hay algo profundo que no logra exteriorizar, la razón de su desdicha, de su entrega a la vida leve, ausente en la medida de lo posible

Nada se resuelve

Pero bien sé que las cosas no son así, que, como yo hice, primero es el diagnóstico y después se resuelve el problema, me dará cita para un día o dos después, y problema no resulto hasta que venga con todo lo necesario.

¿Qué soñó el tiempo?

El tiempo no soñó nada de esto, no soñó a este hombre que escribe un sábado a las seis de la tarde, ni este apartamento anclado a esta ciudad y que sirve de refugio para el hombre y sus libros. El tiempo soñó algo distinto, soñó a este mismo hombre menos solo, más enamorado y al roce de la felicidad

Desconocimiento

La mañana despejó la tristeza y el desasosiego. El día tenía una nueva razón de ser. Me llegó un libro de Borges, como un regalo especial hecho por alguien que conozco poco. Por eso he venido a estas páginas, para dar cuenta de que se es escritor escribiendo.

Flotar sin dudas

No se hablará en las noticias, será acaso una nota roja, en esos periódicos que mi padre gustaba llamar con desdén amarillistas, más inclinados al morbo que a la nota seria. Ahí resaltará el encabezado estridente, de doble sentido, se ahoga mujer en la piscina de su propia casa. Se mostrará mi cuerpo lívido, ya... Leer más →

El río que no cesa

Es esta luz quizás el preludio de la vida, esta misma luz me vio nacer en aquel pasado frugal es también el final de todo, en algún mañana impreciso. «Me moriré en Paris», profetizaba Vallejo, un viernes o un jueves. Yo no sé dónde ni cuándo. Me moriré vacilante, de este lado o del otro, mañana o más tarde. «Piedra negra sobre una piedra blanca», titulaba Vallejo a su fatídico poema. Yo nunca podré ponerle un título a mi vacilante vida. Me moriré sin nada, anónimo, indecible.

Amanecer violeta

Por la ventana he vuelto a ver al extraño hombre que camina presuroso hacia ninguna parte, aquel que un día se detuvo frente a mí para decirme palabras que no recuerdo, un saludo insensato, su mirada de loco ausente, la incomprensión de ambas partes. Lo he vuelto a ver ahora en invierno, desde la ventana impune, su caminar como el del verano, su destino ausente o incierto. Un hombre de mil rostros, de toda una eternidad que lo precede. Ya he terminado, ahora saldré a andar por la calle sin nombre con el ánimo de un loco que disfruta de incomodar a desconocidos.

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