Un año menos.

La calma, la anhelada e inextricable calma, acaso inefable y circular, recurrente y huidiza. La calma acompañada del silencio, horas de ausencia, la placentera retirada del otro. Invité a los llamados amigos a festejar mi cumpleaños, el año menos de vida, el reiterado e entreverado ágape de la resta: menos tiempo. Me entregué a las conversaciones deliberadas, una idea, una pregunta, la discusión en torno a lo que no tiene respuesta. Los ánimos remontaban, emparejados al ritmo en que el alcohol se consumía y los cigarros se volvían cenizas. Se respiraba humo, cerveza y voces altas. Yo los invité, disfruté durante las pocas horas que se sucedieron hasta el atardecer, entonces mi paciencia tiró la toalla. Hablé de más, quédense hasta mañana, les dije a Lea y Ángel, pueden dormir en el sillón. Se los dije sólo a ellos, pero los otros creyeron que era una invitación colectiva, quedémonos hasta mañana, se propusieron. Así la tarde seguía su curso, la noche le siguió tardía, se hablaba muy alto, voces como estridentes ruidos, baile que hacía vibrar el piso de por sí frágil del apartamento. Se quedaron, ya era otro día, medianoche y los ánimos no decaían. Yo deseaba la calma, un poco de silencio como regalo de cumpleaños, ellos sin embargo se entregaron a la natural metamorfosis, el alcohol que deformaba o daba forma, a una personalidad distinta a la sobria. Sube el volumen, o quieres que nos vayamos, increpaban. Cómo les podía decir que se fueran si yo los había invitado, era a ellos de apelar a la prudencia y retirarse por cuenta propia. Ya es tarde, no debemos molestar a los vecinos. Pero a ellos no les importaba, el alcohol hiperbolizaba los demonios, verdaderas caretas de los presentes. Y yo sobrio y molesto, deseando que se fueran, flagelando mi conciencia con el látigo del arrepentimiento: había perdido el control, era consciente de un infierno realizado, yo como única causa, yo único culpable.

Tuve que pronunciar la sentencia, S. me preguntó quieres que nos vayamos, quizás tienen cosas que hacer mañana, y yo no puedo decirles que se vayan, yo los he invitado, quédense si quieren. Es que estamos ya borrachos, perdemos la noción el tiempo, nos tienes que poner un alto sino no nos queda claro. Tuve que decirlo, sí, creo que ya es hora de terminar la fiesta, tenemos cosas que hacer mañana. El mensaje pasó rápido, empezaron a recoger sus cosas. Horas antes había sido testigo de un subrepticio triángulo amoroso, A. besó en un segundo a B., a pocos metros de S., su esposa. ¿Decir algo? No me corresponde. Ninguno de los dos se dio cuenta de que yo había sido testigo, mi carácter siempre inquisitivo. Los seguí con la mirada, A. disimulaba un vaivén de la sala a la cocina esperando que B. saliese del baño. Le arruiné la estratagema, sin disimulo me volví vigilante, pensando si S. estaría al tanto de lo que pasaba. Jugar el engaño, al silencio cómplice, no es mi problema, quizás es un problema recurrente dentro del matrimonio que no se habla, silenciado por conveniencia. Después de esto se fueron.

Conseguí lo que parecía al inicio imposible. todos partieron hacia las dos de la mañana, por fin en el apartamento se hacía silencio. El adiós de B. fue emotivo, abrazos largos después de sincerarse, traer de vuelta la imagen de su padre que se refleja en ella misma como espejo. Se padre la persigue como sombra. Padre muerto que vive en la conciencia de su hija, el perseguidor como remordimiento. B. se siente en deuda con su padre, en sueños le pregunta qué quieres de mí papá, qué debo hacer para que te vayas feliz. Entonces B., durante cavilaciones y murmullos, concluye que debe terminar lo que su padre no pudo terminar, hacer de los proyectos del padre sus proyectos. Tú no eres tu padre —intento decirle sin la intención de emitir una sentencia—, tú no eres una extensión de él mismo. Los padres han legado sus hijos a la eternidad. Mientras me contaba cómo una ataque de ansiedad le cortaba la respiración durante la duermevela, pensé que hay una delgada línea que divide el dolor de la muerte de alguien que se ama —en este caso el padre—, y la separación luego de una relación amorosa. Hay dos muertes, ambas como ausencia. Cuando el amor se termina, el otro muere, se transforma en otro ser que ya no reconocemos. Se siente la ausencia, la fúnebre sentencia, y se sufre porque se le sabe vivo, sin posibilidad de dar vida al amor de antaño. ¿Y el padre que muere? Con los padres también se tiene una relación de amor, el primer amor de la vida. Me decía que no hay consuelo para la muerte de un padre o de un hijo, tampoco para la muerte de la persona compañera de vida. No me parece sin embargo acertado comparar la muerte de un padre con el término de una relación amorosa, pero sí es el final de un historia de amor, hilvanada desde la infancia. Se debe entonces cortar ese lazo, aceptar la dicotomía funesta de la existencia. B. no tuvo tiempo de enmendar posibles errores, hacer sentir orgulloso a su padre. Ya no puedo, le dice durante el sueño no es posible, papá, qué más quieres que haga. Se deja arrastrar por una corriente de pesar, su ser que adolece de sosiego, se construye explicaciones vanas para cuanto le sucede, interpreta sus sueños desde la óptica de la culpa, de la irrealización, de las deudas que cree que tiene con su padre muerto. Ya no está, dice al hablar sobre el árbol que plantó en un parque, ya no está y ya no importa, es solo un símbolo. Y una voz de fondo dice que los símbolos son importantes, el cerebro los pide. Y yo el árbol ya no está, tampoco tu padre, los símbolos lapidarios no permiten un cierre. Aceptar que el árbol ya no está de la misma forma que el padre, físicamente ausente, permanece en el andar atribulado de su hija.

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