Los prisioneros fueron llevados en vagones con aroma de agua a las Islas Marías. Revueltas se enfoca en sus miedos, en sus hondos pensamientos, incesantes ante la realidad estremecedora. Gallegos es un asesino, o al menos eso se cuenta, además de mezclar su infernal identidad con la de un periodista. ¿Acaso Revueltas se desdobla en estos cuatro o cinco personajes?
Rosario también es llevada con ellos, ella describe el vagón como el «cuarto de las monjas» donde la tía Clotilde la encerraba por haber hecho algo que manchó el «honor» de la familia.
Rosario se sumerge en esta suerte de recuerdos, nacidos a partir del olor agua del vagón. Recuerda a su madre muerta, la tez pálida y venas moradas en el rostro; los ojos de Clotilde, mirándole, dándole ordenes, ya que ahora, con la muerte de su madre, ella se convertía en su protectora. Clotilde representa a la mujer temerosa de Dios, quiere ser exacta, impasible, inmaculada, abogada de las buenas costumbres; utiliza el castigo, la tortura, como una tarea para enmendar sus pecados. Clotilde tiene miedo y quiere transmitir ese miedo a Rosario.
Por el «honor de la familia», Clotilde hace que Rosario aborte al hijo no nacido de Damián, hombre casado que manchará de por vida la consciencia de Rosario. Los pecados de Clotilde necesitarán de más rezos y limosnas para poder ser perdonados. «Estoy condenada» seguro lo pensó, pero en esa época el «honor de la familia» debía ser defendido a toda costa. No pagará, no hay infierno, no hay castigo, tan sólo vivir en este mundo.
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