Las ansias de escribir llegan como la luz del sol que por las mañanas atraviesa la tenue transparencia de las cortinas de mi habitación. El deseo de escribir me cubre como el viento que exhala la noche, indicando que la lucha pírrica contra la oscuridad ha terminado y que el día ha resultado -como siempre- victorioso. El triunfo es desde hace más de 25 años compartido, y lo digo porque puedo dar cuenta de otro día que llega. Estoy a poco comprender la delgada línea que separa mi forma de escribir con los libros que leo. Estoy consciente que soy un ser que se repite, que se mira en el espejo de sus libros leídos y estos a su vez reflejan mi imagen repitiéndola hasta el infinito. Esta manera muy mía de escribir -que en realidad no lo es- forma parte del ritual de tres días de un escritor para luchar contra la página en blanco, que como el invierno más frio nos deja inmóviles imaginariamente. La página blanca podría ser el fantasma que todo escritor lleva consigo, ese momento en que nos quedamos vacíos al ver que ninguna palabra alcanza para llenar el espacio en blanco.

Debo admitir que mi ritmo al escribir se hace con el tiempo más pausado, como si quisiera dejar plasmado algo en específico y tuviera que darle vueltas a la idea dentro de mi mente. De cierta manera eso también me deja paralizado, aunque momentáneamente. He comenzado un nuevo libro con la esperanza de siempre de encontrar las respuestas que no estaba buscando o formular preguntas que no tienen respuesta. Cada libro alberga un alma nueva entre sus líneas, y como lector, en un acto de sumisión, nos dejamos poseer por ese nuevo ente que guardaremos en nuestra memoria. Un libro nuevo conlleva ser otro, y dejar nuestra banal existencia mientras lo leemos. Todo escritor -y ahora me incluyo en ese séquito- está solo y no tiene más lector que sí mismo. No escribimos con el deseo de ser leídos, porque nuestra actividad es solitaria y más que acercarnos a las personas nos incomunica. Resulta paradójico que escribir y leer -actividades solitarias por excelencia- al final de cuentas nos acerquen a las personas: nuestros lectores y los que están por leernos. Pareciera que estamos tan solos que no nos queda más que escribir para contrariar a la soledad y hacernos de alguna compañía. Estamos solos y a su vez deseamos no estarlo, pero cuando ese deseo se cumple maldecimos alguna vez haber tenido aspiraciones contrarias a la soledad. En mi caso -escritor oculto- no puedo experimentar ninguno de ambos extremos, estoy en un punto medio: estoy siempre solo.

Este conjunto de paredes que se llama habitación y donde desde hace 2 semanas paso la mayor parte de mi tiempo se ha convertido en mi santuario y, a su lamentable vez, en una prisión. Lo digo porque me siento cómodo dentro, pero por momentos -no pocos- tengo el deseo fugaz de salir y sentir que no solo soy yo quien existe. Es mi santuario porque es solo mío, y es mi prisión porque yo mismo me he condenado a no salir cuando podría hacerlo si quisiera. Pienso que no he sido parte del mundo real, y que dentro de mi habitación se vive otra realidad que en poco influye en lo que sucede fuera. Sin embargo, creo que lo que estoy haciendo en estos días de aislamiento repercutan de inesperada manera en el mundo “real”. Puedo ser el creador de un mundo y dejar que se desarrolle por sí solo. El ejemplo de “Cien años de soledad” sirve como ilustre ejemplo. Gabriel García Márquez creó un mundo real-mágico a partir del pueblo donde nació. Ese mismo lugar se llenó de vida y pocas veces dista de ser como el pueblo de su novela. Aracataca dejó de serlo para llamarse Macondo y habitarse con fantasmas con identidad y destino propios que conviven con los invasores de la realidad.

Pocas historias logran plasmar en papel y tinta una ciudad y sus habitantes. Esa ficción que supera al libro, que toma tonos de realidad y que puede continuar por sí sola a pesar de que el escritor le haya puesto un punto final. Macondo se hizo real al insertarse en el imaginario de cada lector, mismo que quiso encontrarlo y que terminó profundamente decepcionado al darse cuenta de que nunca la realidad podrá superar a la ficción, que a ambas las une el escritor, pero que es la ficción la que al final, debe siempre triunfar sobre la realidad. No necesito una descripción del mundo que puedo ver por mí mismo, necesito de lugares que no existen y que pueden parecer mucho más reales que la vida misma.

Voy a dejar que las palabras vengan por sí solas y me ayuden a rellenar los espacios vacíos en estas páginas que por el momento solo existen virtualmente. Esto que escribo puede considerarse como un mundo alterno, donde yo controlo qué decir y qué ocultar, porque al final esto se queda en la nada con grandes aspiraciones de ser algo más, de apropiarse de fragmentos de realidad para cobrar vida. Toda palabra tiene un valor simbólico y carece de un valor natural. El calor que produce el ordenador sobre mis piernas es más real que si escribo que mi habitación está siendo consumida por las llamas y que yo estoy atrapado sin salvación posible. No puedo salir y siento cómo el humo me asfixia y cómo el fuego quema de manera mucho más intensa que el ordenador sobre mis piernas. Sigo vivo, pero por un instante pude imaginar -y por qué no sentir- que me moría en mi santuario-prisión y que ni siquiera estás paginas iban a tener motivo para ser escritas y eventualmente leídas por quien quisiera saber la causa del incendio, la causa de mi muerte -además del fuego que no dejó nada- y cómo fueron los últimos días de un escritor que hasta la fecha se había mantenido oculto.

Eso que podemos imaginar existe.

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