—No pienses que la tienes comprada, eso nunca sucede así. La mayoría de las mujeres idealizan al hombre por temporadas. Tú no eres atemporal, así que si te muestras igual a cada encuentro ella terminará por aburrirse— dijo Ángel.
El bar estaba lleno a esa hora. “La hora feliz”. Un descuento de un euro que intensifica o disimula el sabor de la cerveza. Siempre había motivos para tomar. Pedro había pedido una Chouffe, y se la tomaba a sorbos sin mirar a Ángel, la mirada perdida en algún punto del bar.
—Pedro, ¿me estás escuchando? —dijo Ángel—. Deja de estar como un idiota pensando en ella. La acabas de conocer, y bien sabes que el encanto de no conocer a alguien radica en eso: en desconocerlo.
—Yo sé que tengo el mal hábito, o la habilidad, creo, de enamorarme en cuestión de minutos, pero tú no estabas ahí— dijo Pedro, esta vez mirándolo a los ojos—. Si la hubieras visto, Ángel, con ese vestido rojo, el pelo suelto y esa manera de hablarte al oído.
Pedro le dio un largo trago a la cerveza, como de si de esta viniesen los recuerdos. Cada vez había más gente, lo que naturalmente aumentaba el barullo.
—Además— dijo Pedro, ahora con la memoria más fresca—. Hablamos durante toda la noche, y por si fuera poco dormimos juntos.
Ángel no pudo disimular una sonrisa, pero no para celebrar la aparente victoria de su amigo, sino para dejarle entrever su ingenuidad.
—Cómo si el sexo fuera garantía de perpetuidad —dijo Ángel riendo.
—¿El sexo qué?
Ahora el ruido de voces se mezclaba con una música aun más fuerte. En un bar las conversaciones terminan siendo un griterío, eso o no se habla.
—Déjame ponértelo más claro —dijo Ángel, cambiando el tono después de pedir otra cerveza —. Yo he cometido el mismo error, me he dejado llevar por este impulso de amor loco, con distintas mujeres. He creído enamorarme a primera vista, o, mejor dicho, en la primera noche juntos. Pero a la mañana siguiente, por decirlo de cierta manera, el encanto se termina. Los problemas llegan, y cuando no es así, cada uno se va por su lado, sin dar explicaciones.
—Te entiendo, pero ella es distinta —dijo Pedro, quitándole la etiqueta a la botella de cerveza ya vacía—. El interés es mutuo. Es una relación de ganar-ganar, te lo aseguro. A mí me interesa el amor y a ella le interesa el dinero.
Deja un comentario