Lúcida ceguera.

Cuando era niño, mamá tuvo que someterse a una cirugía ocular para curar su glaucoma, enfermedad que a su vez sufría mi padre y quien meses antes también hubo que realizarle la misma operación. La palabra “glaucoma” hacía eco constante en la casa. Mis hermanos y yo aprendimos que era una enfermedad que aumentaba la presión dentro del ojo y de no pasar por el quirófano mamá y papá tenían el riesgo de perder la vista. Yo los acompañaba a todas las consultas con el oftalmólogo, quien tenía su consultorio en su propia casa en un barrio lujoso, que en nada se parecía al nuestro. El precio de las consultas era elevado, y mis padres, pese a sus bajos recursos económicos, no escatimaban en gastos cuando de salud se trataba. La casa-consultorio del médico era grande y antigua. A la entrada tenía un jardín por el que teníamos que pasar por un camino de escaleras hasta llegar a la puerta siempre abierta de su consultorio. Nos recibía de manera afable y con previa cita, y yo seguía todo el proceso con mis padres para ver cómo eran puestos frente aparatos -que bien podrían ser instrumentos de tortura- para revisar el estado de sus ojos. Las fechas de la cirugía fueron finalmente programadas, acordando que mi padre sería el primero, para que mi madre pudiera atenderlo durante la recuperación, pues ésta obligaba al enfermo a pasar al menos una semana con los ojos vendados: una ceguera temporal.

Papá se lo tomó de la mejor manera. Después de la operación estaba siempre atento a lo que pasaba a su alrededor, y no le pesaba no poder ver la tele mientras pudiera escucharla. Durante esa semana se divertía escuchando y experimentando la ausencia de la vista para afianzar sus otros sentidos. Yo le pasaba a manera de juego diversos objetos para que intentara adivinar lo que eran: un soldado de juguete, un tenedor, una prenda, un león de peluche, un calendario del año anterior… y siempre acertaba. Sobra decir que durante esa semana nos sentíamos de verdad escuchados por papá.

El turno de mamá llegó tres semanas después. Mismo procedimiento y misma recuperación, pero con la ausencia de papá, ya que cada mañana debía partir al trabajo, por lo que me encomendó la delicada misión de cuidar a mamá durante su ausencia y la de mis hermanos. Lo primero que tenía que hacer en la mañana era llevarle un vaso de agua y su medicina. Ella se movía a tientas entre una habitación y otra, lentamente, para no tropezar con algún objeto o pegarse con alguna inopinada puerta. Cumplida mi primera obligación matutina, y dejando a mamá durmiendo, pensé que podría tomarme un merecido descanso y salir tan solo un momentito a jugar a la calle. Tomé las llaves de la casa y con cautela cerré con llave todas las puertas antes de salir, no fuera a ser que mamá decidiera salir a dar un paseo a ciegas. Me senté en un escalón frente a la casa, para minutos después ver a mamá naturalmente desorientada a través de la ventana de la cocina, gritando mi nombre.

Mi padre regresaría aquella noche, y yo no tenía coartada alguna para haber aprisionado a mamá en su propia casa.

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