Dos días.

Jueves

Madrugada. No me queda mucho tiempo, y con esto no quiero decir que vaya a morir pronto, sino que tengo que darle paso al sueño, de lo contrario no podré despertarme en unas cuantas horas. Más tarde clase de literatura, después una improvisada clase de español -en esta yo soy el profesor- y después dos clases más. La buena noticia es que no trabajo mañana y eso me dará tiempo para leer. Escribo en una pequeña pantalla táctil, con casi nada de batería. Lo dejaremos hasta aquí, pues si el sueño no me vence seguramente la batería del teléfono acabará con todas mis ganas de seguir contando que no hice nada de relevancia el día de hoy. Ayer.

Mañana del mismo jueves. Tranvía dirección a Bron, donde la Universidad se aleja. Como es costumbre, la gente tiene una total desconsideración del espacio vital del otro. Egoístas somos todos.

Pienso que tener un diario funciona como placebo contra la soledad, al igual que hace la lectura. Uno se siente acompañado incluso estando solo. El diario se vuelve oyente, no habla más que para nosotros mismos. Clase de literatura en tan solo unos minutos. ¿se enseñará el amor a los libros o tan solo su frío y monótono análisis?

Dos estaciones más, llegaremos al alba. ¿Alba?

El día todavía no termina. La clase de literatura ha sido reveladora. Varios conceptos a revisar en el diccionario. El sueño intenta atraparme, yo me defiendo no cerrando los ojos. Que nada me atrape.
Soy transparente, invisible. No, soy sólo invisible, pues la transparencia deja entrever quién soy, y eso siempre lo oculto.
Noche, no tan noche. El día termina con una clase de ruso. Por momentos parece imposible aprenderlo. Un abecedario con el cual no estoy acostumbrado, pero como todo la práctica perfecciona la técnica. Hambre, el hambre me consume. Enfermedad que no me abandona, ¿hasta cuándo me sentiré mejor?

Leo a Onetti por la primera vez: la vida breve. Un hombre que disfruta escuchando lo que le pasa a sus vecinos a través de las finos muros de su departamento. Una mujer enferma, mutilada, de la que el protagonista se ocupa. Por el momento no tengo muchas ganas de leer. Los diarios de Emilio Renzi me parecen interminables. Quizás mañana me sienta mejor y la motivación regrese. Mañana, día de trabajo mañana y noche. Cada vez pierdo tiempo libre.

Viernes 24

La salud y yo parecemos cada vez más cercanos. Reconciliación inminente. Mis ganas de leer regresaron después de horas echadas al sueño durante el día de ayer. Fecha para la boda de Carolina confirmada, ahora sólo me falta escribir el mejor de los discursos. Quién lo diría, otra prueba para ser aceptado como escritor. Ser escritor y luego escribir. Perrache, debo interrumpir el diálogo. Adiós.

Bajando del metro y al ver a un bebé con su madre pienso en algo que escribí meses atrás: los bebés tienen el don innato de dibujar una sonrisa incluso en los rostros más severos.
Al final el día no ha ido tan mal. Tengo tiempo de regresar a casa para comer con Lisa. Más tarde de nuevo la rutina. Ah, me encontrado con Marcos, un buen extraño. Conductor de autobús Lyon-Barcelona. Qué buenos amigos aquellos que se presentan como extranjeros en nuestras vidas.

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