La palabra se levanta de la página escrita, anda sobre dos piernas, la palabra se vuelve hombre o mujer, un ser de texto cuyo placer reside en la seducción altiva de cuerpos desperdigados por conciencias mínimas. Me he servido de las palabras como instrumento, las he utilizado como método del amor. He dicho palabras de amor para enamorar, el texto que toma vida, que invade la conciencia del ser amado. Las palabras que también fungen como armas, insultan, vituperan, zahieren. El lenguaje acaso al servicio del que lo habla, aunque más bien el lenguaje es ser viviente que se sirve de quien lo usa. Las palabras nos determinan, nos construyen y deconstruyen. No estamos hecho de barro, estamos hechos de palabras, de oraciones simples y compuestas, retahílas de párrafos con miras a algo mayor que el sinsentido. De palabras están hechos los puentes, las grandes construcciones, los inimaginables inventos, pero también los buenos días, qué calor o qué frio hace; cómo estás, cómo te llamas o de donde vienes. El lenguaje de las pequeñas cosas y de las complejas y abigarradas disertaciones. De lenguaje están hechos los despertares, palabras como amanecer, qué ganas de quedarse en la cama hasta muy tarde, el sol, sus rayos que se filtran a través de persianas a mitad abiertas. De palabras es el caminar tambaleante hacia al baño, la sed que se instala la garganta al despertar, el frío del agua que baja y que pone en funcionamiento la máquina de la vida. Palabras los números, los cientos de palabras que tienden a la sencilla multiplicación, proliferación de caracteres, de símbolos cargados de significados luminosos. Mis palabras de amor, de conquista, un me haces falta divido entre los muchos días de no presencia. Sentencias formadas, hechas de palabras que no quieren decir nada. Lo indecible con la intención de ser texto, lo que me pasa a la mente cuando miro, cuando escucho, el desenfado o la abulia, la espera en una larga fila, paciencia, Dios mío, paciencia, como diría una madre desesperada quien ha perdido el sosiego a causa de un estruendo de voces infantiles, su propia sangre hirviendo de vida. Palaras con las que está construido el sexo, el vaivén de cuerpos, de pelvis, movimientos ondulatorios de placer. Lo que no se dice pero se piensa, penetrar, ser penetrado y penetrada, la posesión de lo que se ama para toda la vida o hasta que sorprenda el alba. Se llega al orgasmo con una palabra en superlativo, la cúspide de placer, la cima de unos sentidos que han conspirado para hacer que el cuerpo se consuma en temblores de infinito regocijo.
Mil palabras que me conforman, que hacen que el día se complete, la reiteración de que un día se ha vivido. No en vano me llega la sorpresa, pequeño placer al releer algo olvidado. Lo que yo escribí en pasado me es ajeno en presente. Me leo y me sorprende el uso de una palabra, la proliferación de bellas sentencias, de imágenes que creía perdidas. Me releo y me digo que es una lástima que nadie lea sin desagrado lo que un yo pasado ha escrito. Todos esos textos que no podría reescribir, que se borrarían para la eternidad si los perdiese, están guardados, sin fecha de caducidad o límite. Esperan, esperan a que mi indecisión los lleve a buen puerto, los publique en un tomo no póstumo, que se me lea mientras vivo. Esperan a un yo determinado, hombre del porvenir, con todas las desventajas a su favor. Esperan que el pseudónimo publique sin reparos, sin ese miedo a ser relacionado con la obra, lo escrito. Niega la idea imprecisa y obtusa de relacionar al autor con su obra, decir eso le pasó al autor, eso es algo que ha vivido, experimentado. Me niego a aceptar tal cosa, pue si bien se trabaja con la memoria aunada a la experiencia, se deja de lado el trabajo creativo de fondo, la transformación de un fragmento de la vida en una historia, contratiempo de la realidad. Lo que es verdad es que son muchas mentiras las que prevalecen en un texto para volverse verosímil. Un mundo aparte, con sus propias reglas y reservas como engranajes de esa realidad independiente, tan solo ligada a este lado en los cimientos pero no en lo alto, lo que parece tocar el cielo en la narración. Cuán lejos estoy de crear ese mundo alterno, esa realidad que se sostenga por sí sola a base de mentiras. Los ingredientes de la ficción, un poco del dolor que produce la obra, en no salir de casa, la negación absoluta de la vida.
Esto se paga caro, una hernia incipiente que espero que sea falsa, un dolor disfrazado y nada más, pasajero, mañana desaparece. Pero lo siento, me molesta, me interrumpe y, como es natural, me preocupa. Tres meses de casi incompleta inmovilidad, de andar por el pequeño apartamento. Tres meses o más de frases simples, huyendo siempre de la complejidad de oraciones más largas, con el uso de comas preciso. No las hago, no tengo la costumbre de escribirlas porque, como todo escritor en ciernes, se me da lo simple y no menos barroco. Son mis años de formación, me repito, tiempo llevadero, cambiar las costumbres, vivir un poco más fuera que dentro. El dolor vuelve. Aquí está, esa enfermedad, ese dolor que necesita todo escritor trágico. Dolor de muerte, dolor que puede no desaparecer y proliferar, aumentar su intensidad, derrotarme. Mañana el movimiento, la escritura primera y temprana de mi cuaderno, la lectura necesaria. Luego el día, salir un poco, estirar las piernas como dicen los viejos de mi edad, dar una vuelta, montarme en la bicicleta. Después el regreso, aprovechar mi última semana libre de casi tres meses desaprovechados. Llegar un día a decir sin la rutina no soy nadie, no soy nada. Ver si con unos días este dolor desaparece, la molestia me renueva la vida. Encauzar mis días, darles buen significado, un mejor motivo. Pensar en una vejez placentera.
27/abril/2021
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