Lápida

Le he perdido el gusto a las cosas de la vida, a las cosas que la gente, en su gran mayoría, consideran dignas de vivirse. No significa que yo haya perdido el gusto por vivir, sino que encuentro placer tan solo en unas cuantas actividades carentes de significado para los demás. Hoy me siento abatido, decepcionado por el estilo de vida adoptado durante estos últimos días. Me siento cansado, hastiado de ser otro y tratar de encajar en el desordenado e insignificante mecanismo que mueve a la sociedad. Estoy dando por perdido todo en lo que antes creía, y me vuelvo un nihilista en todo sentido que ya ni siquiera cree en el nihilismo. Ahora me refugio en la escritura para ver si así todo mejora un poco; no mejora rápido, pero no tengo prisa.

Me acostumbré a ti, a quien llevo en cada sueño; a ti que te encuentro en cada noche y madrugada, incluso durante los escasos minutos de la siesta cuando aún es de día. Debe ser clara señal de que no superaré tu partida, de que tú te fuiste, y que una gran parte de ti se quedó conmigo para nunca irse y volver a ti. Quizás tú no resientas mi ausencia, pero estoy seguro de que podrías sentir que algo te falta, que olvidaste algo al irte y no sabes qué es. Dejaste a la mujer que amé conmigo, pero con el insoportable peso de tu ausencia. Yo no quería que te fueras, que de repente te marcharas sin la esperanza de retorno. No vas a regresar, no puedes y, más aún, no quieres. Aunque quisieras no podrías: tu orgullo te lo impediría. ¿Para qué realizar un viaje desde un lugar tan lejano solo para estar conmigo? Eso iría en contra de tuya y de quien ahora te impide regresar. Es por eso por lo que ahora regresas siempre en cuanto el cansancio me adormece el cuerpo y tropiezo en un profundo sueño. Te aprovechas de que me es imposible despertar, de evitar que te vuelvas a ir. Así pasa cada vez que duermo, vienes en silencio, abres la puerta de cualquier habitación en la que esté durmiendo y posas tu mirada conmiserativa sobre mí. Ya sé que te preguntas cómo puedo saberlo, y es que ignoras que puedo verte, sentir tu presencia, el aroma de tu cuerpo que se queda cada vez que te vas justo antes de que yo despierte. No siempre puedo verte, sin embargo, sé que estás ahí, que llegaste a mitad del sueño y que te fuiste sin más. Tienes perversas manías. Llegas y dejas un frío insoportable de ausencia. Pasas por el borde de mi cama, me miras y posas tu tersa mano sobre mi rostro para sumirme todavía más en el infinito sueño. Ojalá pudiese vivir dormido para que así nunca te fueras y te quedarás aquí, conmigo, eterna, diáfana en el sueño que también es la vida. Pero tú y yo sabemos que no se puede vivir así, que al hacerlo tendría que marcharme al mismo lugar adonde tú te fuiste, con la esperanza de poder volver a encontrarte y no perderme en el camino, y nunca tener que regresar a este lugar con el mismo ramo de flores, con las lágrimas de otro día que caen sobre tu nombre y la fecha en que partiste por decisión propia.

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