Escribir muy tarde, cuando ya la gente duerme, cuando el silencio ha redimido al día, cuando las ofensas de la tarde ya no pesan; escribir ahora que es de noche, el punto medio entre la oscuridad y el alba. ¿No es eso lo que anhelaba cuando me levanté temprano y mi andar alegre se vio impedido por una jornada de trabajo? Ahora se me ha otorgado la libertad, un respiro liberador hasta que el castigo me vuelva a pesar sobre las espaldas. Se me da el título de hombre libre, de ve y haz lo que quieras con las horas que te quedan, con los instantes del único tiempo que de verdad importa. Sí. Esto era lo que anhelaba, la página en blanco era mi búsqueda, y no haber venido a llenarla hubiese significado un escarnio envalentonado de excusas. «Estoy ya cansado, la náusea sube desde el fondo del estómago y vomito injurias». Eso hubiera sido el golpe final del día, el recorrido del salón a la cama, recostarme y dejarme llevar por la fatiga y el asco, deseando que la noche funja como catarsis, la única forma de limpiar toda mancha de la vida breve. Breve porque pasa sin pasar, porque me convierto en máquina, me privo de todo pensamiento, de toda astuta reflexión. Existe mucha gente que disfruta de la renuncia a pensar, que goza con el tiempo ausente, con su paso rápido y sin preocupaciones. No miento, los he visto hablar solos, consigo mismos, tararear una canción mientras se dedican a sus labores. Se creen, se sienten útiles, piensan que su esfuerzo será recompensado por los gigantes, por los jefes que todo lo controlan sin necesidad de perder tiempo en hacerlo. Para esos hacen de todos nosotros figurines más o menos bien pagados. Unos trabajan más, otros menos: otros trabajan menos y ganan más; los otros son los dueños del capital y no trabajan, viven del trabajo de los otros. Así la pirámide funciona desde abajo hasta arriba y viceversa. Gente que da la vida, su horas de vida por dinero, todo a cambio de hacer lo que los hace felices fuera del trabajo. Qué poca confianza me inspira ese tipo de gente que ha puesto sus sueños aparte, que los ha intercambiado y cree que los de ahora son mejores que los primigenios. No, no es mejor de esa forma, hay siempre un camino alterno. Eso o la encrucijada, donde a mí me encanta —contra mi gusto— vivir atorado en ella. No veo todavía la luz que me dirija hacia la salida. Mi encrucijada es un lugar oscuro, una impostura latente, de la que yo soy esclavo y a la vez celador. Tengo la llave, puedo salir, pero salir significa perderse, tomar el mal camino y nunca poder llegar al destino previsto. Mejor me quedo encerrado en la profunda oscuridad del vacío que yo mismo me he inventado. La filosofía de algunos es aborrecer el trabajo y amarlo a la vez. Aborrecerlo cuando el fastidio es muy grande, y amarlo cuando al menos nos permite hacer las cosas de la vida que amamos. Difícil encontrar el equilibrio, el amor sin odio de por medio. Pensar que, por ejemplo, el escritor maldice su trabajo, se lamenta de estar frente al escritorio escribiendo una novela a pesar de que se le paga bien por hacerlo. Este escritor entonces sueña con trabajar en una oficina, con horarios de nueve a seis, los traslados en auto o en metro, las aglomeraciones y los probables conflictos con los colegas de trabajo. Irrisible. Para mí el oficio del escritor me parece el más grato, el que tiene sus recompensas aun antes de ser reconocido. Debe tener sus momentos complicados, de antipatía o de bloqueo, principales enemigos del oficio, ya que ningún escritor puede dormitar en sus laureles, escribir un libro o dos y renunciar a la literatura, convertirse en un amanuense tipo Bartebly, en un escritor del no. Pero los hay escritores que se duermen en sus laureles. Claro ejemplo el de Juan Rulfo, a quien dos libros le bastaron para entrar y formar parte de la Literatura Universal. Pero quién con el talento de Rulfo.
Dejo que la noche pase, que la nausea se borre, que la mancha se difumine, que ésta desaparezca. Escucho el vaivén de los pasos de los vecinos, su andar seguro por su apartamento. Si supieran que soy testigo de sus hábitos, de sus horas de sueño y de vigilia, de sus gritos sin motivo, de sus momentos íntimos, y de los albores de sus días. Sé que sus gustos musicales distan de ser refinados, que la televisión es la gran compañera de cada tarde y cada noche. Acá abajo, donde sus pasos se repiten, les guardamos un justificado odio, una aversión que no cesa y que se justifica magnifica con cada insensatez. Los odiamos cuando se exceden con la medida soportable del ruido, del furor de las voces cuando la reunión se excede. Su música estridente nos ha robado el sueño más de una noche, y no menos de dos veces hemos tenido que subir para quejarnos, para hacerles evidente nuestro enojo en forma de reclamo cordial. Buenas noches, queremos pedirles que por favor disminuyan el volumen de la música. Son las dos de la mañana y hay gente que tiene cosas que hacer en unas horas más. Aceptan no sin cierta molestia. Se sienten curados de males gracias a que sobre ellos no hay vecino que irrumpa con su tranquilidad. Acá abajo uno tiene que acostumbrarse a la presencia del otro, de los otros. Problemas de apartamentos antiguos, con más años que la suma de los nuestros. Es casi la una de la madrugada y nuestros nocturnos vecinos siguen andando de un lado a otro. A mí me ha llegado la hora, debo dirigirme a la cama donde los sueños esperan esperanzados de que mañana, al alba, los recuerde como parte vivida del día. Dame un poco más de palabras, las justas para terminar las mil que se me iban a escapar junto con el asco.
23 de diciembre 2020