Nada serio

Entre el vaivén de Laura, la mano de Gloria y el ritmo de la música, Ronald imagina una vida distinta. Pero al amanecer, la honestidad llega tarde.

La enfermedad del tiempo

Itinerario en pausa: la vida afuera durante un día y la sensación de que se me han escapado horas esenciales para la creación. No se puede vivir así, con esta angustia como una enfermedad que consume poco a poco hasta matarnos. Pensar que el llamado puede llegar en cualquier momento, justo cuando uno no pueda... Leer más →

Una página más de ausente tragedia.

Escribo como afrenta contra la vida leve, insustancial, hecha de un pormenor ingente en su realización irreflexiva. Escribo y evado la lectura, la relectura, la reescritura. No termino nada. Comienzo siempre un nuevo texto que alimenta el sinfín de mi falta de disciplina, de mi incapacidad para los finales absolutos. Textos fragmentados: ya ni siquiera diarios, ahora semanales, cuando mis posibilidades rebeldes lo permiten

Saudade desplazada

No sé nada. Escribo porque ha sido mi promesa: escribir a pesar de mi incapacidad de escribir. Sería muy fácil abandonar la escritura para dedicarme a leer. No puedo, sin embargo, interrumpir estas dos actividades. Leer y escribir como condena gozosa, con vistas a la perpetuidad. El trabajo literario que no hace más que multiplicarse como el monstruo de las mil cabezas

Entre el sol y la página

Va a parar la lectura, se dará a la vida: se tomará esa cerveza frente al río, se entretendrá con el pasar de mujeres bellas con las que nunca podrá escribir una historia de amor. Dirá que no le queda otra, que ha venido porque quedarse en casa es poca cosa; mañana podría estar muerto, así que hoy ha renunciado a su vida, a sus cosas, a sus inevitables libros. Se le lega la condena de estar vivo: la ineludible cosecha de un fracaso, una muerte segura y quién sabe si próxima.

Los demasiados libros

¿Crees que a tu tío Julián le haya hecho daño leer tanto?, pregunta mi madre, preocupada, no ajena a la creencia inmemorial y novelesca —parte inalienable de nuestra cultura universal— de que a un hombre se le seca el cerebro hasta la locura por haber leído demasiados libros. Mamá cree que su hermano Julián sufre de esa enfermedad: los mentados libros lo hicieron así, hijo; él nunca quiso tener un trabajo ni un sueldo fijos; desdeñaba toda autoridad, toda adherencia a los sindicatos o a los partidos, y por eso terminó así

El día que no supe quién era

Leía por placer, no para crear. La imaginación me bastaba. Veía desfilar imágenes; sentía la felicidad y la tragedia. Vivía más allá de mi casa humilde, de ese pedazo de mundo donde me tocó nacer. Recorrí el mundo a través de páginas: los libros como mariposas de alas infinitas. Crucé fronteras, conocí países, mentes, personas. Hablé con los muertos: prestidigitador torpe, nigromante que dialogaba con otras almas.

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