Conversaciones de ultratumba. Algo que tenía que decir y que ya he olvidado para dedicarme a ensoñaciones de palabras. Dormir con una canción de cuna que no recordaré. Un palabra que describa al mundo, al universo. Palabras que dicen todo, que hablan del pasado, del presente y del futuro. Palabras forjadas para los sueños, un lenguaje onírico para comunicarse con fantasmas. Un lenguaje universal que viene desde muy lejos y que desde hace unos días se ha dado por hablar. Me duermo entre palabras, las recito con los labios cerrados, me salen en un punto perdido entre el sueño y la vigilia. Palabras que nacen, que se dicen casi para ser olvidadas. Sueño con palabras que forman mundos. Dolor de cabeza de media tarde, de medio sueño, de medio creo algo mientras duermo. Este cuerpo que le da por dormir más de la cuenta. Quizás después de una siesta se me haga una revelación absurda que pedirá ser escrita. Me voy sin nada y regreso con poco menos. El dolor de huesos como si hubieran abandonado mi carne mientras dormía. Huesos que caminaban por el apartamento, que tocaban mis libros y luego regresaban fatigados de tanto estar fuera al cansado mundo de la carne. La muerte dando un paso, reconociendo el terreno por si algún día habrá que ir y venir dirigiendo a alguien. Ya no la vi a ella, tampoco hubo imágenes que me llevarán a aquellos días. Supongo que la uso de pretexto para morir mejor. Digo, dormir mejor. Porque así es más fácil dejar la noche para que se vuelva día. Y entonces empiezo a dictarme palabras al azar que forman grandes frases. Citas que alguien más anota por mí y se vuelven famosas. De esas que dicen que hoy no se ha escrito nada y que mañana será más de lo mismo porque quien escribe es un ya es menos, que se ha quedado muerto o se ha quedado mudo. El mudo que quiere decir tantas cosas pero que las palabras no salen. El mudo que no escucha o el que no tiene lengua. Se le ha negado el lenguaje y se la ha presentado el mundo con otros ojos. Tendrá que hablar con señas, con las manos y consigo mismo mientras duerme.
Otra vez el sueño del avión que despega en el aeropuerto y que aterriza en una gran avenida en alguna parte del mundo. El avión que nos lleva a ella y a mí a no sé dónde. Quizás a México, porque allá todo es surrealista y a nadie le sorprendería mucho un gran avión circulando entre los autos. Ese avión que se prepara para el despegue. Ella ha tenido que ir al baño. Nos han dados asientos separados, de un lado a otro. Me digo que quizás puedo hacer un cambio con quien se ha sentado frente a ella; sin embargo, el asiento que me ha tocado es individual, no tengo a nadie en frente y nadie a un lado. Me digo que me ha tocado el mejor asiento y que de cambiarlo tendría que sentarme al lado de alguien desagradable. Esos seres que no conocemos, que se sientan a un lado nuestro en los vuelos, y que si somos los primeros en ocupar la fila de asientos pedimos al azar que no nos envíe a alguien muy gordo o ruidoso; o una persona que huela mal, con una halitosis extrema o con un olor corporal de los mil demonios. Tampoco queremos a una persona que nos saque conversación, que nos haga preguntas y cuyas respuestas sean escuchadas por oídos curiosos que les da por escuchar conversaciones ajenas para lidiar con el desenfado. Les serviremos de comidilla para cuando el vuelo aterrice. Nuestra vida como un chisme, como una broma, como aquel momento chistoso o incómodo en el avión. Yo soy de esos, por eso evito hablar en cualquier lugar público. Mejor un yo en silencio que un yo expuesto. A nadie le interesa lo que me ha pasado. No me interesa desvelar detalles de mi vida, por más nimios que sean, a los desconocidos de una sala de espera, de un bus, de un metro o de un avión. Ustedes me entienden. Soy alguien cuya timidez lo acompaña desde muy joven. No me gusta ventilar lo que pienso. No a las charlas en lugares donde el silencio reina. Quien pierde su intimidad lo pierde todo. El mudo se ha comido la palabra que tenía para explicar ese tipo de timidez. No sé si llamarla decoro. No sé. Las palabras también se agotan. Mejor no pensar para que esto pueda existir. Pensar en escribir y en no tener sobre qué escribir me aterra sobremanera. Digamos que me paraliza. Me deja mudo. A poco de las mil palabras empiezo a agotarme. Me digo cómo podré todavía escribir tantas o pocas palabras para terminar. Llegar al final me da un respiro. Me deja entrever un día dedicado al ocio. Ya terminé de escribir lo que me he propuesto, ahora puedo darme a la lectura o a la nada. Regresar a la cama y soñar con palabras. Decir tanto, dictar una obra de arte al olvido. Recitar un poema que nunca será escrito. Qué mal escribo, qué poco o malo estilo. No sirvo para esto. Tengo que crear algún personaje para que absorba lo que pienso.
En alguna parte se encuentra ese día en que fui casi atropellado. Y en lugar de enojarme le pregunto al conductor si todo está bien. Hacerse ante todo amigo del asesino. Darse la mano como caballeros, diciendo que aquí se ha evitado una tragedia, cada uno puede irse tranquilo para su casa. Subirse a ese avión que aterriza en avenidas, disfrutar del viaje, de un despegue que nunca se da. Un viaje en realidad de regreso a casa, porque entre más lejos queremos irnos más cerca nos quedamos de donde vivimos. La calma interrumpida. Es hora de comer. A estas horas el día se agota. El día se acaba después de las cuatro de la tarde.
23 de diciembre 2020
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