Ya no me reconozco, pero si es lo normal, me dice la voz lógica que llevo dentro, el tiempo influye, el tiempo moja con sus aguas de desgaste. Lo sé, tan solo quería dar pie al texto, comenzar a subir los peldaños de la escritura, llegar a la cima, o tocar el fondo. Ya no me reconozco en los pasos promisorios del joven obnubilado por un futuro esperanzador. No me preocupaba por lo que quería hacer, como hoy, ayer no tenía nada claro. No tenía la lógica certeza de que no servía para nada. Ahora la tengo, estoy al tanto de mi inmejorable inutilidad, de mi fracaso perentorio, de mi vida abocada al desastre. No sirvo para nada, me digo, por fin puedo ser escritor. Ese es el único sendero, renunciar a la encrucijada para dirigirse a la nada, la luminosa revelación de que entre todos mis talentos el ser inservible es el que sobresale.
Me he trasladado a dos instantes diáfanos de mi memoria, dos momentos de vehemente imprecisión. No sé que edad tengo, no soy un niño, pero tampoco soy un adulto. Un adolescente, eso es lo que soy. Me han obligado a ir a misa, a escuchar las palabras del cura que me pesan como insultos. Trato de ignorar el ritual de pleitesía, la afirmación del yo insuficiente, Dios es grande, Dios es todo, para pensar en otra cosas, para en un pensamiento expresar mi rechazo a las palabras nimias del cura seguro pederasta —esa es la fama que tienen— y dentro aferrarme al laude propio, persona, de tergiversado egoísmo. Afuera de la iglesia hace calor, allá, aquí en el recuerdo, hace fresco, se respira incienso y se confunden las voces. Una hora de ritual, de plegarias previsibles, parase, sentarse, ponerse de rodillas, porque si uno no lo hace es un grosero, un ateo, un blasfemo, te vas a quemar en el fuego eterno del infierno y yo, en pensamiento, bienvenido sea para cuando llegue, mientras tanto aquí se está bien, no allá afuera con temperaturas que queman. Afuera de la iglesia, la plaza, sus calles, sus escasos árboles, todo eso es el bendito infierno, la realidad sin miramientos. La misa termina y nos reunimos con la familia, mis tíos del lado materno, mis primos hacen filas en los puestos, un helado, unas botanas, un agua fresca. Nos saludamos —hace años que ya nos vedamos el saludo— cómo estás, hijo, qué tal tu papá, cómo está la familia, hace cuánto tiempo de no vernos. Yo no digo nada, no recuerdo haber dicho nada, ninguna conversación estimulante. Todo en mí es silencio y las voces tan ajenas como familiares me interrumpen la idea fraguada hace poco. Ya no la recuerdo. Unos comían cacahuates, otros elotes, ciruelas. Se les oía el masticar contento, a poco de la satisfacción. Pidan todo lo que quieran, yo invito, habrá dicho —ya no recuerdo con precisión— mi tío, a quien le debo el nombre, de quien hace poco supe, unos años, que es un mesurado adicto a las drogas, las leves como la cerveza y las no tanto como la cocaína, por eso camina de lado, dice mi padre, es el efecto de la adicción. Ya me lo había contado mi madre, desde niños se dejaron seducir por las drogas. Niños rebeldes se convirtieron en hombres-niños, con la misma rebeldía inveterada. Inútil sería la tentativa de darle nombre a tíos y primos, la familia, a este punto, se ha vuelto difusa e innumerable. Primos de mi edad o más jóvenes tomaron la inconsciente decisión de casarse, como paso único a la vida adulta, la formación de una familia, porque qué más puedo hacer, ya es hora. Y así arruinaron sus vidas sin darse cuenta. Se dedicaron a tener hijos sin la madurez necesaria. ¡Cuándo se lo suficiente maduro para la educación correcta de los hijos! Así multiplicaron los miembros de la familia, incluso alguno de mis no pocos tíos tuvo hijos fuera del matrimonio, uno murió ahogado, el otro vive entre dos realidades, Salvador, mi tío, se consolaba diciendo que él niño era ahora un angelito en el cielo, aquí en la tierra estaba sufriendo mucho. Familias numerosas de desconocidos, consecuencia fatal de la línea del tiempo, de los ánimos de multiplicarse como Jesús multiplicó los panes —de eso hablo el según mi madre eminente cura, tan joven y tan guapo para ser siervo del señor—. Andad, hijos míos, y multiplicaos, es el camino al cielo, la familia, ciclo natural de la vida, cumplid con la misión que Dios os ha dado.
Ese recuerdo termina ahí, a pesar de que lo estuve desenrollando hasta insospechados límites. Supongo que quería decir que un niño había muerto, un angelito en el cielo.
Vuelvo al yo irreconocible, también sin edad, en propósitos menos elocuentes, del adolescente común. Camino distraído por las calles del centro de Guadalajara, me han dado una dirección, una zapatería donde puedo encontrar los zapatos que busco para no ponerme, para guardarlos porque no que quedan bien, porque ya no me gustan, y para qué los compraste, hijo, están nuevos, cómo crees que los voy a regalar. No sabía decir por qué, mis gustos habían cambiado, ya no me veía en esos zapatos, ya tenía los propios. Nunca he tenido muchos zapatos, tome el gusto ascético de mi padre por uno o dos pares frugales de zapatos al año, los de diario, los tenis para correr y unas botas para los eventos especiales. Zapatos siempre de cuero —ahí ya no seguí el ejemplo familiar— que se cambiaban cada año, porque ya es tiempo, porque ya hace falta, porque tener más de dos pares es vanidad, o porque éramos muy pobres. Uno se acostumbra a no tener dinero, a vivir de prestado mientras la vida dure. Mañana es muy lejos, todo se puede acabar en unas horas. En cuestión de segundos ocurren los accidentes. Vergüenza de literatura no comprometida, mil palabras que no dicen nada legadas a la posteridad. Quizás mañana me hago eterno.
10 de mayo 2021
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