«Pasado recóndito y dulce, el ayer de los años que nos precedieron, los allegados que nos legaron un porvenir a partir de aquello que vivir tiene de trivial y fortuito. ¿A quién debo este río retumbante de ideas que tiende a desbordarse?»
La historia familiar no contada
Una reflexión sobre el silencio heredado, la fragilidad de la memoria familiar y la escritura como única defensa frente al olvido.
Fatigar una página más
Entre el recuerdo de una madre frente a la máquina de coser, la lluvia y los libros, escribir se vuelve una forma de recuperar el tiempo y fatigar una página más.
Me moriré un jueves
No es un bloqueo creativo; tampoco un miedo a la página en blanco, sino más bien una náusea profunda, un desánimo exacerbado, una ingente desazón por haber escrito con el ímpetu del ingenuo ilusionado y no poder escribir hoy, en presente, de la misma forma que ayer. Sentir que me he vaciado, que he dicho... Leer más →
Dar cuenta de la vida
Pero la madre regresa a la infancia, a los miedos nunca superados. El miedo al agua, por ejemplo. El no haber aprendido a nadar. Cuenta que estuvo a punto de morir ahogada, y al hijo esa imagen le trae el eco de su propia inexistencia, la posibilidad de no haber sido si su madre no se hubiera salvado. Fue en Chapala, cuando uno todavía podía bañarse en la laguna, cuando estaba azul de bonita, el agua bien clarita y el sol bien fuerte. Tu abuelo nos llevó. Yo me metí sin saber nadar, o sin saber nadar muy bien, pero me fui muy lejos, como si el movimiento del agua me arrastrara cada vez más adentro. Cuando me di cuenta me ganó la desesperación. Quise regresar a la orilla, pero ya no tocaba el fondo. Empecé a gritar. Ya no me daba cuenta de lo que pasaba. Fue tu abuelo quien me sacó —y el hijo piensa que le debe por partida doble su existencia al abuelo— casi desmayada, jadeante, sin poder respirar del puro miedo.
Aquí nos tocó vivir
—Papá, ¿cómo era la casa donde vivías cuando eras niño? Era una casa muy grande pero a la vez muy pequeña. Muy grande porque mis hermanos y yo teníamos espacio para correr y jugar. Muy pequeña porque ninguno tenía su propio cuarto. La sala era enorme y ahí pasaba casi toda nuestra vida: cenábamos viendo una televisión diminuta, cuyo sonido solo volvía cuando alguien le daba un golpe. Crecimos viendo la tele; no lo hicimos leyendo libros. Los libros llegarían más tarde. Sigo viviendo al día, como ellos. Solo que ahora soy yo quien mira hacia la puerta, esperando ver llegar a papá después del trabajo.
Los demasiados libros
¿Crees que a tu tío Julián le haya hecho daño leer tanto?, pregunta mi madre, preocupada, no ajena a la creencia inmemorial y novelesca —parte inalienable de nuestra cultura universal— de que a un hombre se le seca el cerebro hasta la locura por haber leído demasiados libros. Mamá cree que su hermano Julián sufre de esa enfermedad: los mentados libros lo hicieron así, hijo; él nunca quiso tener un trabajo ni un sueldo fijos; desdeñaba toda autoridad, toda adherencia a los sindicatos o a los partidos, y por eso terminó así
Pues qué tantas palabras puedo decir
Mi padre, sin proponérselo, una noche de fin de año, nos dejó un mensaje para nuestro consuelo. A más de un año de su muerte corporal se ha vuelto recuerdo imperecedero. En el video se le ve feliz, el ánimo alebrestado por unos cuantos tragos de cerveza, y mi hermano le pide —sin saber que ese video sería hoy una reliquia invaluable— que diga unas palabras. Y papá dice, con esa timidez suya: pues qué tantas palabras puedo decir si ya han dicho todo. Yo lo que quiero es que, así como estamos ahorita, estemos siempre unidos; que Dios nos preste vida y que la paz, la felicidad y el amor mutuo nos brinde con toda su misericordia. Y que seamos todos muy felices: ¡feliz año nuevo!
De lo que nadie puede arrebatarme
He de salir airoso de los embates de la vida al saber que he cosechado, en las profundidades de mí mismo, memorias que nadie puede robarme. Nadie puede acceder —salvo la enfermedad del olvido— y quitarme lo que es sólo mío. No me pueden mutilar el pensamiento, tampoco intervenir lo vivido, tampoco todo lo que no he perdido porque ha pasado. ¿He salido entonces indemne de otro año? Mi cumpleaños me sabe agridulce, un andar sobre la tristeza con destellos en el horizonte. Me conformo, que es lo mismo que alegrarse, con lo que he conseguido. Si bien rozo la miseria, la he evadido. Como decía mi padre, hay que agradecer por tener un techo, una comida, trabajo y salud; sobre todo esta última, que sin salud no se puede hacer nada.
Dar forma
Dividir la vida entre leer, escribir, releer, corregir, romper, reescribir. Pequeños pasos, crónica mínima de mi esfuerzo, una razón de ser, del sueño realizado para ya morir en paz, para dejar algo, para dejarme a mí en el recoveco de la eternidad, en un libro perdido, de muy pocos ejemplares que nadie va a comprar