El que sueña

Cuando se muere alguien que nos sueña se muere una parte de nosotros.

Mi padre creía en el poder adivinatorio de los sueños. No tomaba en vano lo que en la otra vida, la del sueño, se anunciaba. Se despertaba intranquilo, salía de su cuarto para comprobar que nada malo había sucedido, que yo dormía, por ejemplo, que había llegado durante la madrugada sano y salvo a casa y que, lo acontecido en el sueño, cercano a la pesadilla, no se había cumplido. Papá recordaba con lucidez sus sueños, nos lo contaba al despertar para no olvidar, soñé esto u lo otro, tú, tu mamá, tus hermanos, qué raro, decía, pero qué bueno que todos están bien. Se complacía con esas ficciones oníricas, con esa vida que acontecía en otra parte, en ese habitáculo inasible de la mente, algo cercano al alma que se sale del cuerpo durmiente y viaje y vive. Él creía que alguno sueños no había que contarlos para que se cumplieran, los buenos, los que mejoraban la vida, la buena fortuna, el éxito, el dinero. Sin embargo los malos había que contarlos para que no sucediesen, hacerlos del fuero público, un chisme ridículo por irrealizable. Una vez el sueño en boca de todos papá se sosegaba, podía continuar el día sin el miedo a su realización, ya no tenía razón de ser.

Mi padre murió y con él su memoria, su engranaje onírico donde se alojaban sus alegrías, sus deseos, sus miedos, sus inseguridades, el vasto baúl que componía la totalidad de su ser. Con su partida se murió una parte de mí, su interpretación única del menor de sus hijos, su preocupación latente porque no me faltase nada, que triunfase en la vida. Papá murió sin que le entregase el título universitario que diese por terminado su propósito en la vida, para morir tranquilo, hijo. Nunca se lo entregué por el miedo a que mi padre se entregase al final irremediable. Me negué a terminar los estudios para que resistiera lo muchos años, que no se me fuera tan pronto. Tampoco se lo entregué porque tomé el derrotero del miedo al fracaso, la toma acaso errada de decisiones que me hicieron tomar un camino más largo por el deseo irremediable de vivir lejos, vivir solo. Y por los sueños de —hoy lo puedo decir— de ser escritor. Es que no soy bueno para nada, papá, por eso he elegido la escritura, para lo único que de verdad no sirvo.

Una parte de mi ha muerto. Me siento un escritor todavía en ciernes, estancado, fácil víctima del mal de Montano, del mal de Bartlebly, del bloqueo del escritor. Hacía meses que no fatigaba una página en blanco en el ordenador, donde sólo dedicaba los mínimos minutos a mi cuaderno de no relectura, de escritura al vuelo, de las ideas intempestivas. Me había alejado de los libros por mor de un periplo hacia la tragedia. Fui testigo del fugaz desgaste de mi padre, de sus últimos días en terapía intensiva. Estuve cerca de él sin saber qué decir, con el miedo a perderlo de repente. Me dolía verlo inmóvil, sedado, impotente. No era sin embargo la imagen de un padre frágil, sino de un hombre incansable, que resistía con fuerza sobrehumana los embates inmisericordes de la muerte. Cuán grande sería la angustia de papá al despertar poco a poco sin estar de verdad despierto, mover sus piernas entumidas por la inmovilidad, creer que pronto todo pasaría, que la intubación le sería retirada. Papá a la merced humana pero indiferente del personal médico, haciendo todo lo posible por mantenerlo con vida hasta que sanase o muriese. Cada vez que despertaba se sentía más agotado. Sentía el frío después de la fiebre, la imposibilidad de pedir que le retiraran los aparatos, ya no más agujas, sólo agua, por favor, que la sed hace días que no sacia. No se le pudo cumplir un último deseo al condenado a muerte más que el de sedarlo para cuando el final llegase, para que dolor no sintiese, para que partiera durante un sueño —quién sabe— alegre. No es improbable que los últimos minutos fuesen de angustia, de dolor mudo, de súplica indecible. La conciencia de mi padre atrapada en el terror de ver a la muerte de frente, miedo de partir porque al final de ese túnel, al final de la luz, lo que lo esperaba era oscuridad y silencio, un dormir eterno sin sueños, sin nada, pero con el infierno de la sed que no cesa, sin el aire que no respira, con un corazón que ya no late.

Acompañamos tu cuerpo, papá, los restos de ti hacia el lugar en donde ya no había despedidas. Vino la compañía funeraria para conducirte hacia el último recinto, el último viaje. Los mayores de tus hijos, los que más te quería por el tiempo pasado juntos pasaron para identificar el cadáver, confirmar que eras tú sin ser tú, los restos mortales de ti. Te velaríamos al día siguiente, a partir de las diez de la mañana, en una capilla repleta de flores y de familiares dolientes.

Llenaste el recinto funerario, llenaste la iglesia como llenaste los corazones de quienes tanto te quisieron y que, no lo dudes, te quieren también en presente y en futuro. No te fuiste sin huella, dejaste hijos a tu paso por el reino de este mundo, tu legado a la eternidad. Dejaste una memoria, felices recuerdos, fotos tuyas que provocan tanto llanto como orgullo.

Así es como nos escribimos ahora, papá, en lo póstumo, como si fuese una oración o una plegaria en solitario, mi soliloquio literario para contigo. Hablar con los muertos, papá, así lo anticipaba, pero nunca pensé que fuese tan pronto, de golpe.

No cambiaría nada, el final salió como tú lo tenías planeado, a tiempo. Adivinaste el paso de las noches, resististe los últimos días para que todos pudiesen visitarte, para que dijéramos los adioses y renunciásemos a las esperanzas. Una muerte digna honra toda una vida.

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