No se hablará en las noticias, será acaso una nota roja, en esos periódicos que mi padre gustaba llamar con desdén amarillistas, más inclinados al morbo que a la nota seria. Ahí resaltará el encabezado estridente, de doble sentido, se ahoga mujer en la piscina de su propia casa. Se mostrará mi cuerpo lívido, ya sin vida, no sé después de cuántos días flotando en el agua turbia. Cuál será el horror de los vecinos al encontrarme en tal estado, hinchada por el agua, mi piel cayéndose a pedazos. La gente hará conclusiones al vuelo: la mató el marido al darse cuenta de que lo engañaba; o la mató el amante al darse cuenta de que estaba casada. La investigación malsana, más chisme que indagación seria, dirá que el feto en mi vientre fue la causa del homicidio. Un feminicidio, dirá la fiscalía, y ya se tienen en detención a los posibles culpables. Entre ambos se buscará al padre del niño, con una prueba de ADN, y a partir de ahí se jalarán los hilos hasta dar con el culpable. Qué manera de morir, ahogada en una piscina familiar, a buena temperatura, escenario antaño de reuniones en verano con los amigos y ahora acordonada como escena de crimen. Quién lo hubiera dicho, morir asesinada por una persona improbable, porque sí, y además un asesinato doble, porque otra vida latía en mi vientre, un ser que no sentirá la diferencia entre haber o no nacido, ambos ya habitantes de la eternidad tan silenciosa, en penumbras.
Se caerá sin embargo en el error al buscar un culpable, cuando en realidad fue el tiempo mi único asesino. Tomará tiempo encontrar la nota extensa y explicativa de mi muerte. ¿Por qué? Porque siempre he tenido un gusto malsano por las indagaciones perniciosas, de esas que culpan a la víctima, que se lo tenía merecido, que esas no son maneras de ser ni de actuar, hasta que la verdad esclarece todo asomo de duda, de interpretación errada. Dejaré que tome su debido tiempo, que todo se vuelva una maraña de conclusiones impertinentes, apuntando a la no encomiable causa de la muerte. Todo el circo que se montará alrededor de la escena última de mi vida dará un suspiro de alivio —sobre todo a quienes se tenían por culpables— al saber que yo ya tenía planeada mi muerte, que ya no podía más, que era la única forma de desaparecer. ¿Que me llevé una vida por delante? Yo sé que era apenas el comienzo, que su vida o la mía se podrían malograr por fallas en la concepción de un destino optimista. Supe bien lo que hacía, mis razones fueron meditadas, con el impulso sereno de quien lo ha pensado durante largos años y que, una vez todo en orden, había solamente que dar el salto. Fue el tiempo asesino quien me marcó la pauta, era entonces o nunca, pues no quería que mis acciones decisivas estuviesen marcadas por el error del arrepentimiento, dejando para segundas oportunidades la desaparición de mí misma. Qué importa que se me llame loca, asesina, mala mujer. Serán palabras de las que ya no seré testigo. Los dejo a todos con su circo, con el espectáculo sinsentido de la vida. Que se las arreglen solos los que crean en el destino, en el propósito prefijado para uno mismo. Al menos di un último respiro de alivio antes de sumergirme en la tibia piscina que escogí como tumba. Fue una muerte sosegada, sin estertores, con una sobredosis de pastillas para dormir que casi podría definir como la mejor de las anestesias. No vi esa luz al final del túnel de las que tantos hablan, tampoco repasé en pocos segundos los momentos más importantes de mi vida. Tan sólo sentí mucha calma al ver los reflejos tornasol del agua, intensos por el sol del verano del mediodía. Los apologistas de la vida olvidan el consuelo que trae la muerte consigo, la libre calma del cuerpo que flota en el agua, de ausente dolor, inveterado alivio de los que no podían más con un vivir no pedido.
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