La identidad

Has encontrado tu identidad literaria, me dice D., quien ha vuelto a partir de mi impulso, una nostalgia intempestiva que se hizo mensaje diciendo regresa. Sin embargo, le digo que no es así, que si bien la escritura ha sido constante durante los últimos años —alrededor de tres y contando— este tiempo ha sido y será, sin saber hasta cuando, mis años de formación. Fue la busca de identidad, en su menos consiente forma, lo que le sugirió a D., a través de un o unos textos míos, que el mínimo, pero no menos desaforado encuentro no significó nada para mí. Ella tomó como verdad la mentira, el invento de mi yo literario, mis páginas no ajenas a la estructura del diario. Dijo del texto que se parecía mucho a mí, a lo vivido, y que lo que yo escribía le resultaba indescifrable, «cosas extrañas» así lo dijo, y que la llevaron a romperlo todo, dar por hecho que aquella noche de besos desesperados no significó nada para mí. ¿Qué significó para mí? Fue un encuentro a contratiempo, pospuesto durante años. Para ella ya no había barreras, la etapa de la seducción estaba resuelta, mientras yo trataba de resaltar la reciprocidad de sentimientos, entrever en su cuerpo los entresijos de mi atracción, acostumbrarme a su rostro, a sus manos, su insólita risa, su felicidad alcanzada. Se quedaba sin palabras, reía como una niña feliz y nerviosa a la vez. Es su mente la escena ya estaba pintada, quería pasar al beso, dejarnos de palabras, abrazarnos para saber si era cierto. Camino al auto dijo una frase en alusión a una película de Woody Allen, una indirecta que preguntaba en qué momento nos besamos. Así lo hicimos, así lo hizo ella. Me dio un beso torpe, para mí desacostumbrado a su boca, a sus labios que todavía no me decían nada. Sentí que le mentía con cada beso, que mis labios en contacto con los suyos disimulaban la mentira. ¿Qué iba a significar para mí lo que al día siguiente se terminaría? No supe prolongar el engaño, sostener en vano la esperanza, presentarla como impávida, inalterable. D. no sabe amar de otra forma si no es a perpetuidad, con una intensidad desmedida, más allá de lo imposible. Me dije que nadie iba a quererme de esa manera. Y por eso he vuelto con la intención de que ella vuelva, de que olvide lo leído por malinterpretado, que conozca al menos otras facetas, otras máscaras más cercanas al yo que se oculta entre líneas. La he traído de vuelta por mor de un impulso malsano, la necesidad de volver a sentir el amor, escuchar la risa nerviosa del otro lado de la línea, contagiarme de su felicidad porque mi presencia, aunque ausente, le devuelve una alegría infantil. ¿Pero en verdad la quiero? No lo sé de cierto, pero quiero quererla, conocerla, deconstruir la maquinaria de su amor informe, atemporal y abnegado. Quiero conocerte, le dije, que el enamoramiento no sea unilateral sino mutuo.

El ánimo sin embargo decae con el paso de los días, de las conversaciones que se quieren sin fin pero que terminan con la intención de no molestar por no saber qué decir. D. desconfía porque sabe que mi querer no es constante sino temporal. Imagino —y no creo que mi imaginación esté desfasada o resulte imprecisa— que ella ha rehecho su vida, encontrado a la pareja sentimental que, si bien no es idílica, es honesta, sin atavíos, de querer mutuo, aunque no descomunal. Conmigo encuentra una ilusión, un porvenir de almas gemelas, el sueño posible que no se cumple y por lo tanto lastima en el fondo del corazón. El querer, el anhelar al ser amado sin fronteras. D. sueña como niña, ha encontrado en la bruma de lo nuestro coincidencias felices, símbolos que le indican que yo soy el indicado y nadie más. No he querido hacer la pregunta porque ella hará la misma y, según responda yo lo haré con la mentira como artilugio o con la verdad como ataque directo. Ella podría mentir, yo a su vez, y entrar en el juego del engaño. Y así enamorarnos a partir de la invención de la vida, lúdica actividad amorosa que tendrá el mismo final de antaño, la historia que se repite y el pasado que vuelve a pasar o que no pasa nunca.

—Mamá dice que no te crea, que tú nunca me vas a querer como yo a ti.

No supe qué decir cuando hace años me lo dijo. Ella salió en mi defensa, dijo ya soy lo suficientemente mayor para tomar mis decisiones y para asumir mis riesgos. Supongo que mamá la veía más feliz de lo normal, que la escuchaba hablando conmigo, entreviendo en su tono de voz una alegría unánime e inopinada. La madre, no falta de sabiduría, le aconsejó prudencia a D., no te dejes llevar, no creas en todo lo que te dicen, te van a romper el corazón. Su madre desde el inicio —pues D. no le ha ocultado un sólo detalle de lo nuestro— me considera falto de confianza, una amenaza sentimental para su hija, un aprovechado o acaso un psicópata que la utiliza, a ella y a su amor sin condiciones, con fines de egolatría. La madre no debe faltar a su papel de consejera diciéndole si de verdad te quisiera vendría por ti, te suplicaría que lo visitaras, que te quedaras un tiempo con él.

Me quedo con el silencio, el día nublado, el frío y esta soledad con tiempo de caducidad. No he encontrado mi identidad literaria, doy saltos imprevistos, toco temas al tanteo, me dirijo a ciegas, me dejo llevar por el camino de oscuridad. Escribo hoy, pero dudo que lo haga mañana, que pueda hacerlo todos los días. ¿Dónde está la novela? ¿Está oculta en cada texto guardado? ¿Es posible que la novela solo espera el ensamblaje perfecto de lo ya escrito y que me empeño en no recuperar? Dificultosas mil palabras.

¿Dónde está la sonrisa de lo siento, de disculpa de la mujer en bicicleta de anoche?

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