No sé por dónde empezar, así que empezaré por lo segundo. He terminado de leer Miradas, cuento o capítulo de una novela (ya me darás más detalles) y lo he encontrado digno de relectura, de disfrute giratorio para alguien que, como yo, nunca relee o relee muy poco. Has logrado, en mi opinión de lector, que el personaje hable por sí solo, desdoblado del autor, pero con una voz auténtica. Sin embargo, mi opinión como escritor en ciernes podría ser más sombría, no tan benevolente, pues me hubiese encantado escribir ese relato. Por eso al escritor lo dejaremos de lado, para que mejor aprenda de los compañeros en lugar de sentir por ellos una dulce envidia.
Con esto te digo que has mezclado los temas primordiales de toda buena literatura, según lo que le escuché decir a Juan Rulfo: la vida, la muerte y el amor. La mujer, a la que no quiero darle nombre, evoca una locura subrepticia. Su discurso anda en un vaivén entre la extrema lucidez de los locos y la agonía sincera de los que aprecian la vida hasta su fin. Me ha gustado que el final no se espera, que cae como dulce sorpresa, un encantador suicidio. He encontrado asimismo frases que ocultan información, un punto ciego. Parece que la mujer, como el autor, también ha creado un personaje de sí misma, y el final, como yo lo veo, es el de una mujer frente al espejo, hablando con alguien tan real como ella misma. Tu cuento —si me dejas llamarlo así— es redondo, y se nutre de su propio inicio y final, y en él abundan señales de un escritor comprometido con los temas que trascienden la propia vida. El vaivén entre el aquí y el allá están presentes, y si debo darte otra razón por la que me ha gustado, es por el tema del suicidio, que como tal me fascina como forma de revelación, como elección personal de continuar o no por este placentero sendero que es la vida. Amo la vida, por lo tanto entrar en la mente de un suicida me interesa como contraposición, una contemplación panorámica, una forma de vivir más a fondo.
Qué decir ante los halagos, A., uno queda indefenso al recibirlos. No sucede como con los inultos, de los que uno puede más o menos defenderse. Los halagos entonces se agradecen, se toman con cuidado para no pecar de arrogancia. También se agradece el tiempo que has tomado en leerme, porque el tiempo que se le da a los otros, a los que apreciamos, es el mejor halago que se puede hacer.
La entrada del cuento que escribí se llama Vive. Lo escribí hace casi cuatro años, fruto de una inspiración fugaz, del tiempo en que escribía esperando la visita de las musas. Por desgracia esa historia fue real, pero la modifiqué para adaptarla a la ficción.
Entre mis desordenados libros de cabecera hay dos que me gustaría recomendarte: Trilogía de la memoria de Sergio Pitol y La montaña Mágica de Thomas Mann. A mí esos libros me hablan como escritor, una forma de diálogo con los que nos han precedido, el primero de formación y el segundo de introspección. Verás que tratan de los temas que nos interesan con palabras o ideas muy parecidas a las nuestras, lo que dejaría en evidencia la creencia borgiana de que somos todos los hombres, los de ayer y los del porvenir.
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