Los de allá

Saber que lo que inspira es la tristeza, ese sentimiento que oprime al corazón, que lo vuelve pequeñito y con latidos imprecisos. La aflicción acompañada del silencio o la soledad, de la mano de la nada y del desasosiego. La pérdida perpetua, irreparable. La muerte de quien ya no nos quiere. Ya no vive para nosotros. Y quién es ese nosotros impersonal. Soy yo, pero no quiero pensar que soy el único que se siente así, debe haber alguien más, muchos más. Egoísta sería creer lo contrario. Todos sufren en mayor o menor medida. Yo sufro, ya no tanto ni con tanta frecuencia. Le he dado la calma a mi vida para así evitar la desilusión. Sin embargo el tiempo seguirá su curso y se irá llevando a los que más quiero. No se los he dicho, no lo saben. Quizá lo presienten. Quiero a mis hermanos y a mis hermanas, y sobre ellos quiero a mis padres con los que cada vez hablo menos. Pero no se los digo. Me digo que así me protejo del dolor de perderlos. Sí, me voy a arrepentir. Se van a ir y me lamentaré por no haberles dicho todo lo que los quería. Y cuántas veces me he imaginado ese momento. Cuando la voces de mi padre y de mi madre ya no suenen. Donde el silencio de papá ya no tenga más que decirme. Mamá lejos. Padres fantasmales. Los veré por todas partes, cada mañana frente al espejo. La mirada de mamá y el rostro de papá. Los años me darán la apariencia de mi padre y la mente caótica de mamá. Difícil negar que me han heredado algunas de sus manías, defectos y cualidades. La manía de mi padre por las cosas bien hechas y por creer que hay una única manera para que estas salgan bien; la de mamá por saber si lo que ha cocinado está rico; el defecto de papá al sentirse por encima de los demás o de creer que toda la gente es buena. La ingenuidad de los dos, pero el soñar despierto de mi padre. Mi padre me aprendió el valor del trabajo, que el que no trabaja no come, y que no hay excusa para no levantarse cada día a buscar el pan para alimentar a la familia. Mi padre dejará de trabajar solo cuando la muerte le impida levantarse una mañana. Papá morirá justo antes de que sea la hora de despertarse. Mamá lo creerá dormido, sin la charla sobre los sueños de cada mañana, hablando sola hasta que la cama se sienta muy fría. Imaginación mía, pensar en cómo mis padres van a morir. Mamá se topará con la muerte en la cocina, a la hora del desayuno o de la comida —porque ya nadie cena—. La sorprenderá probando la sopa, para saber si le falta sal. Mamá se pondrá blanca del susto, soltará la cuchara y saldrá de la cocina para recostarse en el sillón, que todo ha sido mi imaginación. Y una vez recostada caerá rendida, y mamá también se nos ira entre el sueño y la vigilia.

No estoy listo para la pérdida. No se cómo podré sobrellevar el duelo. Una vida de luto emocional. Una vida de añoranza. La nostalgia como forma de encuentro. Reconciliarme con los muertos, escribirles lo que ya no podrán leer. Decirles que los quiero tanto, dondequiera que no estén. Y ellos diciéndome en una lengua muerta que los deje ir, que ya no hay cabida para el arrepentimiento, que lo hecho, hecho está. Y yo los llevaré a todas partes como una cruz, como una penitencia. Padres que mucho quise y nunca se los dije.

Escribir sobre la muerte y la tristeza en un día tan soleado como este. Cuánto me gusta ensombrecer el tiempo, negar la luz y el calor que viene desde fuera. Voces por todas partes. La gente ha salido a caminar, a estirar las piernas, porque no soportan el confinamiento. Cuánta debilidad y falta de disciplina. Somos todos egoístas. Yo me quedo dentro por comodidad. Porque afuera encuentro el hastío, porque afuera están los otros. Me digo que mejor dentro, donde nadie me interrumpe, donde son pocas las voces, pocos los pasos. El aroma del día que junto con la luz se cuela por la ventana. Mis libros tomando el sol, su principal enemigo además de la humedad. Mi biblioteca como santuario de paz y silencio. La tranquilidad que viene con ellos. No compro libros, compro la tranquilidad que viene con ellos. Letras que hacen nacer una y mil voces distintas. Todas las preguntas sin respuesta. Preguntas para mantener la mente ocupada y así morirse con más dudas que al nacer. Dicen que todos nacemos con un lenguaje, que nuestros recuerdos se traducen primero en imágenes a las que las dotamos de una narrativa con los años. El niño que fui no recuerda el momento en que esa foto fue tomada, pero recuerda la voz de su madre, el olor de la casa, los zapatos que su padre usaba durante todo el año y que remplazaba tan solo en navidad o el día de su cumpleaños. Quién sabe si mi padre alguna vez escogió y compró la ropa que utilizaba; de eso se ha encargado mamá todos estos años. No recuerdo todo, sin embargo recuerdo mucho. Mi padre quedándose dormido a mitad de una película, y yo atento al momento en que cerrara los ojos para despertarlo, porque quería que el también viese lo que yo veía. Mamá ordenando que cambiásemos de canal, que no debíamos ver a dos que se besan con pasión, que se quitan la ropa y que terminan en la cama. Protectora de la inocencia de sus hijos, moralista a su manera. Nos impedía ver cuerpos semidesnudos como si no conociéramos de sobra los nuestros. Así nació nuestro miedo al desnudo, a mostrar nuestro cuerpo, temor, pudor que nos sigue acompañando. Mamá siempre cocinando y lavando los trastes; lavando la ropa y ordenándola. Mamá que hacia todo por sus hijos varones, porque los hombres de la casa no debían hacer las labores de las mujeres. Mi padre acostumbrado a que mi madre le trajera la comida a la mesa, a que le retirase el plato cuando terminara. Mamá haciéndolo porque ella cree que es lo normal, que así la enseñó la abuela. Maldita costumbre que crea hombres desvalidos como infantes.

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