No hay lugar para mí en este mundo, dijo después de un largo suspiro, después de haber perdido el deseo de tocar el piano, regresar a la música a través de la práctica, dio un golpe, fuera de sí, desesperada, algo que no va bien dentro de sí. En vano le pregunté qué le pasa, nada, me dice, nada, todo está bien, como tiene que ser. Sé que nada va bien, que la ansiedad la ha alcanzado, que el paseo del mediodía no le ha servido, tampoco el chocolate que parecía hacerle tanto bien, la felicidad al alcance de muchos gramos de azúcar. Entre resoplidos dice en voz baja que no quiere volver a la universidad, que odia la universidad, que no hay lugar para ella en este mundo. La escucho, quiere ser escuchada, por eso lo dice como un susurro. Sigo leyendo sin saber que decirle. Para mí tampoco hay lugar en este mundo, le dije, y me regresé al párrafo leído a medias. Pensé en mis palabras, es cierto que no hay lugar para mí en el mundo, pero la diferencia es que no me importa, que esa idea no me atormenta como presente, no instantánea, quizás un poco en el porvenir. Soy de un optimismo difícil de creer y difícil de explicar. Es porque creo haber encontrado el camino, mi salvación en los libros y en la escritura, mi herencia para el porvenir, la construcción de mi identidad para cuando yo ya no pueda seguir o ya no haga falta.
Ella está perdida, me entristece verla sufriente, tan cortada a la medida de las expectativas de sus padres. No lo sabe, pero se ha quedado en la encrucijada, engañada por la imagen reluciente de una vida aquí y ahora, oscuridad y tormenta en el avenir si no hace nada para cambiarlo. Lo peor de todo es que la medianía se contagia, se te pega a la piel como las medusas, quema, te paraliza, te deja vacío. Entonces nace la inconformidad trepidante, la furia que ciega, esta vida no me gusta, por qué he de seguir viviendo de la misma manera. Vivo con el diablo, el demonio, el perro negro que perseguía a Churchill, la paralizante autocrítica, el no actuar, dejarse llevar por la marea del tiempo infinito. Odia lo que hace, pero no tengo otra opción, me dice, no quiero regresar a mi país, necesito de la visa. Todo sería más sencillo para ella si yo no compartiera su condición de extranjero, si el matrimonio le diera el pase directo para quedarse en el país que tanto quiero en la medida que rechaza a su país de nacimiento. En vano mis palabras podrán sacarla del pozo, devolverle la alegría por un amanecer al lado de quienes quiere, el café de las mañanas, la calma del hogar y la nunca falta del desayuno. Por algo se empieza, me empeño en decirle, por ver lo bueno que se tiene como materia prima, para partir hacia el lugar que nos hace felices. Sueña con montañas, subirlas y bajarlas, en verano o en invierno, poco importa, esquiar, las estaciones de esquí, la alegría inusitada. ¿Y después qué? La interpelo, darse eternamente a lo que se ama, sin descanso, desemboca en la náusea, el aburrimiento falaz, el odio por la repetición. Encuentra un equilibrio, le digo, no hay fórmulas para la felicidad que es siempre huidiza, cosa de muy poco tiempo. Después hay que saber encontrar la felicidad en la rutina, en la soledad de los días que se suceden líquidos, sin que te des cuenta de que están pasando. Piensa en otras existencias menos afortunadas, fuera de tu mundo de burbuja, en hombres y mujeres para los que ya es muy tarde, ajenos a la vida que tú o yo llevamos, conformados con lo que se les ha dado y se les ha hecho creer. Parece que tus problemas de tipo existencial los tienen aquellos cuyo talento está repartido en múltiples actividades. A quienes se les ha dado muy poco no sueñan con nada parecido a lo que tú sueñas, al lujo que alguna vez se te permitió vivir. Intento no poner en evidencia mi propia vida, mi infancia privada de muchas cosas, desde las pequeñas vacaciones en los balnearios hasta los sobrios regalos en navidad. El niño que yo fui no soñaba con un mundo inabarcable porque no me habían dado cuenta de él. Para mí el mundo era mi casa, la familia, la ciudad con sus lugares inaccesibles para los de mi clase social. Fui un niño pobre, humilde como mi familia, feliz con la rutina, con la deliciosa comida que mamá nos preparaba, a veces insuficiente, pero nunca ausente. No había tiempo de vacaciones, un día de reposo a la semana, a veces ni eso. Tú viajabas por el mundo con tus padres, yo me quedaba en casa, la televisión como ventana hacia otras realidades, el único escape que se me daba antes de los libros. El niño se convirtió en lector, viajaba a través de los libros, soñaba que viajaba y de esa forma —pues los sueños son otra vida— viajaba de verdad y comprendía lo que era la otredad. Tuve la fortuna de encontrarme con las personas correctas en el camino, de aspirar a otra forma de vida que yo no conocía. Imposible al principio con el tiempo se volvió una posibilidad. No obstante, según mi forma poco justa de verlo, no he llegado a nada. Vivo con muy poco, casi al día, las deudas.
Sigue suspirando, resoplos de tristeza, no se le da expresarse con palabras. El llanto le viene como la locura, mezclado de risa, incomprensible. Hay algo profundo que no logra exteriorizar, la razón de su desdicha, de su entrega a la vida leve, ausente en la medida de lo posible. Va a explotar, temo que un día le venga la idea del suicidio como certeza, como salida sencilla del mundo donde no tiene lugar. Pero no me escucha, vana mi tentativa de ayudarla. Es por eso por lo que huye del silencio, de esa voz que la interpela. Por eso mantiene al silencio ausente, para que la voz no se escuche, otras voces que la remplacen. Esa voz es ella misma exigiéndole una cambio como única salvación, tomarse la vida como un constante juego, una rayuela, cielo e infierno constantes.
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