No está presente, acaso nunca lo ha estado. Es el fuego de mi imaginación, todo, desde el estamos hechos para entendernos que quería dar paso a una confesión más íntima, hasta el darme de comer con la cuchara sin que yo se lo haya pedido. Y no se lo dije, tampoco fui recíproco, no acepté la invitación, por lo que ahora todo es silencio.
Ella no lo sabe, aunque podría presentirlo —qué puedo yo saber— pero desde un tiempo para acá la traigo anclada al imaginario. No exagero cuando creo verla pasar, cuando la encuentro en cada rincón de la casa, siguiendo mi vaivén con su mirada de mujer libre, ajena a mí, pero obstinada en permanecer. La veo sentarse en el sillón frente a mí, su manera delicada de tomar un libro, curiosa, y bromear diciendo que son sólo letras, que no hay ninguna imagen, ningún dibujo. Luego se ríe porque ha visto en mí los albores de la indignación, pues sabe que yo soy pura letra impresa, que las imágenes me sobrepasan, que las prefiero innecesarias, prescindibles. A la hora de la siesta me acompaña pero no comparte el sueño conmigo. Tan solo se sienta al borde de la cama y da un profundo suspiro como si tuviese algo que decirme. Y sin embargo en ella cabe todo el silencio. Despierto y veo cómo su piel brilla como si el sol de media tarde, ese cercano al atardecer, le enciende la piel tan blanca. Veo cómo sus ojos brillan, alentados por la noche que empieza a tomar forma con el cielo —por fin— con todas sus estrellas. Y de repente se va, como si tuviese que acudir al llamado de alguien más. De nada sirve mi lamento de hombre solo al ya no sentir su presencia. Enseguida su ausencia empieza a habitar todo el departamento, se recuesta en mi almohada para que sienta su respiración perfumada de inalcanzables girasoles. ¿Que si existe? Claro que existe, me ha acompañado desde entonces sin invitación, me ha seguido de cerca, acechante, como si yo fuese su presa. Al principio yo le respondía con la indiferencia, pero luego me acostumbré a tenerla aquí, incluso a pedirle, herido de muerte súbita, que se quedase, que no partiese durante el sueño, que del otro lado no había nadie, no estaba ella. Sé que me lee cuando escribo, que se apoya sobre mi hombro y si me equivoco en alguna frase imperfecta me susurra dulce el error y la posible solución. Está de más decir que está atada a mí, no como esa musa de los artistas románticos, sino como una entidad independiente y determinada a partir si le da la gana.
Ella sabe que la he dejado entrar a mi departamento por compatibilidad de caracteres. A veces no puedo verla pero escucho su risa juguetona, porque desde algún lugar me mira, sabe dónde estoy y sabe que yo no puedo verla. Y cuando le pregunto de qué ríe pone al instante una cara seria y me dice quién ríe de qué, y al ver en mi rostro la expresión de la contrariedad, de una confusión inesperada, se da la vuelta y sé que sonríe porque la escucho reír casi para sus adentros, ufanada en volverme loco de la confusión, dueña de sus pensamientos que nunca serán revelación. Y pese a todo, a su disimulada maldad, que tan sólo oculta lo que de verdad siente, le sigo el juego de la contradicción. La dejo rondar por mi pensamiento grave, sin importar que se apersone durante mis sueños, que se aparezca luego durante mi vigilia velando mi sueño, absorbiéndome con la mirada, dulce como tan solo ella puede serlo, con toda su diáfana hermosura, acariciándome el pelo para que me vuelva a dormir libre de pesadillas.
Vive en mi departamento pero a la vez lleva su existencia desinteresada de mí en el mundo de la realidad real. Nos volvemos a ver como siempre, no saludamos incluso con cortesía, y durante un rato nos evadimos como si no hubiésemos compartido ya una existencia, entre tantas juntos. Nadie más puede verla. Nadie sabe que cuando nos despedimos me sigue aunque parezca que partimos en direcciones contrarias. Y hemos elegido la discontinuidad de los parques vacíos porque sabemos que lo nuestro, imposible de llevar a cabo, no tienen en ningún lugar un jardín donde los senderos se bifurcan. Ella lleva consigo sus certezas y yo mis contrariedades. Ella es un impulso leve y yo soy un muro imposible de franquear porque me he reiterado que nos hemos encontrado a destiempo. Yo tengo una sola pregunta, le he dicho, y la he dejado en suspenso a pesar de su interés por responder. No sabe que mi pregunta se ha reiterado en más de una, y que estás temen saber la verdad. La verdad de que en mi apartamento de hombre solo ella no existe, que nadie puede verla excepto yo, lo que confirma que vivo herido desde hace tiempo y que en lugar de sanar me desangro lento, y medio vivo y medio muero.
¿Y qué de las señales? Invento mío para justificar su acecho, su presencia, su risa que todavía escucho en algún rincón donde ella me espera para no estar. Ahora mismo siento su mentón en el hombro, y a la vez que me lee me escribe, me susurra al oído lo que no debo volver palabra escrita, lo que debo dejar en suspenso. Me dice no te detengas, sigue, sigue, como esa voz que anuncia el final de un todo. Y me seguirá siempre porque la pienso y la enumero, y me he vuelto su esclavo por no dejarla ir. Y qué cómoda es esta prisión de cuatro paredes. Ella toma de nuevo un libro y grave me dice que no hay ningún dibujo, ninguna imagen, tan sólo letras, me dice riendo, como tú.
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