¿Qué me diría mi yo de ayer si, como a Borges, se me permitiese en la realidad de los sueños el encuentro con mi yo de otra época y otro lugar? ¿O qué le diría yo a aquel joven mucho más joven que yo? Tendríamos que encontrarnos frente de algún rio, en la banca de algún parque o de alguna plaza del centro de la ciudad; yo aquí y él allá, en la ciudad de mi infancia, de poco más de dos décadas de mi vida. La única vez que él se sentó en una plaza fue alrededor de sus quince años, después de las clases de música, con sus flautas y partituras en la mochila e intenciones de soledad. Pocos paseantes alrededor suyo, solo en la banca sacó una de sus flautas y se puso a tocar, temeroso de interrumpir el ruido de alrededor o atraer a alguna de tantas sombras en las calles con un comentario o una moneda; asimismo temía que lo callasen, que lo abuchearan pues la flauta dulce/barroca no es un instrumento muy apreciado ni allá ni aquí. Ese es nuestro lugar de encuentro, él no sabe que lo veo desde lejos en el tiempo y que ahora me busco un lugar en la ciudad para encontrarlo. ¿Dónde he estado solo en esta ciudad que se ha vuelto mía?
Ya, lo recuerdo, y esta vez el año no se me ha desdibujado de la frágil memoria. Las vacaciones con S. se habían cancelado a causa de nuestra separación y, con el corazón roto y una ola de calor salí a caminar en dirección al parque más grande de Lyon, pero en lugar de partituras y flautas en la mochila llevaba tan solo un libro: L’existensialismo est un humanisme de Sartre, que leí con desgana y del cual no recuerdo nada o casi nada. Pienso en ese momento en que cualquier buena noticia me hubiera servido de consuelo, de remedio contra el corazón desolado.
Así que ya tenemos a mis dos yoes, el de quince años en Guadalajara y el de veintiséis en Lyon, sin embargo no sería justo que mi yo de hace dos años se encontrara con el de hace trece, así que tomaré el lugar de ese yo del parque para tener una conversación no solo más interesante sino también más justa, pues tengo tanto que contarle al niño que toca la flauta en ese banco frente a las esculturas del Hospicio Cultural Cabañas. Lo dejaré comenzar a tocar, sin interrumpirlo, para acercarme lento, escurridizo y sentarme a su lado. No se ha dado cuenta, cuando toca cierra los ojos porque la música se siente siempre a ciegas. Termina de tocar y, sabiendo que soy yo y sin que sepa que yo soy él, lo interrumpo:
—Me ha encantado, siempre tuve un gusto desmedido por la música barroca, y creo haber distinguido una pieza de Haendel, ¿estoy en lo cierto?
Le pregunto y contrariado parece haber distinguido algo en la voz sin todavía mirarme, suena como su hermano pero este nunca utilizaría esas palabras. Deja la flauta de lado sin mirarme y responde:
—Sí, es música barroca, y sí, es Haendel. — dice todavía sin dirigirme la mirada, y tomando de nuevo la flauta me mira a los ojos—. ¿Nos conocemos?
—Soy tú, tú eres yo, y ha sido una casualidad que haya elegido este lugar para vernos y contarte sobre el futuro.
—No te creo— me responde con mi incredulidad de siempre, y con esa voz que sigue siendo la mía.
—Créeme, yo tampoco me lo creería si fuera tú —que lo soy— pero como prueba tengo tu voz y tus ojos, en eso no hemos cambiado; sí, tengo más años, un rostro gastado por el tiempo y uno kilos de más que también llegan porque sí. Vengo del 2020 y tú vives en el 2007. Ha pasado mucho, no todo ha sido bueno pero tampoco muy malo. La vida no te ha dado su mejor golpe. Yo, que soy tú, está esperándolo.
—¿Cuál es ese gran golpe que temeroso esperas y que temeroso yo esperaré?
—La muerte de papá y mamá, ambos vivos ahora, en tu tiempo y en el mío—le digo para empezar con las buenas noticias—. Sin embargo, han envejecido porque es inevitable y si bien no sufren ninguna enfermedad muy grave ya no tienen la misma salud que antes.
Me pregunta qué ha pasado durante todos estos años que yo he vivido y que él está por vivir, y yo le respondo lo mínimo, que algunos de sus sueños se van a cumplir y otros no, que se va a enamorar pero solo una vez le romperán el corazón. No doy más señas de esa mujer que tanto querrá, tan sólo que no es de aquí, que no hablará su idioma. Como nada que le cuente puede repercutir en su futuro y el mío le confieso que dejará la música, al menos ya no la tocará, que algún día conocerá a Horacio Franco, por casualidad, mientras hace una fila para pagar el estacionamiento en el aeropuerto. Veo una mirada de desesperanza al decirle que lo de la música no funcionará, pero para aliviarlo le digo te quedarán los libros, serás un lector como pocos y nunca dejarás de estar acompañado por ellos; tendrás una gran biblioteca y un día estarás tan herido de literatura que querrás escribir.
—¿Dónde estás? —me pregunta como si no hubiera escuchado lo que le acabo de contar.
—No estoy aquí, estoy sentado en la banca de un parque, el más grande de la ciudad de Lyon. Vivirás aquí, pero no sé por cuánto tiempo. Yo he pasado cuatro años y cinco meses. Te he encontrado por casualidad, pues este recuerdo lo guardarás y lo modificarás con el paso del tiempo. Por ejemplo, ahora será el recuerdo de dos lugares distintos que se unen a partir de un deseo que te vendrá a partir de la lectura de un cuento de Borges; y no te preocupes, lo leerás a su debido tiempo.
—¿Te volveré a encontrar? ¿Podré enmendar mis errores?
—No sé si vuelva a tener deseos de encontrarte, tú ya no volverás a sentarte en esta banca y yo tampoco volveré a caminar solo por el parque para terminar sentado en una banca vacía. No podrás cambiar lo que te he dicho, es triste que no puedas, pues yo quisiera cambiar mucho, sin embargo, nos tenemos que contentar con que las cosas hayan sucedido de esa forma y que de no ser así este encuentro nunca hubiese tenido lugar. Ahora quiero, quieres ser escritor. Te vas a obsesionar con los libros, no tendrás mucho dinero, tú y yo somos todavía muy pobres pero no nos hace falta mucho para ser ricos.
—¿Algún último consejo antes de irnos? —me pregunta con la esperanza de que los años lo hayan vuelto más sabio.
En ese momento desaparecí, lo dejé solo para que siguiera su vida. Mi propia vida no va tan bien para poder jugar al consejero. Él sabe lo que tiene que hacer, lo hará o lo dejará de hacer de todas formas. Se equivocará tantas veces, y espero que cometa los mismos errores para que yo no desaparezca.
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