Pensar en escribir, no hacerlo; pensar en leer, tampoco hacerlo. Libros que esperan, páginas no escritas, palabras dadas al olvido del infinito de la conciencia. Buscar en el pasado, qué fue lo que me llevó a escribir cuentos mínimos. No hay una rutina como tal, la música que suena o ausente, poco importa. Hay luz, la claridad de nostalgia que se cuela por la ventana. Ayer pasé por la misma calle, misma estación de tranvía. Esa parte de la ciudad tiene su nombre, por fortuna la vida de ahora no tiene su nombre en todas las calles. Ya no recorro las mismas calles desde entonces, me rehúso a andar por los caminos de mi pasado. Es ella el fantasma, es ella casi la ciudad completa. Pero no es ella, había algo más que la luz de tristeza de un domingo impreciso. Otras ciudades tienen su nombre, países tienen su nombre. La llevé a casa, se pasea por mi cuarto, entre mis cosas, también mi pasado se volvió ella, ya no hay regreso ni manera de borrarla. Estará presente hasta mis últimos años. Me niego a olvidarla, a cambiarle el nombre, me acostumbro a su vacía presencia que lo llena todo. Es ella esa luz de un día en que mi corazón apesadumbrado se contrae, caída libre de un pensamiento suicida. Es entonces cuando resisto, me pronuncio por el hartazgo, desdeño mis libros, mis cuadernos, la vida que no se parece a como la había imaginado. Y luego esto, la escritura que no me lleva a ninguna parte, la página que no se llena, difícil de llegar al limite propuesto.
Hay algo que se lleva mis ideas, la parte de mi cerebro que se encarga de la ficción. Cuestión de calentar los músculos del cuerpo de la inventiva, del ensueño, de la maquinación de lo inaudito. Pienso en mis dos personajes sin nombre, inspirados en mis padres. Trato de poner a la mujer en una situación, pero no encuentro el tono, la voz narrativa, la vida posible. La infancia inexistente, la madre enseñándole a ser la mujer perfecta para cualquier hombre. Así, la hija abandona los estudios, no quiero estudiar, dirá a sus padres, y ellos no hay problema hija, pero no le dicen que de todas formas no le veían futuro, las calificaciones por debajo de lo aceptable. Mejor que las hermanas más capaces continúen la escuela. Buscarse un marido, eso es lo que tiene que hacer, le dice la madre al padre, pero mientras llegue que aprenda un oficio, que sea útil, por si el marido nunca llega o no llega pronto. Escuela de costura y confección, para eso no se necesita ser muy inteligente, tan solo atenta, buena con las manos. La adolescente aprende todo lo necesario, le gusta, contenta de diseñar sus propias faldas, sus blusas de flores, lástima que no pueda hacer los zapatos, piensa. Imagina que podría trabajar, conseguir algo de dinero con ese oficio, pero nada se concreta. Pasa a ser secretaria de un dentista, el trabajo ideal para la mujer. Contenta de ganarse un sueldo, de ser útil, de escaparse durante el día del ambiente desgastante de la casa. Le queda cerca el centro, de regreso a casa, antes del tomar el autobús, pasa a comprarse una nieve raspada, cuánto le gustan. Se sienta en la banca de un parque, saborea cada cucharada, el bus ya no debe tardar. La joven regresa a casa, repetirá la rutina durante algunos meses, quizás años, el narrador no sabe dar cuenta de fechas. Llegará alguien, un hombre guapo, casémonos, no hay tiempo para el noviazgo, él necesita una mujer para formar una familia; ella necesita un hombre para poder partir de la casa familar, inconcebible vivir sola, eso no puede ser, no es una prostituta, una mujer de la vida galante, como dice su padre. No sabe cómo pasó todo tan pronto: la boda, el embarazo después, cinco embarazos y cinco hijos, los otros no cuentan, hijos no nacidos, perdidos porque Dios es muy sabio, sino los dos últimos no hubiesen nacido. El hijo de mi madre no estaría dando cuenta de esto sino hubiese sido por la muerte de sus hermanos nonatos. La joven se casa, se vuelve señora, joven madre de una niña hermosa y de los hijos venideros, los que Dios nos dé, el pensamiento de la época. Su esposo ya está construyendo la casa, un terreno grande. Ella lo disuade de hacer más cuartos, de hacer otro baño, ella piensa en el trabajo que le dará limpiar una casa tan grande. Unos años pagando renta y después se mudaron a su propia casa. Cortinas color carmesí, la sala grande, el comedor también. La joven tiene todo lo que había soñado, pero se da cuenta de que la vida no se diferencia mucho a la que llevaba en casa de sus padres. Al quehacer de la casa, las labores esenciales de esposa se han agregado el cuidado de los hijos, preparar la comida para una familia con los años más numerosa. La primera niña tendrá hermanos, crecerá, podrá ayudarle a la madre con el cuidado de los más pequeños pues ella ya será adolescente. Todo se repite, los hombres no hacen la limpieza, de eso se encargan la madre y la hija. La joven esposa vivirá una desilusión pasajera pero constante. No todo va bien, el esposo se aprovecha, no es cariñoso, no le da el amor necesario. Viven juntos como costumbre, ni ella ni él con la valentía necesaria para el divorcio. Se quedarán juntos porque es más cómodo, por los hijos, dirán, pero en realidad será por las formas.
Y llego a la nada, el contar por contar. Inminente bloqueo, necesidad de levedad, de que mis sueños cada vez más ausentes se cumplan. Imaginar que en unos años todo va mejor. Vida amarilla, la ansiedad prevalece aunada a mi necio optimismo. Buscar la respuesta en los libros. No soy escritor pero me gustaría serlo. He perdido la senda, he vuelto al hartazgo. Buscar un proyecto.
22/02/2021
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