De lo perdido

Han sido años difíciles, la delatan los movimientos nerviosos de las manos, esa ansiedad física ante los problemas presentes. Siente una nostalgia irreversible al comparar las edades, yo veintinueve y ella treinta y seis. Eres muy joven, me dice, y suelta un suspiro resignado. Es insegura, y como toda mujer con falta de autoestima no carece de la bondad como bandera, de un corazón maltratado pero que sigue dándose sin reparos. Ha dejado el anterior trabajo porque se ha lastimado la espalda: esta mañana tuve que ir al médico, terapia muscular, me duele mucho la espalda. Ella se da cuenta que ya no es la jovencita de hace diez años, cuando llegó a Francia con la ilusión del matrimonio y una mejor vida, sin embargo le gusta resaltar, verse bella y joven pese a su edad: me voy a pintar las puntas del cabello de rojo, o de morado, ¿creen que sea un problema? Para nada, le decimos, se te verá muy bien. El trabajo que acaba de dejar le causaba más frustración que cansancio. Era en medio de la nada, cerca de la casa que compré con quien será pronto mi exmarido, ni siquiera hay transporte público. Los trámites del divorcio son engorrosos como todo camino burocrático. Su exmarido le exige que viva en la casa, es de los dos, pero ella se rehúsa, yo voy a vivir donde me dé la gana, además, allá no hay forma de llegar si no es en auto, y yo no tengo licencia de conducir. Me cuenta la truculenta historia de su vida por partes, con puntos ciegos, con una franqueza que no duda en ocultar información. ¿Estás estudiando? Me pregunta, y yo sí, pero las clases comienzan en septiembre. A ella también le gustaría retomar los estudios. Estudié inglés allá en Chile, pero al venir aquí no se me ocurrió estudiar, tan solo trabajaba en lo que fuera para sobrellevar la vida, pero sí me gustaría estudiar después de que todo pase. Me cuenta esto con una pena que la consume, se frota las manos como si le causaran escozor, no quisiera hablar del tema pero en el fondo necesita desahogarse, compartir sus angustias. Ella sabe que entre esos diez años en Francia algunos han sido perdidos. Allá donde vivía con mi marido —un hombre mayor a ella, no me dijo la edad, pero imagino que es al menos diez años mayor— es un lugar inaccesible en transporte público. Se da cuenta, con una alegría presente pero con un ligero arrepentimiento por los años pasados, de que ahora está comenzando a vivir: allá estaba muy sola, no tenía amigos, no convivía con nadie —su pronto exmarido es nadie—, todo era desolación. Para Alejandra todo es distinto ahora, tiene un novio atento, respira tranquilidad, ha hecho los amigos que nunca tuvo durante los pasados diez años. Ha tenido una vida muy difícil, le dije a Laura anoche, casi al despedirnos, no me imagino lo mal que la ha pasado y Laura me responde sí con un movimiento de cabeza, su historia no le es indiferente. Alejandra tiene un inmejorable corazón, una recia voluntad de vivir, de reescribir su historia. No es tarde, debe de pensar, pero los años pasados la aquejan. Por el momento ha encontrado la seguridad en el trabajo, un ambiente laboral amigable, y ella sabe lo que significa el trabajo eficiente, dando lo mejor de ella hasta el punto de hacernos sentir, a mí y a Laura, deficientes en lo que hacemos. Su bonanza inspira cooperación, no quisiera que haga más de lo necesario porque ella no le pone peros al trabajo, por muy duro que éste resulte.

¿Qué será del personaje de Laura? Mujer entre los 35 y 40 años. Llegó a Francia a sus 25 con la promesa del amor eterno, matrimonio, una vida mejor que en Chile. Sin hijos, por suerte, de lo contario todo sería más complicado que ahora, y con el ímpetu de rehacer su vida ha encontrado el amor en Raymundo que la ama sin reservas, sin reprocharle el pasado, como todo buen caballero. ¿Encontró la felicidad? Sí, pero está fue temporal, como suele ser. Ahora la felicidad se ha renovado en un entrono festivo, de apoyo mutuo. Ha encontrado comunidad entre latinoamericanos, lo que nunca tuvo a causa de la convivencia exclusiva con su exmarido. Vino a Francia sin hablar francés, primeros años dificilísimos de aceptar cualquier trabajo por debajo de sus capacidades intelectuales a causa de sus debilidades lingüísticas. Un marido entonces indolente, mayor a ella, sin ánimos de que ella viviera sus mejores años. No es descabellado pensar que su marido fungió como un segundo padre pero sobreprotector, un amante hasta los límites de la dominación, nada más allá de la vida familiar. Alejandra se adaptó a esa vida de desolación, de una persona como única compañía. Pero ¿cómo fue que llegó a Francia y en qué condiciones? Comprar una casa en medio de la nada, un crédito todavía compartido que la atará a su marido durante algunos años más. Son esas las preocupaciones que no la dejan dormir, la razón de su perenne fatiga. Solo quiere acabar con los trámites del divorcio, por fin liberarse de las pesadas cadenas de diez años de incontables desdichas. ¿Qué será de la vida de Alejandra dentro de los próximos diez años? ¿Encontrará la felicidad que le ha sido vedada? Ella sabe que su juventud se ha quedado colgada en los helechos, las malas decisiones que fueron las acertadas, no intercambiables en su momento. Un personaje a medias, entre la realidad real y la ficción, las dos caras de una misma moneda. Alejandra no se rendirá antes las irreprimibles diatribas de la vida, las ufanos golpes de la realidad. No es imposible que su divorcio sea irrealizable, o que le tome más tiempo del previsto. Mientras tanto se aferrará con uñas y dientes a lo que ha conseguido, a sabiendas de que carece de perfección, del cariz dorado de los sueños de juventud. Relaciones imperfectas, seres de modesta imperfección.

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