Otra afrenta

Otro día de afrenta, de girar sobre la misma tentativa de venir a la página con una frase y seguirme de lleno con los sentimientos y las ideas instantáneos. Todo el día para llegar de noche, después de mucho tiempo sin escribir porque ayer se me hizo eterno hasta las tres de la mañana con un ordenador que no funcionaba. Vengo con muy poco para decir, apenas el impulso apesadumbrado de escribir todos los días, porque me lo propuse, porque es mi forma de rebelarme contra el absurdo de la vida, porque me gusta acumular textos sin certezas de corregirlos. Vengo a quejarme, a denunciar la vida que no me satisface, mi penosa circunstancia de escritor sin oficio. Sé bien evadirme, perder el tiempo, saltar líneas y saltar temas, darle la cualidad de vorágine a lo que escribo. Falta de concentración, no puedo entregarme de lleno a un proyecto a priori banal, desahuciado desde su concepción. No tengo planes, mi vida y mis escritos son motivados por la misma falta de camino. Me encuentro en la encrucijada y, sin poder elegir a dónde ir, desde aquí veo a tantos pasar sin detenerse, seguros de la dirección y de su paso. A ellos los mueve el ímpetu por saber lo que habrá al final del camino, por grandioso o mínimo que sea. A mí, al contrario, el ímpetu —llámenlo miedo— me detiene, me fuerza a la espera por muy larga o breve que sea. Aquí estoy, sentado en mi sillón, protegido de las intermitencias del azar, del tempestuoso estado del tiempo. Aquí se está bien, los libros a la mano en la estantería que me he instalado en la pared, mi biblioteca a pocos pasos, los libros que llegan a domicilio, mi cuaderno, tentativa de diario, y la promesa de no ser interrumpido por el exterior. Yo y mi desordenado y distraído andar guiando todo aspecto de mi vida. Por las noches me propongo una rutina para el día siguiente que no cumplo. Me levanto a la hora no acordada, siempre rogándole diez minutos más al despertador. Las seis de la mañana se vuelven las siete; las siete las ocho; y las ocho las nueve y treinta. Las primeras horas de la mañana se me han escapado junto con los sueños, ya no podré aprovecharlas; preparo el desayuno y el café con leche de la mañana, únicas constantes en mi rutina maltrecha. Juego con el tiempo como si se me diese a manos llenas, pongo mis esperanzas en el mañana, en la noche como catarsis, el día límpido y diáfano como mi consciencia. Todos los pecados y las asperezas son absueltos durante la noche, el amanecer es el acto de contrición, al despertar ya hemos cumplido la penitencia, hombres nuevos y libres de tormentos. Hago malabares con los mañanas, con todo futuro maquinado desde el presente líquido. Mañana será otro día, menos mal este día de mierda está por terminarse.

Y vuelve a empezar, la no rutina de todos los días, la lectura que antecede la escritura y viceversa. A través de la ventana se ve a un hombre leyendo un libro que lo conduce a otros libros, a recuerdos ligados o no a la página, se distrae viendo la hora en el espejo negro, da sorbos pausados al café, retoma el libro, se ha olvidado de lo que ha leído, regresa a la página anterior, no ha entendido nada. Deja el libro, pasa a otro, deja el espejo negro de lado, ya no lo verá, se ha propuesto librarse de las distracciones. Se levanta, va al baño, pierde quince minutos, regresa al sillón. ¿Cuándo va a escribir? Se da cuenta, poco a poco, cómo el aroma de bruma de la mañana se esfuma y llega el olor tibio y luminoso del mediodía, la jornada a mitad despojada. Los camiones recolectores de basura ya están lejos, a nada de terminar su recorrido, ruido de contenedores, el camión que acelera, recorre unos cuentos metros y frena. Los empleados apurados por terminar la mañana, persiguiendo la cola del camión, maldiciendo la menos trabajosa labor del conductor libre del frío que mira por los espejos para no dejar atrás a los menos afortunados, los de abajo, como alguna vez él lo fue, y montó luego la jerarquía hasta convertirse en amo y señor de su camión a cada parada más pesado.

El hombre que no escribe está desorientado, recorre leve los entresijos de su memoria, de sus deseos no cumplidos, ha visto la vida de los otros de lejos, el paso breve de los recolectores de basura. Ha sido un de ellos, ha sentido el frío en las manos, la extenuación del cuerpo a causa de las noches muy cortas, el olor ácido de la basura que, como el oficio obliga, cada vez causa menos nausea. Hombres a los que dentro de unas horas se les dará la libertad, es todo por hoy, regreso a casa y recomienzo al día siguiente. Deja la ventana, mira pocas veces a través de ella, se vuelve a su sillón, al libro que tomará por azar y por deseo, una cosa a la vez se repite, se miente creyendo que terminará hoy de leerlo. No obstante, lo asaltarán otras ideas, llegarán a brincos, conejos de tiempo y de espacio empecinados en quitarle el libro de las manos para darle otro, o para que tome su cuaderno y escriba, o para que no haga nada, para que se deja llevar por lo que le muestra el espejo negro, dejar que pase el tiempo, que se le escurra de las manos hacia la eternidad. Hará muy poco, nada de lo que se propuso, infamia contra la vida misma, contra sí mismo. Escuchará las voces del más allá que le dirán que deje de hacerse el imbécil, que deje de jugar a la inmortalidad, que si no sabe vivir pueden intercambiar de lugares, de este lado puedes hacer lo mismo, entregarse a la eternidad insípida y no al instante glorioso y efímero de la vida.

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