Un cuaderno

El tiempo no me hace justicia, mañana es tan desalentador como hoy. No cae la lluvia anunciada, una lágrima de pájaro melancólico, un pesar como el ruido de las hojas de los árboles cuando las molesta el viento. Los murmullos del pasado no me dicen nada, se yuxtaponen, se arremolinan, maraña de voces inconexas y con un sinsentido desesperado. El hoy, el presente inasible, me regresa a mis primeros días, el viaje solitario sobre el océano en un cielo oscuro, las turbinas del avión cumpliendo mis sueños de escape, la salida del pozo de mis temores. Iba yo volando con un libro sobre las piernas, 2666, Hans interminable, muerte desde el comienzo de la novela. A mi lado un hombre impasible dormía, no se levantó ni una sola vez al baño, viajante inveterado e invisible. Yo sin embargo dormí como pude, un dolor en el cuello, los pasos hacia los sanitarios, mi regreso atribulado y esas horas que no pasaban. No sabía que esa noche me prometía más de cinco años; tampoco preveía una ida y vuelta a México de vacaciones, mucho menos pensé en esta página fracasada desde su primera frase. Dedíquese a otra cosa, usted no sirve para este oficio. Y quizás esa voz mutilada tenga razón, yo no soy ningún escritor, no sirvo para nada. Lo que se me da mejor es la copia, y no lo sabía, mi compañero silencioso, de fila de asientos, quien no se movió durante diez horas, no me lo dijo.

Yo pensé: «Sólo vengo a pasar una temporada, un año es mucho, suficiente». Me lo dije durante una tarde de lluvias primaverales, cuando conducía solo hacia su casa. Era un mujer bonita y seria, de veintiún años, amante irremediable de la danza, piernas y brazos de bailarina, labios de mujer tímida. Me quería casar con ella, hacerme pasar por un prestidigitador y encantarle con un hechizo. Iba a reunirme aquel día con ella, el último antes de mi partida, asegurarme de que me esperaría, que como el sol de la mañana yo iba a regresar después de la tormenta: voy a trabajar y voy a hacer lo que sea para que vengas y podamos viajar juntos. Le dije todo esto, le tributé mi amor y le hice otras promesas que nunca podría cumplir. Ella lo sabía, pero era de fácil ilusionar, lo veía en sus ojos hipnotizados por las maravillas de un nuevo mundo. Borró sin embargo toda seña de ilusión en su mirada en cuanto le dije que quizás no volvía.

—No importa —dijo D —. Lo único que necesito es tu promesa.

Era cierto, y solo necesitaba de un entramado de palabras que nos sirvieran como puente, algo en que apoyarse, para decirnos al menos cuánto nos hacíamos falta. Parecía un pájaro contento, su belleza inalterable a pesar de las premoniciones más funestas, y con su vestido blanco y sus zapatos de cuero. Caminamos hasta un lugar más tranquilo, la primera banca solitaria que se nos cruzó en el camino. Nos sentamos, paseantes sin rostro fumaban, el traqueteo de un autobús nos obligó a un silencio. Ya no llovía, el sol provocaba reflejos tornasol con las ventanas de los edificios. Iba a decir que no me esperaba una despedida así pero D. me interrumpió con el índice en los labios.

—No digas nada —murmuro.

D. quiso prolongar ese silencio antaño obligado, su mano en mi mano y su mirada en algún punto fijo más allá, hacia donde yo no podía ver. Contagiado por su placidez, la besé con un rumor en los labios. No tenía la menor idea de cuánto tiempo iba a pasar sin verla, en qué mundo ya no la encontraría. Me imaginaba que D. se me perdía a la distancia como por un corredor tenebroso, donde al final encontrase la caída irredenta a un prodigioso abismo. Me imaginé viéndola correr y mi vana tentativa de detenerla con un grito imperioso. D. me miró a los ojos luego de mi beso de adelantada despedida. Sacó de su bolso un cuaderno de cuero, dentro una carta que leí al instante, una declaración de amor sin fronteras, un amor de puentes colgantes entre países, su infinita confianza en mí para que agotara las páginas de ese cuaderno, para que cumpliese mi inseguro propósito de ser escritor, ella como mi primera lectora. No lloré porque no era momento de llorar, porque nos íbamos a volver a ver, porque no era exagerado decir que la pasión iba a prevalecer, que la renovaríamos con el fuego encendido de tanta ausencia.

La mañana siguiente estaba entristecida por esa despedida taciturna y conmovedora de los que se abandonan a una promesa. La recuerdo prosternada frente a mí, a la espera de algo más. ¿Yo no tenía ningún regalo de despedida? Yo no quería despedirme, lo mío era un hasta mañana disimulado de adiós. Había pensado en una rosa, pero ésta estaría marchita a mi regreso, hecha polvo como las ilusiones de hombres y mujeres que se enamoran pronto y sin consecuencias. Yo no quería que D. se convirtiera en la naturaleza muerta de mi porvenir, en un franco imposible, en esta luz melancólica después de dormir la siesta medida e invariable de domingo. Al dejarla traspasar el portón negro de su casa vi que parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que su soledad se volvería más intensa. Ya no estaría yo para sosegar el punto final de un poema, escucharla decir te quiero y no me dejes, todavía no es tan tarde, la noche tan próxima al día. La imaginé entrando a su cuarto y dando muchas vueltas con el ramo de rosas que no le obsequié, poniéndolo en un florero vacío de agua. Éramos niños jugando a los enamorados, de amor tan puro que se nos quedó colgado en los helechos, cubierto de polvo y telaraña, y reconocí en ella la niña que en aquella tarde tormentosa me esperaba impaciente por darme el cuaderno de cuero que iba a sellar nuestro acuerdo continuo de adiós.

01/06/2021

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