Ya va siendo hora de enterrar a los amores muertos. Se les entierra de noche en un día como hoy, de mucha ausencia. Me dicen que la muerte es mi signo zodiacal, que a su alrededor gira todo lo que importa, la muerte mi centro. Pienso que he escrito la última carta, la respuesta en retrospectiva, el último intento por insuflar vida en un amor cadavérico. Me costaba ver el cuerpo sin vida, la carne pudriéndose, los gases transparentes y densos enranciando el ambiente de la vida que intenta renovarse. Ese cadáver impide el paso al otro lado, el rehacer de la vida. Déjala. Dejarla cuesta muy poco: indiferencia, tiempo. Ya son más de cinco años, no puedes vivir atado a esa mujer como incertidumbre. La carta, mi conjura contra el olvido y a la vez mi testamento, fue escrita sin desagrado. Respondí con exagerada esperanza de por medio, mis manos palpitantes sobre cada tecla, la escritura lenta tomando pedazos de la memoria. Intenté no sin ahínco la reconstrucción del corazón enamorado de un yo más joven, la reiterada promesa de volver, la inapelable fidelidad. Pero ya no hay quien adolezca la separación, causa fortuita y por demás necesaria para la reconciliación con los días solitarios. Ella continuó su vida de la única forma posible, yo hice lo mismo, a mi manera, pero con extrañeza, al tanteo, con una inmejorable ignorancia del porvenir. ¿Qué le diría? Que hoy soy sólo un mínimo farsante, el escritor que se toma en serio su inapelable destino por ti conjurado y ya no el escritor amateur, atento a las musas. Espero sorprenderte con mi recuerdo de luz saudade durante la comida, la media tarde fulgorosa, el calor colándose por las ventanas y tú mi musa transparente, D., Diáfana. Tu nombre y la palabra como olvido recurrente. Para pensar en tu nombre bastaba con pensar en el día, luego en la luz, transparencia y diáfana. Sé —imaginar ya no cuenta— que no te conozco, que de regresar tu personalidad me sería ajena, desacorde, culpa del fortuito paso de cinco años marcado en tus ojos y tu sonrisa. Yo te diría que he cambiado muy poco, todavía encerrado en mí mismo, misantropía presente, amor y desamor por la vida. Es la voluntad la que se aferra a ti, ella me mueve, me recita al oído poesías de retorno y de reencuentro. De no ser por la voluntad yo no sufriría o sufriría muy poco. La voluntad es testaruda, conlleva al deseo de lo absoluto. Si no te tengo sufro, y de tenerte sufriría de aburrimiento, de nuevo la sensación maldita de que algo me falta. Renunciar al deseo mas no a la vida. Hacer una larga pausa de un segundo, imprimir mis pisadas en la arena húmeda de la espera. Mi deseo es no moverme, vivir tumbado, el vació al borde de la cama. Aceptar que no tenerte viene a ser lo mismo que tenerte. Abocarme en minimizar el deseo, confundirlo, la voluntad derrotada. ¿Pero qué hacer con los sueños, con el inconsciente, con la saudade incontrolable? La muerte no es la respuesta, nunca lo ha sido. El suicidio es la reafirmación de la voluntad, la volición de vivir de otra manera, como si la muerte, el último suspiro, fuese el corto puente hacia otra vida, un comienzo desde cero.
Pensar en ti, amor inasible, como la daga que ha matado el recuerdo. De no ser por ti yo hubiese tenido que vivir con todas mis vidas pasadas a cuestas, el recuerdo de los amores, el imposible vivir con tanta ausencia pasada en mi vida renovada y presente. Sin ti hubiese recurrido a la horca, salida voluntaria de la vida porque mi vida de ayer ya no es, y la de hoy no parece pertenecerme. Llegaste junto con la voluntad, pero fuiste clarividente y benévola. Tu llegada —y posterior partida— no fueron más que alegría, sin casualidad que diese paso a la tristeza. He dado forma a mi sentencia, tu nombre a mi fantasma, el hilo que nos une en un cuento que pide ser publicado a manera de exorcismo. Quiero darnos la eternidad en una página en blanco. Serás palabras y frases, sempiterna mientras alguien te lea. Poco importa mi porvenir, lo que importa es que tu nombre resuene en el gran tambor que es el mundo. Soy entonces el tamborilero, no escribo sino que toco tu rostro, tu boca, un beso. Toco un recuerdo. La música suena, el teclado es mi tambor, yo soy Oscar, el niño del tambor. En lugar de crecer yo me negué a dejar de estar enamorado de ti. Enamorado de una muerta, de un cadáver que se deshace, esa luz agónica de muchas tardes que descompone, hace de tus huesos cenizas. ¿Cómo revivir a los muertos? ¿Con cartas? ¿Con poesía? ¿Saludos a medias? Limpiar la casa de ti, dar a tu cadáver sepultura o cremación. Enterrarte en el hermoso camposanto de la memoria, o esparcir tus cenizas en el vasto mar del recuerdo. Prescindir de epitafios, la constancia de lo nuestro. El mar, tú como el mar, dejarte volar con el viento y las gaviotas, tú siempre tan libre y sin ataduras. Tú ya olvidaste, ya es tiempo de que yo lo haga, dejar de conjurar a los muertos, fantasmas de un amor no realizado. Ya no la tengo, nunca la tuve. Llave perdida, mujer sin puertas, tu mirada siempre como umbral, sueño irrealizable. Me duelen las manos de no tocarte. Mis manos que ya no te dibujan, que ya no tocan el borde de tu boca. ¿Jugamos al cíclope? Sentencia pasada y presente. Qué es hoy sino la acumulación de los ayeres, la substancia del ayer. Tiempo, se nos debe tiempo, representación móvil de la eternidad. ¿Hasta cuándo? Hasta que me decida a ventilar la casa del tufo amargo y dulzón de nuestro amor con miras a lo eterno. Enterrar tu cadáver de noche, bajo la luz de la luna, luna diáfana, luna en el agua, manos que duelen, que sufren.
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