Llevo la vida de un enfermo, horizontal, en reposo constante a causa de una enfermedad y dolor que no me aquejan. Inexistentes. No me siento enfermo, pero tampoco en plena forma. Poco del mundo de afuera me interesa, me he vuelto un elemento disonante en la composición abigarrada del mundo. Los días empiezan, si se puede, temprano, el paso obligado al baño, el repaso en la mente de lo poco que tengo que hacer mientras, en la cocina, el agua se calienta para el café, bebida obligada de mi teatro matutino. La ducha si hace falta, sino directo a la cocina, preparar las tazas, preguntarle a la mujer que duerme si quiere un café, verter la leche hasta un tercio de la taza y esperar los cuatro minutos al tanteo. El café está listo, el olor revitaliza antes del primer sorbo. ¿Qué voy a leer? Libros que esperan, que se adelantan o se atrasan en la fila de mis deseos y de mi ánimo. Escojo uno, seguro de terminarlo pronto cuando a las pocas páginas otro título me interpela. Libros que se amontonan, desordenados en su propio orden, una torre de babel, una biblioteca de Alejandría, mi mesa fortuita que los acoge, mi sillón para que la espera sea menos incómoda. Los libros invaden, se multiplican durante la noche y, por mera intervención de la diosa fortuna, ninguno se me ha perdido. Bueno, sin descontar aquellos que he prestado y que, como infame manera del comportamiento, no me han regresado.
Leo en la misma silla en la que ahora escribo, silla de viejo cansado, casi mecedora de abuela tejedora, o de gordo proclive a la gula. Me siento, café y cafetera sobre una silla que cumple al pie de la letra su papel de mesita para el café y tomo un libro, el de mi deseo o el que más a la mano me quede, y me entrego en serio a la lectura. Si no es en mi silla leo en el sillón, que en estos momentos se ha transformado en cama. No soy de los que leen en la cama pero sí acostado, recostado en el infinito sillón de infinitas alas, barco, velero, balsa que me lleva por el mar de mi lectura. Me rehúso a imaginarlo como un avión o un helicóptero porque las alturas me provocan vértigo. Soy más bien un navegante, llevado por el ritmo de la corriente o de las olas de la misma forma que me lleva la vida. Paso así horas en el sillón, recostado como el enfermo que espera el regreso de la extraviada lozanía, la salud que renueva las fuerzas. Yo quizás espero a que me llegue el gusto por la vida, por lo que pasa afuera, la curiosidad por el ruido de la calle y las voces que vociferan lo incomprensible. Me acuesto para leer y pienso en el Onetti de los últimos años, entregado a la bebida y a la lectura de novelas policiacas, errante comprometido con la senda de la ficción, interesado por la vida dentro de cuatro paredes y un vaso medio lleno de alcohol, crapuloso, desafiante, el mundo puede irse al carajo mañana mismo, que a mí no se me moleste a la mitad del libro, a la mitad del trago, me lo imagino diciendo. Entonces me pasa que yo también quiero darme a la bebida, a las novelas policiacas, a la vida crapulosa, de errante que niega la parte de la realidad que no le interesa y se aboca en cuerpo y en alma a las mentiras de los libros, los suyos y los de los demás. Quiero ser el escritor rumiante de otra época, no de la mía, tampoco la decimonónica. Ser escritor a mi manera en el siglo XX se me antoja más fácil, más accesible, como escribir el Quijote es más sencillo en la época de Cervantes, si la memoria no me falla al recordar a Pierre Menard.
Se me ocurre entonces: ¿es posible llevar la vida breve y horizontal de Onetti? Leer en la cama, comer en la cama, beber en la cama, recibir a las visitas en la cama. Parece fácil, se me ha acusado ya de ser el anfitrión en la casa y hablar con las visitas desde el sillón, recostado con mi almohada de siempre abrazada sobre el vientre. Vivir tumbado, a la espera de que el dolor pase, que el veneno se deshaga en la sangre, que se nos regrese el placer por los días fuera sin importar el estado del tiempo. Idea práctica la de beber en la cama, beber en exceso y caer directo y no en algún lugar ajeno, en alguna calle lejana o quedarse dormido en un baño público hasta al día siguiente. Situación práctica para los que se toman la bebida en serio, cuya afección requiere mucho tiempo y esfuerzo. Pero no nos quedemos en conclusiones reduccionistas, aquí nadie tiene problemas con el alcohol, es tan solo una relación tóxica, dañina, pero consensuada, libre de todo prejuicio, de toda fuerte dependencia. Pero vamos, que no se me juzgue de tal manera, yo solo quiero seguir el camino de Onetti a la cama, a esa comodidad confundida con una enfermedad física o psicológica, tener el tiempo y las ideas necesarias para abrirme paso a la escritura, por leve o grave que resulte. El cuerpo te pasará la factura, me diría mi padre o la gente formada en la estricta escuela del movimiento, del rechazo superfluo hacia el ocio, hacia la vida contemplativa de poeta o de filósofo. Menos de treinta años y ya con los hábitos sepulcrales de un viejo, de un adepto al encierro, a la oscuridad, al refugio en cuatro paredes y una ventana que da a la calle, a la vida que allá afuera se lleva sin que en nada afecte lo que pasa dentro. Hombre solitario, compañero implacable de sus libros, amigos únicos y fieles. Próximo al encuentro con la rutina, con el ritmo y el tipo de escritor que quiere ser.
29 enero 2021
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