Su ánimo fue decreciendo a medida que el día se agotaba, bien durante la mañana, no tanto hacia el mediodía, mal durante toda la tarde que pasó en el trabajo, detestando cada minuto y cada hora, a sus colegas y a cada cliente que entraba en el café. Llegando la noche todo parecía ir mejor, tan solo una lluvia fina y el regreso a casa en bicicleta, su corazón latiendo más rápido y su respiración acompasada con su pulso cardiaco. El regreso fue la catarsis, la noche se le había dado, cocinaría algo para la cena, esperaría a su novia, comerían juntos, cada uno con sus propios pensamientos, una conversación escueta. Terminada la cena ella lavaría los platos y él se daría a los libros, contento de poder tener tiempo de hacerlo. Pero hubo un ligero cambio —además de no sentirse escritor porque sabe que escribe mal— vio una foto de D. y su novio. Los vio a los dos, más a ella, y viajó más de cinco años en el pasado para imaginarse lo que hubiera sido la vida si nunca se hubiera ido. ¿Qué pasó? Que renunció a todo lo que tenía construido. Quiso renunciar a esa idea nostálgica, a lamentarse de lo que pudo haber sido. Y pensar que tomaría caminos distintos pese a todo, que en un presente alterno se estaría lamentando por la misma pérdida porque ha sido siempre un inconforme, porque nada parece ir como lo imaginaba. Pero qué deseos tan grandes tuvo de ser el de la foto, el hombre al lado de D. allá en las antípodas. Sus cavilaciones aumentaron después de la cena, preparado para una noche de lectura. Se sentía sin embargo agotado e inconforme. Se reafirmaba la idea de que se había equivocado en conducir su vida por el camino que eligió hace ya cinco años, que quizás había sido un error, y que el futuro más próspero se quedó allá, junto a ella y lo que les pudiera dictar el porvenir. Qué vida la que no se tuvo, la que no se pudo dar o la que no llevó a término. Se dice que allá hubiese encontrado muy rápido la muerte a causa de la inseguridad de todos los días. Pero nada puede cambiar, es ahora otro con pocos remordimientos. Los años seguirán su curso, ella allá y él aquí. Llegará una nueva tortura cuando sepa que D. se casa, que está formando una familia, y él la verá a lo lejos, a esa mujer que perdió por seguir lo que creía que eran sus sueños. Sabe bien, lo sabe ahora, que no se reconoce en aquellos años. Está seguro de quien es ahora, pero desconoce al otro que fue y se siente incompleto.
Quiso leer y no pudo, no encontró el silencio ni la concentración necesarios. No tenía ánimos de nada, el golpe propiciado por esa imagen y todas las ensoñaciones pasadas le pegó muy fuerte. Así que tomó el ordenador, se daría a la escritura para guardar esa noche de muda agonía. Nada puedo cambiar, pensaba, al menos si lo escribo podré recuperar algo del buen ánimo, utilizar el dolor como medio de expresión, incentivo para la creación por muy mediana que resulte. Puso algo de música clásica y las primeras palabras nacieron. Cuán grato le fue el placer provocado por una pieza alegre, lejana, que le hizo la noche luminosa. No era el triste y melancólico Chopin esta vez, era una música que saltaba de alegría, que bailaba al paso de su escritura. Tres minutos le duró el encanto, la embriaguez, esa dulce borrachera. Mil palabras no son muchas, se irán rápido. Pero es que tú no cuentas nada, hay algo que falla, te vas por el camino de lo subjetivo, de las imágenes de la memoria y no sabes traducir lo que de verdad importa, lo que sientes, lo que sentiste.
Su perseguidor interviene en su devaneo, le ha dado alcance y se resiste a soltarlo. Él ahora huye lo más rápido que puede, se da prisa por dejarlo atrás, no puedo, su perseguidor no lo deja, no se agota, le sigue el paso muy de cerca.
Se ha librado, por muy poco. Su perseguidor ha renunciado a la persecución porque se sabe seguro de que le dará alcance tarde o temprano, ya llegará el momento. Lo que él piensa —el perseguido— y no dice, es que de nuevo se puso a soñar despierto. Se vio de nuevo en esa casa diáfana, grande y bien ventilada, el patio central con su fuente, D. creando una coreografía y él escribiendo una novela, casados o a punto de estarlo. La vida junto a la mujer que de verdad ama. Qué imagen tan romantizada. Se arrepiente de todavía guardarla en la memoria. Es ese lugar quizás un refugio, una ensoñación que forma parte de su vida. Cree que al recordar ese recuerdo lo vive como lo vivió cuando lo imaginó por primera vez. Sí, quizás si vivió con ella en esa casa, en ese patio central la vio bailando y se vio escribiendo. Ahí vivían cuando salían juntos. Se le ha devuelto la vida, los deseos de vivirla, de continuarla pese a los arrepentimientos del porvenir. Ya llegará la época de las recompensas, cuando tantas noches de escritura por fin se vean premiadas por la vida. Ese día llegará cuando pueda sentirse dueño de sí mismo y de sus palabras, cuando escriba de verdad algo que tenga valor y no lo poco que hasta ahora ha hecho. Más vale tarde que nunca. Recuerda cuando, a sus veinte años, se decía que tenía el tiempo para volverse escritor, que ya llegaría el momento, que podría ser un escritor después de los cincuenta años, que ese sería su momento, cuando ya no hubiese más vida que la que se escribe. Cómo saber que no iba a ser como él, su yo del pasado, creía. No se imaginó que sería otro quién, pocos años después, daría el impulso definitivo. Nunca se vio sufriendo por un pasado ausente, que olvida poco a poco.
23/12/2020
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