Aves

Necesito volver a verla, su rostro se me desvanece como el precoz aroma de una mañana con resabios de lluvia. El recuerdo de su rostro, de innegable luminosidad, corre como agua en al arroyo del olvido. No puedo redibujar su rostro, ni tocar su boca, tan solo el frágil recuerdo de sus ojos azul grisáceo. Ya no la tengo, dudo si alguna vez fui mía, pocas horas compartidas en la misma habitación, un salón repleto de desconocidos, y ella me devolvió la imagen maldita de mi añoranza. Ella fue antaño, lo que yo quise, el tipo de mujer que yo perseguía antes de llegar. Sus piernas y pies desnudos me llevaron a un lugar más feliz, de extraño colorido, de pasado remoto. Ella se me presentaba como una predicción antigua, y a la vez como un futuro incierto de reluciente. Mujer de todos los rostros de mi deseo. Ya no se si la recuerdo, o si su belleza ha sido una mentira. De lo que no existe incertidumbre ha sido de mi enamoramiento en solitario, de mi repentino deseo, el futuro que me he creado con una mujer que no conozco, una vida hecha a partir de las sombras, de una sola esperanza, ella evitando mi mirada porque mirar a una extraño así resulta incómodo, roza por muy poco el acoso. Y yo que no sé medirme, que miro fijo, el cuerpo completo. Ella era la imagen de mi pasado, la mujer francesa idealizada, casi por excelencia, por qué no se me ha dado una historia con alguna de ellas.

En lo infinito de un instante vinieron a mi memoria las mujeres de mi pasado, citas que nunca continuaron, encuentros que no se concretaron. Vinieron ellas como el viento tibio de lo irrecuperable, un aire que comprime, ahoga, enfurece porque nada pasado puede reescribirse, a menos que se le trate con la substancia de la ficción, y esta página me sirva como reconciliación, para eximir mis culpas, mis desafortunadas conquistas de fracaso. Allí está ella en un museo, los dos solos, a la espera de una propuesta más seria, que no tengo nada que perder, estoy aquí por muy poco tiempo. He perdido su nombre, la recuerdo en la expresión aguda del rostro, su sonrisa mínima, para cuando haga falta, y aves es la palabra que nos dijimos entre gente que miraba cuadros, que nos escuchaba hablar en francés, y yo queriendo impresionarla, formular un comentario agudo, preciso y no atolondrado. Esa noche se fue rápido, no pude forjar mi camino hacia el beso, hacia el ascenso lento de sus suspiros.

Palabras vanas, palabras más, palabras menos. Mi insistencia por recuperar lo irrecuperable. Escribo sobre un pasado que no pasó nunca. Un caminar entre las espesuras de mi desesperanza. Mi andar solitario, qué más, por senderos de aciago fulgor, de mi desdicha. Hay un árbol a lo lejos, el alto sauce de lo no vivido, de mis miedos, en su cima reside la felicidad inminente, sobre sus ramas se posan las horas que pican, y más arriba los presagios que se me escapan de las manos. Su cuerpo como un canto súbito, cuerpo de luz, piernas de luz, color del día rápido que centella ráfagas de anhelo; vientre de luz, su sexo nocturno, cuerpo color de nube. El mundo ya es visible por tu cuerpo. El amor es denudarse los nombres, renunciar a las prendas del pudor, al momento tácito de la muerte anunciada. El amor es mirarse y no reconocerse, ver máscaras en lugar de rostros, su piel tan blanca, del color de la infinita página. Su piel como un folio tiene las marcas de tinta del los años, el tiempo como tatuajes, arrugas como cicatrices que dice yo he vivido. Reciclar frases, inspiradas en una sola mujer pero válidas para todas las mujeres. Escribir un libro agónico, a muy poco de acabarse con cada página. Un hoy de un poema y dos mujeres, dos muros que se caen, dos puentes entre vidas solitarias, de unión imposible. Vivir entre puentes, a la deriva, mendigando una respuesta porque de palabras de mujer vivo. Se me da bien me mendicidad, el rogar por amor, falto de amor. Tu rostro es una canción que no termina, que se me clava como espina en mi corazón melancólico. Te escucho, tu corazón late como tambores medievales, un retumbar que anuncia la gloria después de la cruenta batalla de incontables víctimas. Yo soy un muerto entre miles, un presente desde ahora condenado al olvido póstumo. Existo hasta que la muerte dicte lo contrario. No quedará nada, ni siquiera mi miedo. La eternidad como proyecto no realizado, mis textos que no fueron textos, que no tuvieron lectores, mi mayor herencia al silencio, el autor desconocido y subrepticio.

Escritor sin oficio, escritor de las sombras, anónimo, de acostumbrada pesadumbre. Camino entre mi único cuarto, viaje alrededor de mi cárcel, la calle que no se calla, los corredores exiguos, las escaleras de incesantes peldaños. Me muevo a tientas, busco tu rostro, un sol sin edad, palpo tus labios que nunca me besaron, que se derriten como cera de cirios de nochebuena. Incienso pesado, el aroma a piedra de una iglesia antigua, a muy poco de derrumbarse. Y mi poema sin destinatario: ella no responde, las mujeres pasadas son silencio, se perdieron. Y queda un yo solitario, como siempre, donde no pasa nada, un parpadeo, el silencio que no se mueve, mis manos que ya no escriben, mis pasos que ya no andan, mi vida que ya no quiere llegar a mañana porque el colchón le provoca pesadillas, me duele la espalda, mi cuerpo de viejo aventajado.

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