Saber que se sabe

Tengo que darme cuenta de lo que ya sé, dejar de lado mi aura de ingenuidad, de pedante esnobismo, que la escritura, el oficio del escritor, no se enseña y no se aprende. No hay como tal más maestro que el que uno encuentra en los libros, es sus desordenadas lecturas, escritores en su mayoría muertos. No hay una «escuela de escritura», engaño de la cultura de nuestro tiempo, la falsa creencia de que un escritor necesita título. Se trata solo de la siempre capitalista ley de la oferta y la demanda: hay tal cantidad de aspirantes a escritor por lo tanto se tiene que crear el servicio que satisfaga esa necesidad latente de tantos. No digo que sea en vano lo que se enseña, pero el futuro escritor debería de ser receloso, no darse al exhibicionismo rapaz, a la algarabía trepidante del ego. Cada aspirante a tan loable oficio debe encontrar su camino en la soledad más absoluta que se le permita, escribir es su buhardilla, corregir lo escrito y tener una comitiva pequeña, mejor si se reduce a una sola persona, que no venga a develarle las faltas de ortografía o de sintaxis, sino que sepa leer entrelineas, la historia evidente y oculta del texto, que el escritor ya tendrá la desgracia de encontrarse con lo infames correctores de estilo. El aspirante a escritor necesita así de amigos escritores, unos cuantos, los que se puedan, sin pecar de desmesura, y lectores, tanto primerizos como devoradores de libros. Incluso con todo a su favor, los amigos y los lectores, se debe guardar una pizca de recelo y de orgullo, aceptando lo que parezca aceptable y despreciando todo consejo que lo lleve fuera de la senda que antaño ha elegido. No hay más escuela creativa que la incesante lectura, la vida como pretexto para encontrar un libro. Por eso el camino natural del escritor es ser un lector confirmado, haber leído más de lo que se ha escrito, saber que la intuición ha tomado ya las técnicas de los otros, que escribe a partir de todas sus lecturas, y que las historias tomarán quizás una forma imprecisa pero muy suya. Yo he caído en el error de buscar clases de escritura, y sé que lo hice porque me había encerrado en mi fortaleza, sin nadie para compartir lo escrito. Las dos últimas clases han sido luminosas, no lo dudo, pero también me han abierto los ojos respecto a mi camino, mi estilo como escritor. Desdeño ahora el dinero gastado, midiéndolo en los libros que pude haber comprado, y me invade el arrepentimiento. Los libros son mi escuela, no debo traicionarla con gurús, con falsos maestros zen de la escritura. Es un negocio: pago por una opinión franca, pero algo se oculta detrás del leve halago, una forma de mantenerme como cliente. No obstante, pienso que también mi desconfianza nace del orgullo, de una falsa sensación de superioridad al tomarme la escritura a la manera de mi pléyade de autores. Qué hubiera dicho Onetti de las escuelas de escritura creativa, vaya engaño para los idiotas, perro de la desdicha, hombres y mujeres sin talento para la mentira. Sé que Cortázar me golpearía con una silla al pedirle consejo, porque el verdadero escritor no pide consejos ajenos, sabe ya, dentro de sí, cuál es el camino que seguir. Dos herramientas fundamentales: la soledad y los libros, al que se le suma como intrusa la escritura. Tiempo para leer, tiempo para escribir y tiempo para corregir lo escrito. Tomar esa rutina como eterno retorno personal, tiempo para regresar y empezar de nuevo.

Buscar ayuda me hace dudar de la senda tomada. Corro el riesgo de bloquearme, de perderme en el camino o de quedarme sin remedio en la encrucijada. Lo que escribo es el reflejo del escritor en formación, mi pasado traducido. Qué importa si mis personajes no están bien definidos si así los he creado, con más sombras que luces. Qué importa que el deseo no esté claro, si yo no sé qué quiero y para qué lo quiero. Los finales de mis relatos son ambiguos, flotan en la incertidumbre, una continuación abierta en lugar de un final abierto como el día pasa y cae la noche, sin tiempo para continuar hasta el día siguiente.

Será este domingo mi última clase. El entusiasmo se ha reducido por el ligero bloqueo provocado. No es el momento, mi trabajo debe ser aun solitario, artesano corroído por el tiempo, dueño de su arte, indolente. Es este el bloqueo imperante que se está instalando en mi escritura a causa de mi búsqueda insensata por el consejo ajeno. Mala decisión, dinero desperdiciado, tiempo casi perdido. Mejor dejar invadirme por la ficción, por la poesía, por las novelas que me hubiese gustado escribir. No adelantarse, sé que soy un principiante, escritor en serio desde hace poco menos de dos años. No es el momento, mi formación es personal, todo está en los libros. Todo esta en mi escritura diaria, casi como impulso por la vida. La luz llegará sin esperarla, de la misma forma en que han nacido mis relatos. Un poco más de disciplina, de compromiso con las palabras, con el lenguaje. Más confianza en mí mismo. Qué vacío. ¿Mejor la renuncia? Escribir que el café se está enfriando, que la música para dormir todavía suena, yo despierto y vacío, en búsqueda de las mil palabras, de justificaciones para dejar el taller de escritura de lado. Desaparecer, como un infante tímido que prefiere la indiferencia a la verdad. Cuánto cuesta decir las cosas como son, qué fácil resulta inventarse excusas. Diré que mi semana es complicada, que los horarios ya no me convienen, en lugar de decir que su curso ya no me convence, que no me parece el momento, escritor en ciernes con mucho camino que recorrer antes de ponerse a prueba. Dejarlo para después, pensar incluso en posponer la última clase hasta la imposibilidad. Ya me leeré yo mismo.

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