Durante la noche me paseaba por el salón de mi fortuna y de golpe pensé que todo lo veía por primera vez. Hay un sillón viejo azul marino, desgastado por el uso, una mesa insuficiente para tantos libros y revistas que la invaden, tres sillas por si los invitados, mi sillón de lectura y mis dos libreros providenciales, del tamaño de mis actuales necesidades y deseos. La ventana era un espejo al que le rehuía la mirada.
Me paseaba descalzo, con la inquietud del que no salió del apartamento a pesar del calor pesado de la tarde, tumbado desde el mediodía, los libros amontonados en la mesita para el café, mirando al techo cuando abandonaba la lectura, sintiendo cómo la humedad de las paredes viajas se derramaba adentro de la pieza. Daba pasos desenfadados, las manos atrás, oyendo el crujir del parqué, buscando la pared por la cual se colaba la humedad, el moho que se abatía contra el respaldo del sillón como una telaraña porosa. Nada. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando el aire tibio con una mueca de asco en la cara. No me había afeitado, sentía los vellos de la barbilla rozarme los hombros.
Las reminiscencias sencillas, como las migajas de pan sobre la mesa me llevaron a un lugar preciso. Una mujer de rostro difuso me mostraba su hombro izquierdo irritado, la piel a punto de abrirse, diciendo: «Si supieras cuánto sufro. Veinte al día y ninguno se afeita».
Era una mujer pretérita, de apariencia joven para su edad, con unos brazos largos y delgados, y decía tal cosa sin indignación, en voz baja, en el mismo etéreo tono con que saludaba al abrir la puerta. La cara sigue borrosa; no veo más que su hombro irritado por las barbas que se le habían estado frotando, nunca en el otro hombro, la piel rojiza y la mano de dedos finos señalándola.
Me puse a mirar por la ventana, sin prestar atención a mi reflejo, tratando de mirar más allá de mi rostro grasiento, buscando descubrir la cara de la mujer. Los paseantes nocturnos, borrachos a estas horas, me resultaron de una incalculable repugnancia. Reconocí al primero, de súbito se había dejado caer frente a la entrada del edificio, amagado por el cansancio se quedó dormido. Una mujer gorda vino a levantarlo, quejándose de la mala vida que llevaba aquel hombre, el borracho del barrio. Se negaba a levantarse, déjame mujer, le dijo, y la empujó con una fuerza mínima. Se sentó la espalda apoyada a la pared, encendió un cigarro, le extendió uno a la mujer gorda y fumaron sin hablar. Me dio por pensar en cómo había gente, toda en realidad, capaz de sentir lástima por esa escena, la mujer que subiría al departamento sola y el borracho que se quedaría dormido sobre la banqueta.
Seguí dando pasos cortos para que el crujir de la madera desgastada fuera mínimo. Podía ver cómo el parqué se hundía en el mismo lugar, como una hoja de papel. Fue entonces, acaso, que recordé que mañana cumplo treinta años. Nunca me hubiera podido imaginar así a los treinta años, solo y entre el polvo, viviendo en una sola pieza. Pero esto no me hizo sentir desgraciado, tan sólo una sensación inquisitiva por la vida y un tanto de asombro por su talento para desconcertar siempre. Ni siquiera tengo cerveza en la cocina.
No tengo cerveza, no tengo cerveza. Esto que escribo son mis memorias. Un hombre debe escribir la historia de su vida antes de los treinta años, sobre todo si le sucedieron cosas remarcables. No sé dónde lo leí.
Encendí el ordenador. Me importa nada el polvo, el calor, mi reflejo en la ventana, el infeliz borracho y su mujer gorda en la calle. No sé escribir, es cierto, pero escribo de mí mismo, de nada.
Ahora se siente menos calor, menos humedad y puede ser que más tarde, de madrugada, refresque. Lo complicado es el punto de partida, el comienzo en una página lívida, desafiante. Estoy resuelto a omitir los detalles impíos de mi infancia. Cuando niño era un imbécil, no recuerdo más que mis años después, en preparatoria o en la universidad. Podría hablar de Saúl, el niño que se durmió y no despertó a la mañana siguiente, los gritos de histeria de su madre al abrazar al cuerpo sin vida de su hijo, de Cinthia —la noviecita de Saúl—, de la que yo estaba en secreto enamorado, y su fiesta de cumpleaños, cuando le di un regalo que compré en secreto con el dinero ahorrado.
Interrumpí la escritura para apagar la luz y descansar los ojos. Debe ser el calor. Ahora quiero otra cosa. Algo mejor que la historia de las cosas que no me sucedieron. Me gustaría escribir la historia del alma de Cinthia, de ella sola, sin los sucesos intempestivos y obligados de su vida que nunca se mezcló con la mía. O los sueños. Desde alguna pesadilla insensata, la más lejana que recuerde, hasta la aventura de introducirme en su cuarto a través de las paredes como un ánima sola. Cuando pasaba las tardes en la azotea de la casa de mis padres, de mi infancia, miraba a lo lejos su cuarto, su ventana también de espejo por la que no alcanzaba a ver nada más que el reflejo del triste atardecer. Recuerdo que creía, con la ingenuidad imaginativa confundida con imbecilidad de un niño, que ella podía verme desde lejos, que poseía un artilugio que le permitía verme a través de los diminutos orificios de las paredes donde se ocultaban las hormigas del calor angustioso de agosto.
Decir que yo era un soñador sería absurdo, tan solo pensarlo como cierto me produce un tedio lacerante. He vivido como cualquiera o más. Si se me da hablar de los sueños, no es porque no tenga otra cosa que contar. Esta página ni siquiera es mía, se la he robado a Onetti, con su funesto permiso. No debe molestarle, también le he robado la vida tumbado, al borde del abismo en una cama.
15/junio/2021
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