30/03/2021
Á:
Dejemos el «estimado» para los oficinistas, para los documentos ridículos de oficiales o de gentes que no se conocen. Tú y yo podemos prescindir de los formalismos porque —quiero creer— el mismo deseo de escribir y ser leídos nos vuelve amigos de «antemano» como se dicen los que se escriben los oficinistas antes mencionados. Y, aprovechando la mención no pagada de los oficinistas, me disculpo —otra vez de antemano— por el retraso de meses. No es culpa del olvido, sino culpa a mi mala rutina que me deja todo para el último e intempestivo momento. Dejando de lado, ahora sí, el horario y vocabulario de oficina, te respondo como se debe.
Yo escribo esto escuchando una pieza al azar de Strauss, y en algo estamos de acuerdo: no sé por qué te ha hecho pensar en mí. Resuena una orquesta, al ritmo de vals, y no me encuentro por ninguna parte. Habrá sido una especie de relevación memorial acaso, pero el halago se acepta cuando uno viene a la mente de alguien con la música que yo también disfruto escuchar. Hombre, dejá de divagar —acento argentino a propósito de Rayuela— y compárteme cualquier texto al instante, che, sin que los devaneos te lo impidan.
No acepto tus disculpas porque no hay nada que perdonar, borremos esas líneas de remordimiento. Y bueno, si es por lo del blog, no podrás escribirme en mucho tiempo ya que lo he cerrado por el momento. Lo he hecho como parte del proceso creativo, trabajar en cada uno de los textos y buscar los que tengan el aire de cuentos para juntarlos en un solo documento y enviarlos —sin muchas esperanzas— para participar en un concurso. Así que no seamos tan duros con ese vértigo, uno es egoísta cuando se trata de leer, eso toma la mayor parte del día.
Quiero pensar que esa inconmensurable herencia no ha sido póstuma, y que tu hermano te ha legado para la eternidad a Borges y a García Márquez, a quienes les debemos tanto los que leemos y escribimos. Hablando de Borges, recuerdo que él seguía el consejo que le había dado su padre: «Leer mucho, escribir mucho y publicar muy poco». Escribir cuando la necesidad orille al escritor a escribir, y qué mejor cuando esa necesidad nunca cesa. Esto de escribir es una condena, sí, pero una condena gozosa, una forma de afrenta. Pavese decía: «La Literatura es mi venganza contra las ofensas de la vida». Así que no nos queda más que aceptar esto también como una bendición maldita.
¿Es acaso nuestra perdición ser amantes de nuestra condena? Como esto se está volviendo una rememoración de citas ajenas, me gustaría agregar una última. Onetti, hablando con Mario Vargas Llosa, decía que había dos tipos de lectores: el escritor amante y el escritor conyugal. «Lo que tú tienes —decía Onetti— es una relación conyugal con la literatura, tienes que cumplir con tu señora esposa, mientras yo rengo relaciones pasionales con mi amante, eso es la literatura para mí: una amante». Lo que nos da a entender, sin muchas dudas, que no hay moldes que se ajusten al escritor, y tampoco rutinas. Yo me dejo llevar por la voluntad de escribir sin horarios, con la única condición de no pasar un día sin hacerlo. Lo que dices de reconocernos en el otro es muy cierto, tanto que uno tiende a inventarse dobles y hasta múltiples personalidades. El escritor es proclive a escuchar voces, a contradecirse más de una vez al día.
De mi vida ya sabes un poco, lo mínimo dicho entre líneas la noche pasada. No me queda más que darte la bienvenida, me alegra estar al alcance de pocos kilómetros. La amistad verdadera no necesita frecuencia, como decía Borges, no así el amor, razón por la cual has tomado la apremiante y necesaria decisión de reunirte con L., lo cual me alegra por partida doble.
Te habrá llegado un correo, es el manuscrito que estoy corrigiendo para el mentado concurso. Si lo lees, no dudes en darme tu opinión crítica, que es lo que pide un escritor en ciernes cuando se aspira a mejorar la calidad de sus textos.
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