El breve paso de la vida

25 de febrero de 2021


La luz de los últimos días es el proemio de lo que llegará dentro de pocas semanas: el calor irremediable, el ventilador que no cesa, los días desperdiciados fuera y no dentro de esta prisión más cómoda en invierno. Hoy se antoja pasarlo fuera, perder el tiempo recostado sobre la yerba, los rayos de luz rutilantes sobre el vidrio ámbar de la botella medio vacía. Me veo así, al mediodía, despreocupado, ausente, lejos de mis libros y de mi guarida. Sentir los primeros rayos de sol, el rostro febril, rojizo, la piel tibia, la vida que por fin se siente palpitante.

Me imagino un hombre sosegado, invencible, libre del dolor en las articulaciones; manos y brazos fuertes, respirando el día que se me ha dado, efímero y fulgurante. Para entonces me preparo: leo lo que haga falta leer, escribo ahora para que más tarde no me llegue el remordimiento, para que cuando esté viviendo no se me venga a la mente el deseo de partir, de encerrarme, de regresar al lugar donde me siento seguro.

Hace casi un mes que se me ha dispensado del trabajo, de la agonía de servir al otro: ausente, autómata, desdeñando cada hora privada de mí mismo. Existe muy poco que me interese en el mundo del otro lado del umbral de mi puerta, allá donde los demás viven y gozan y mueren y temen. Todo está aquí adentro: la gloria y el fracaso, el cielo y el abismo, lo bello, radiante de vida, y lo sepulcral, y no por eso menos bello.

No soy un escritor de silla. He abierto la ventana: canto de pájaros, alegres por el día soleado; el clima propicio para la vida complaciente. Incluso el gato ha salido de su somnolencia y se ha adentrado al paisaje desde la ventana, exaltación de los sentidos. Curioso, observa el cantar de aves invisibles, el pasar estruendoso de autos y motocicletas, la sirena de ambulancia a lo lejos, que quizá se acerca o quizá no. A lo lejos también, hombres que trabajan: derrumban paredes, cortan madera con la ayuda de una sierra, taladros, desarmadores; un edificio que se renueva.

Se me dará el día para un respiro, para el olvido sutil de lo que me aqueja: mis manos de anciano, mis dolores articulares, mi condena desde ahora, en la juventud, anticipada. Por vez primera esto no es una diatriba, un ataque a la vida desde adentro, desde lo nimio de mi existencia. Es una alabanza al día, a la belleza oculta en un resplandor de pocas horas, mi reconciliación —quizás perenne— con lo que el leve día me ofrece.

Hoy me dedicaré al oficio ligero, meditabundo, del hombre enamorado de un nuevo día, libre de toda pretensión, de esa necesidad de decir que un día ha sido productivo. Hoy me consuelo con vivir de otra forma, salir de mi madriguera, del lugar repleto de mí mismo. Quiero dejar guardado mi yo irascible, propenso al agravio de todo lo que le molesta o de quienes no lo comprenden. Hoy quiero entregarme a la levedad, al desinteresado devaneo de mi pasado.

Desde este lado, a partir de mis pasos guardados en la memoria, recorreré los lugares de mi infancia: la única casa en la que viví, las primeras escuelas, los primeros rostros que ya son familiares. Un ejercicio escatológico: vivos y muertos, todos fantasmas alojados en mis recuerdos febriles y abigarrados. Seré un dandi pordiosero, ausente, maltrecho, reconciliado con el ayer. Seré asimismo un recuerdo; empero, no transparente como los seres que habitan mis memorias de ultratumba.

Mi memoria consta entonces de tres niveles: infierno, purgatorio y cielo. En mi memoria circunspecta conviven fuerzas que se oponen: el bien y el mal con todos sus claroscuros. Es ahí, en la memoria individual, donde nuestra gloria o nuestra condena se prepara para recibirnos después de la muerte. Durante el breve paso de la vida a la eternidad, se debería recordar el lugar por el que nos gustaría andar para siempre; el rostro de una persona bienamada, solo una, para caminar de la mano. Un recuerdo fijo, un recuerdo alegre si se quiere, o un recuerdo amargo si lo que se desea es un castigo: la tristeza como constante eterna.

Eso es la muerte: el habitáculo de la vida eterna, el olvido de que ya hemos muerto a cambio del engaño de un recuerdo preciso. Será muy parecido a la invención de Morel, pero más personal, anclado a la proeza memorística de cada uno. Así, los últimos días son pieza clave para la eternidad, para el castigo o la gloria. Quien muere de repente, luego de un accidente trágico, corre el riesgo de morir de esa forma hasta la eternidad: prisión fortuita, condena inapelable; la muerte como círculo vicioso, virtuoso si la vida era ya un sufrimiento sin pormenores.

Ahora vivo. Poco tiempo se me dará para pensar en la muerte en este día de inapelable ligereza, de felicidad al alcance de un respiro. Dejaré de sentir el frío de la semana pasada, ya no me ocultaré entre las sábanas, cumpliré mi promesa de salir. Que hoy no se repite mañana: si bien cada día cuenta con un amanecer y un atardecer, estos no son símiles representaciones de un eterno retorno. Hoy amanece como hoy, aunque yo no sea consciente ni testigo, y mañana nos deparará otro paisaje: el humor cambiante de los días, la luz que no es la misma.

Esa maldita luz que me inspira el suicidio, lo ingrato que ha sido el encierro para mantenerme en este no acabar, en este ningún lugar. Ninguna forma de escapar del fracaso; esa es mi tentación, caer cada vez más bajo a mi manera, vivir como si el mañana me deparara la gloria sin que yo haga mucho para merecerlo. Me imagino la vida de los otros, de aquellos que en apariencia han triunfado. ¿Es verdad o es un engaño? Al menos han escapado de esta forma de vivir al día, entre la nada.

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