15 de abril de 2021
Este es el bloqueo: el espíritu creador, sensible ímpetu creativo en huelga, ofuscado por el terror, anunciando una tragedia en un porvenir poco prometedor, la vida que parece acabarse pronto. Imagino una vida distinta a esta: una biblioteca más grande, un apartamento más amplio y una ventana por la cual atraviesa una luz de atardecer, entre el rojo y el amarillo. La música triste de un piano, lenta, mientras la vida corre, me sobrepasa.
He dejado ir una mañana a causa de la pereza, aunada ahora a un leve resfriado. Perdí el tiempo, me aboqué a distracciones etéreas, pensando —paradójicamente— en cómo pierdo el tiempo, en que no voy a lograr nada de esta forma. Pero necesitaba dormir, dejar que el paracetamol hiciera efecto, dejarme guiar por un sueño, obtener algo del recuerdo de una vida pasada.
Un día a la vez. El oficio del escritor es de resistencia, no de velocidad. No está mal haber empezado hace poco: menos de tres años de escritura como entrenamiento. He tenido la fortuna de escribir un cuento de vez en cuando, de trabajar con la memoria para reinventar la vida, con la clara consigna de que la realidad, en literatura, solo puede ser verosímil a base de mentiras.
El traslado de un recuerdo al papel, a manera de ficción, no funciona como literatura si no se mezcla con falsedades. Nada de interesante tiene mi vida pasada escrita con el más estricto apego a los hechos. Para que la ficción funcione se necesitan tantas dosis de verdad —entendida como lo que ocurrió— como de mentira: aquello que nos hubiera gustado que pasara o que no pasara.
Por esa razón, mi tentativa de contar mi historia de amor y desamor con S. fue un fracaso. Quise escribirla con fidelidad absoluta a la memoria, sin darme cuenta de que en la ficción la mentira —la invención de detalles— es el fuego que forja el material maleable de la realidad.
No puedo contar paso a paso cómo la conocí, cómo me enamoré y cómo todo terminó. No hay interés en narrar lo que verdaderamente ocurrió, sino en contar cómo mejor pudo haber ocurrido y terminado. Tengo que trabajar con la memoria, darle forma y luego deformar cada recuerdo. Porque, si se tratara solo de detallar lo sucedido, carecería de interés.
Los hechos se pueden resumir: un día cualquiera, ella —o cualquier otra—, una mañana sin muchos deseos de levantarme. Me inventé un deseo inusitado por salir, agradecido con la casualidad. Una decisión llevó a la otra; todo pudo haber sido posible. ¿Qué pasó? Fue ella: la misma clase, el seguimiento con la mirada, hablarle por casualidad, pedir prestado un lápiz. ¿Qué interés tiene esta escena?
Después, la charla rápida, los mensajes interminables, la cita al día siguiente y la caída súbita en el enamoramiento. Caminar juntos, besarla, seguir caminando y besarnos otra vez. Llevarla a mi cuarto, quitarle la ropa, respirar su fragante aliento. Separarnos unos días, la promesa de vernos pronto. He olvidado cómo fue nuestra primera vez. ¿O no?
Nos dimos cita un viernes. Todo pasó tan rápido y se repitió tantas veces que la primera vez no contaría entre las más memorables. Recuerdo otras, sigo rememorando los mismos momentos, a excepción del primero. Permanecen, en cambio, las notas escuetas de cada mañana que ella guardaba en una cajita, sin entender del todo lo que yo quería decir. Mensajes todos de amor, forma de souvenir: papelitos más resistentes que el amor pasajero.
Me he perdido en otras tareas, en mi distracción constante. Soy de fácil dejarme llevar, inconsciente del paso de los días. No realizo ningún proyecto. Dejo de hablar del amor para hablar de mi discontinuidad: un examen que no voy a hacer, un semestre que no voy a pasar, el tiempo que imagino leyendo, haciendo lo que me dé la gana mientras no corra un riesgo financiero.
Me gana el odio, la furia hacia lo que no me favorece; ideas contrarias a las mías que no estoy dispuesto a admitir. Pienso que todo sería más sencillo si no tuviera ninguna exigencia para quedarme. Luego viene la enfermedad, el adormecimiento, el resfriado que viene a quitarme fuerzas nunca recuperadas. Las palabras no llegan. No escribir ficción: escribir aire, escribir la nada.
Palabras que relucen en mi mente apesadumbrada, oscurecida por la apatía, por el fracaso que me llama y me incita: déjate caer, el fondo no es tan malo, es mediano; los sueños no se cumplen, soñar solo conlleva sufrimiento. Te cuesta aceptar que S. ya no existe, que es solo una sombra; que su pasado ya no es presente y que apenas te recuerda. Pensar que ha tirado a la basura esas notas que escribías cada mañana con la ilusión de lo eterno: papeles y palabras que ya no son, porque tú y ella ya no son tampoco. Estás lejos. Ella está más lejos.
¿Qué te decía? ¿Cómo hablaba? Nunca te confesó que tenía un defecto en el habla, siempre orgullosa de sí misma y de lo mucho que había logrado. Independiente, apenas insegura; la ropa negra predominando en su armario. Sonríe, te decía, sonríe más. Ella era feliz de ese modo: sonreía sin temores. A mí la sonrisa me cuesta.
Fue menos de un año de alegría renovadora, acaso feliz por sonreír y no por estar con ella. La metafísica del amor: creer que la necesitaba a ella cuando necesitaba a cualquiera que llenara un hueco de la hostilidad de entonces. Cualquier mujer que me hiciera creer que había un propósito, una vía de escape, un paliativo para mi volición hiriente. No querer nada más porque la tenía a ella; S. como causa primordial, cuando la causa primordial era cualquier mujer con una belleza y un carácter similares.
Pensar que pudo no haber sido, que ella no era lo importante sino el cómo: la casualidad, el día soleado o nublado, el frío aparente.
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