Ya somos el olvido que él temía.

Ella ya lo tenía pensado; no era una idea nueva ni súbita, precipitada en un arrebato de libertad. Ya no estaba enamorada, no había que darle más vueltas. Tampoco valía la pena la tentativa destinada al fracaso de buscar los motivos por los cuales el amor permanecía oculto, disipado en el pasado.

¿Por qué no terminar todo de tajo? Tenía que maquinarlo, hilvanar los hilos sueltos de sus ideas, encontrar la forma menos dolorosa. No hoy, tampoco mañana, no ahora que él duerme después del vuelo de once horas. Pero lo tenía claro: aquello debía terminarse. Faltaba tiempo, reflexión, andarse con cuidado, no por las ramas de la conmiseración.

Se recetó soledad. Después del viaje ya no se verían por al menos dos semanas. Saborearía la libertad, una nueva forma de vida, otro posible amor que la comprendiera, con un futuro verosímil. Guardaría las distancias; quizás se convencería de que era un pensamiento pasajero, un capricho. Se sentía perder el piso, ya nada encajaba.

Sí lo amaba, se lo había dicho. Pero aquella mujer ya no era ella; dudaba de lo que antes creía como dogma. Durante el viaje, el tiempo juntos del lado de allá, le buscaba algún defecto: qué es lo que me parece malo para ya no quererlo tanto. Era en vano. Cuando estaban juntos no había nada que perturbara el leve vaivén de las luciérnagas en su vientre. No tenía peros con la confianza acumulada, con la cercanía de las almas a través de los cuerpos.

El sexo siempre se renovaba; ya había perdido la cuenta de los orgasmos, del máximo alcanzado en un solo día. A veces, cuando el amor los hacía, dudaba de él, como si se sacara cartas y habilidades de la manga. ¿Dónde aprendiste a hacer eso? Jugaba con la idea de que le era infiel, de que había adquirido práctica en otra mujer. Se ponía celosa; reavivaba el deseo: eres todo mío, yo soy toda tuya, el grito que se guardaba en el estómago para que los vecinos no los escucharan.

Todo llegaba a su fin, natural consecuencia. Ella había regresado, había dejado la casa de sus padres, nuevas emociones en su país. Ahora tenía compañeros de piso; uno de ellos le había despertado el primigenio deseo del amor. ¿Será cierto? Entonces se decía que eran señales del destino.

Le preguntaba a su madre: ¿qué debo hacer?
Eres todavía joven, conoce, disfruta sin remordimientos. Quizás fue un amor juvenil, temporal; todavía tienes un mundo por recorrer.

Y ella se sentía más segura. Lo único que le impedía el salto era la empatía, no querer ser responsable de lo mucho que lo iba a lastimar. Tenía ensayadas las frases complacientes: no eres tú, soy yo; eres excepcional; has sido mucho de lo mejor que he vivido. Le dejaría claro que era por otros motivos, no por falta de amor: lo nuestro no parece tener futuro, entiéndelo.

Le diría que nunca había conocido a alguien tan inteligente como él, con tanto talento. Llegarás muy lejos, tienes todo para ser escritor. De eso no tenía dudas. Siempre amó las pequeñas notas cada mañana, escritas con el impulso del apuro, la separación hasta más tarde. Notas que todavía guarda, escritas en un español que no siempre entendió. Él se las traducía al francés como regalo, pero tampoco le llegaban al corazón. Un poco cursis, ¿no crees? Nunca se lo dijo.

Había un romanticismo que ella no podía entender, como si fuera la vida en una novela, alejada de la realidad más tangible. A veces pienso que me quieres tanto que no me quieres. Tu amor hacia mí, de la forma en que lo dices, parece una hipérbole cercana a la mentira. Me gusta más el amor que no se dice, expresado con el cuerpo, en caricias nocturnas de otro tiempo.

Debía decidir de qué manera hacerlo, si de frente o a la distancia, pero hacerlo cuanto antes, no prolongar el anuncio de su decisión. Él se quedaría solo, no había otra manera. Yo no puedo detenerme. Ya no podía soportar más su inseguridad, sus mensajes nocturnos diciendo te extraño, cuándo vuelves, dónde estás… sobre todo esos mensajes de celos, con la intención de controlarla, de que no fuera a engañarlo con otro.

¿No podía ser más libre, más seguro de sí mismo?

Para entonces, poco antes de encontrar la excusa para terminar, ella ya lo había engañado; se había dejado enamorar por Paul. La enamoró lento, acercándose como un amigo, llamándola al deseo. Tocaba la puerta; ella abría. Hablaban el mismo idioma; por fin podía darse a entender, mostrarse como era.

Si Paul no hubiera llegado, habría resistido un poco más. Si él, del otro lado, no se hubiese dejado atacar por el miedo a estar solo, quizás la historia habría continuado algunas páginas más. No fue así. Ella lo consultó de noche, libre; no se iba a dejar controlar por un hombre. Además, él la hacía sentir mal, culpable, el remordimiento como un agrio reflujo: pobre, tan solo y desolado. Y yo festejando la vida, alegrándome de estar viva, más fuerte e ilusionada que nunca.

Ya lo tenía pensado. Sería de mañana, después de no haberle respondido durante la noche.
Creo que algo no va bien entre los dos, necesitamos hablar.

Él cedió fácil, molesto.
Ya no me quieres. Si es así, no vale la pena continuar.

Lo veía seguro, relajado, sosegado incluso. Pero se contradecía. Después vino a implorar una segunda oportunidad, a restregarle su dolor en la cara. Yo ya no podía ser los cimientos de su felicidad. Era demasiada la carga cuando me decía que era el amor de su vida: no me dejes, no me olvides, quiéreme.

Todo como si fuera obligación mía para con él. ¿Yo dónde quedaba? Yo también quería querer y que me quisieran sin miramientos, sin condiciones. Él no pensaba en mí sino en él, en lo mucho que sufría.

Luego el silencio. No me escribas más, no vale la pena. ¿No te das cuenta de que mucho quiere decir mi no respuesta?

Y él insistía, hasta que a base de dolor lo entendió.

Ya somos el olvido que él temía.

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