Me paseaba descalzo, con la inquietud del que no salió del apartamento a pesar del calor pesado de la tarde, tumbado desde el mediodía, los libros amontonados en la mesita para el café, mirando al techo cuando abandonaba la lectura, sintiendo cómo la humedad de las paredes viejas se derramaba adentro de la pieza. Daba pasos desenfadados, las manos atrás, oyendo el crujir del parqué, buscando la pared por la cual se colaba la humedad, el moho que se abatía contra el respaldo del sillón como una telaraña porosa. Nada. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando el aire tibio con una mueca de asco en la cara. No me había afeitado, sentía los vellos de la barbilla rozarme los hombros.
Todo me cansa
Nos vimos una segunda vez como tentativa de recuperar el tiempo perdido, para darnos cuenta si la pasión prevalecía, si no había sido un juego de niños. Ambos descubrimos, primero ella, que ya nada quedaba de la pareja de antaño, los besos ya no sabían igual; me dio un libro como regalo de cumpleaños y de despedida. Luego ya no nos vimos, nos intercambiamos silencio por silencio, mi último mensaje de agonía y ella de indiferencia
Ya no somos los mismos
Aunque parezca ser que todo en mi es resignación, que doy lo perdido por perdido, sin ánimos de recuperarlo, creo que seguimos siendo, en cierta medida, los que fuimos. No es que hayamos dejado de ser, sino que el porvenir, desde ese pasado divergente, nos dio otros yos. Nos multiplicamos en uno sólo, acaso por eso nos cuesta reconocernos porque hemos pasado a ser multitudes
Jueves
Mi padre murió un jueves. Estuve al pie de su cama, dándole la espalda a la muerte que no tenía tiempo para los adioses, custodiando sus últimas horas, no sé cuántas, dijo el médico, pero le queda muy poco. La muerte ya lo sabía, se le subía por los pies, se los pintaba de negro. Papá no sentía ya dolor, era lo que nos decían, estaba dormido, con suerte en un sueño alegre, lejano pero con contacto sonoro —nos decían— con el reino de este mundo
Su recuerdo
No recuerdo los proemios de la conquista, sin embargo, los imagino espontáneos, fruto de mi exceso de confianza que se apoyaba en mi juventud. Fue un acercamiento gradual, de conversaciones diáfanas y de coquetería subrepticia. Como no recuerdo los inicios tampoco tengo idea clara del final. Todo esto son elucubraciones mías, estratagemas de las que se sirve la inventiva para reconstruir un pasado borroso, de difícil recuperación
Ayer vacío
Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.
Amarillo
Hay una leve tristeza con la intención de volverse profunda, de alojarse muy dentro del corazón y hacerlo latir a contratiempo. El día es amarillo porque me ha traicionado, porque no he despertado a buena hora, y no supe cómo comenzar de buena forma. Me he traicionado, no hay más culpable que yo mismo. Me siento desamparado como si alguna vez hubiese gozado del acojo de un tercero. Esto no iba a plasmarse en la página en blanco, esto no tenía razón de ser, sin embargo ha nacido como respuesta al desasosiego, a la desazón que me carcome el alma, el buen ánimo que creía perdurar a lo largo del día.
No es un secreto
Me niego a olvidarla, a cambiarle el nombre, me acostumbro a su vacía presencia que lo llena todo. Es ella esa luz de un día en que mi corazón apesadumbrado se contrae, caída libre de un pensamiento suicida. Es entonces cuando resisto, me pronuncio por el hartazgo, desdeño mis libros, mis cuadernos, la vida que no se parece a como la había imaginado. Y luego esto, la escritura que no me lleva a ninguna parte, la página que no se llena, difícil de llegar al limite propuesto
De mi nacimiento
Pienso que la fiesta por mi nacimiento y mi eventual e ineludible velorio serán los eventos en mi honor a los que nunca podré asistir.
Dejar de lado
Ser el autor decadente, sin complejos, el escritor obstinado con su labor de escritura diaria, el más disciplinado de los inconsecuentes, de los desordenados. Mezclar mi irresponsabilidad con la más férrea de las disciplinas, llevar a cabo el proyecto de escritura que corre el riesgo de empolvarse en el cajón de la indecisión