Un cuaderno

D. me miró a los ojos luego de mi beso de adelantada despedida. Sacó de su bolso un cuaderno de cuero, dentro una carta que leí al instante, una declaración de amor sin fronteras, un amor de puentes colgantes entre países, su infinita confianza en mí para que agotara las páginas de ese cuaderno, para que cumpliese mi inseguro propósito de ser escritor, ella como mi primera lectora. No lloré porque no era momento de llorar, porque nos íbamos a volver a ver, porque no era exagerado decir que la pasión iba a prevalecer, que la renovaríamos con el fuego encendido de tanta ausencia

Su recuerdo

No recuerdo los proemios de la conquista, sin embargo, los imagino espontáneos, fruto de mi exceso de confianza que se apoyaba en mi juventud. Fue un acercamiento gradual, de conversaciones diáfanas y de coquetería subrepticia. Como no recuerdo los inicios tampoco tengo idea clara del final. Todo esto son elucubraciones mías, estratagemas de las que se sirve la inventiva para reconstruir un pasado borroso, de difícil recuperación

Lo falible

Regreso a casa con el harto deseo del olvido, dejar pasar el día, mis previsiones puestas en un sueño reparador y un despertar con las fuerzas renovadas para dirigirme a los libros, la primera taza de café en mano. La mañana viene con la fruición del buen vivir, de saberse un hombre de provecho, con el tiempo contado o a cuentagotas para leer un cuento o dos, o el capítulo de una novela o un ensayo, comer del maná de los libros, el gozo indefinido de leer: el placer del texto

Ayer vacío

Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.

Dar forma

Dividir la vida entre leer, escribir, releer, corregir, romper, reescribir. Pequeños pasos, crónica mínima de mi esfuerzo, una razón de ser, del sueño realizado para ya morir en paz, para dejar algo, para dejarme a mí en el recoveco de la eternidad, en un libro perdido, de muy pocos ejemplares que nadie va a comprar

Dos sueños

Eso solo es posible en ciertos animales. Pensé en las peleas de gallos, pero la que yo presenciaba, con inaudita mudez y horror, era de hombres. ¿De dónde nace está escena de delirante muerte? El cuento de Borges se le parece, los enemigos a los que se les concede un duelo justo, degollados de parado y obligados por el odio mutuo a correr hasta el final de la línea, sin saber quién sería el vencedor

Amarillo

Hay una leve tristeza con la intención de volverse profunda, de alojarse muy dentro del corazón y hacerlo latir a contratiempo. El día es amarillo porque me ha traicionado, porque no he despertado a buena hora, y no supe cómo comenzar de buena forma. Me he traicionado, no hay más culpable que yo mismo. Me siento desamparado como si alguna vez hubiese gozado del acojo de un tercero. Esto no iba a plasmarse en la página en blanco, esto no tenía razón de ser, sin embargo ha nacido como respuesta al desasosiego, a la desazón que me carcome el alma, el buen ánimo que creía perdurar a lo largo del día.

La cocina de mi brazo

Porque durante todos estos días me he entregado sin más a la negación, a la vida sonámbula de quien trabaja con horarios fijos, ausente e irreflexivo, movido —no motivado— por algo más bajo que el instinto de supervivencia. Schopenhauer lo definía como la voluntad, esa fuerza primigenia que nos mueve pese a nuestra necesidad de inmovilidad. Incluso el suicida es impulsado por esa voluntad de vivir: el suicida da fin a su vida no porque ya no quiera vivir sino porque esta vida se le ha vuelto castigo y se defenestra en busca de una realidad mejor

Festejo

Un cumpleaños no es un año más sino un año menos. Falsa sensación de festejo, un engaño bien elaborado para no tomar el paso del tiempo como lo que en realidad es: una daga fría que se introduce lenta en el pecho. Consciente del paso de los días, consecuencia de su medición memoriosa, veo a un yo distinto en el espejo, un yo antes joven y que ahora toma la imagen del progenitor. Tiempo a martillazos, tiempo a bocajarro, tiempo presente y ausente, irrecuperable.

Una pasión ya sin nombre

Esa debe ser tu idea, de una luminosidad que sana, que evita la caída en el abismo peligroso de lo ya vivido. Por eso huyes de mí, me lees desinteresada, como un descuido, como se lee un anuncio en la calle, como se escucha la voz que anuncia la estación del metro, o peor, no me lees, miras mi mensaje rápido, de soslayo, como se ignora a un menesteroso al que no se le quiere dar dinero, de soslayo porque su mirada esperanzada por una moneda da lástima, no caer en ese juego, porque se le volvería costumbre

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