Va a parar la lectura, se dará a la vida: se tomará esa cerveza frente al río, se entretendrá con el pasar de mujeres bellas con las que nunca podrá escribir una historia de amor. Dirá que no le queda otra, que ha venido porque quedarse en casa es poca cosa; mañana podría estar muerto, así que hoy ha renunciado a su vida, a sus cosas, a sus inevitables libros. Se le lega la condena de estar vivo: la ineludible cosecha de un fracaso, una muerte segura y quién sabe si próxima.
El impulso y la nada
Comencé a escribir como método —no carente de dolor— para extraer la espina que tenía clavada en el corazón. No voy a negar que, a medida que escribía, sentía que la espina, en lugar de salir, se alojaba más hondo, provocándome un insomnio de ideas suicidas. La escritura no fue en sus inicios salvación, pero sí una catarsis lenta, de purgatorio: la única forma de no caer en el infierno tan temido de la desolación.
Terminemos con esto.
Terminemos con esto, que no me queda mucho tiempo. Lo que parecía ser una semana tranquila se ha convertido en un intermitente caos. Tuve cuatros días libres, los cuales pasé en su gran parte entre las páginas de uno que otro libro. Y vaya que el tiempo es impreciso y breve. Un día no basta... Leer más →
La fragilidad
De nuevo la interminable tarea, tal como la vida mientras dura, de escribirle al tiempo. Y digo escribirle al tiempo porque lo hago para el porvenir. Tiempo presente se convierte en tiempo pasado. Escribo como simulacro contra la frustración, para no sentir que la vida pasa sin más. Escribo para sentirme eterno aun siendo mortal.... Leer más →
La noche.
La noche en Lyon no es una noche cualquiera. No pasa lo mismo que en aquellos lugares donde la oscuridad absorbe todo a su paso con la puesta de sol. Aquí la noche, cuando el sol se oculta, hace nacer mil luces que mantienen la ciudad despierta, con vida, aunque la mayor parte de los... Leer más →