La fragilidad.

Aquí estoy de nuevo en esta tarea interminable -como la vida, mientras dura- de escribirle al tiempo. Y digo de escribirle al tiempo porque lo hago para el porvenir, en un tiempo presente que al final se convierte en pasado. Escribo para lidiar con la frustración, para no sentir que la vida pasa sin sentido. Escribo para sentirme eterno aun siendo mortal. La vida se acaba, al igual que cada día termina, al igual que estas mil palabras. La tarea de escribir se me vuelve una obligación. Desearía que las paginas se escribieran solas, pero somos artífices de nuestros éxitos y nuestras desgracias. Aunque algunos sucesos no siempre son causa nuestra. Yo no podría culparme por mi sorpresiva muerte a causa de un accidente, como algo que está tan fuera de nuestras manos, el tiempo como gran ejemplo. Cada día transcurre sin pausas, los minutos corren como el agua en un grifo abierto, pero a diferencia del agua el tiempo no se agota. La muerte repentina puede ser causada por muchas causas, sin embargo ¿hasta dónde alguien es culpable cuando se muere alcanzado por un rayo? Quizás el mismo afectado sea el culpable, por haber marcado su destino con cada decisión tomada en su vida, como haberse levantado aquel día de la cama y haber dejado su casa para salir al trabajo. Puede haber sido de una y mil maneras distintas. Pudo haberse quedado en casa, durmiendo y ser alcanzado por la muerte por una tos que se volvería crónica. Uno no puede saber la causa o el causante de sus desgracias, aunque nos empecinemos en encontrar culpables, porque nosotros nunca lo somos. Las causas del éxito suelen estar marcadas por el auto reconocimiento al trabajo duro siempre realizado, y no a algo o alguien. ¿acaso hoy, día nublado y apacible, como cualquier otro será decisivo en mi futuro? Somos producto del azar, y uno no escoge el amor, el éxito o su destino, de la misma manera que uno no elige la lluvia que lo moja al salir a caminar por las calles.

Después de estas reflexiones, que vienen sin sentido -así como la vida y la muerte- pasaré a hablar de los banalmente significativo realizado en este día que comenzó con un amanecer como todos. Claro, ningún día es el mismo, incluso la luz y el viento cambian. Hoy me desperté como cada amanecer, en el momento exacto, en la hora puntual que me dicta mi reloj biológico, y claro, mi metabolismo también interviene en ello. Y es que no se puede dormir con hambre, y mis sueños más fascinantes viene durante la siesta después del desayuno. Bien, ahora que recuerdo, valen las mil palabras contar lo que recuerdo de esos sueños.

Era yo parte de un ejército que protegía un gran reino. Las tropas enemigas me atacaban sin cesar y yo me estaba quedando sin defensas: mis guerreros estaban muriendo cada vez más rápido. En el escenario, que parecía ser un castillo con puertas labradas en madera y que a pesar de su gran peso se abrían con la fuerza de un niño. Bastaba empujarlas suavemente para abrirlas, pero para nuestros enemigos aquellas puertas estaban cerradas. El enemigo quería obtener objetos que yo guardaba preciosamente en mi castillo, pero que al final tuve que ceder porque me provocaban un miedo sin precedentes. Ellos, una clase de monjes, ocuparon mi castillo y se reunían en uno de sus grandes atrios. Yo pude ver todo, con la intención de pasar desapercibido y no ser capturado o asesinado como lo fueron todos mis guerreros. Estaba perdido, corría de un lado a otro empujando las puertas para encontrar una salida…

Es todo, no recuerdo más, y mi memoria, al relatar lo sucedido, juega conmigo para cambiar la historia dándole o quitándole el sentido lógico. Ese fue mi sueño, aunque también soñé con una bella mujer que existe y solo nos hemos visto y cruzado unas cuantas palabras contadas veces. Se llama María, y se quedaba en mi casa, en mi cuarto. La tenía, solo en sueños la tuve. Se desnudó frente a mí con la intención de ver mi reacción hacia su cuerpo desnudo. Yo, con aires de seductor, trataba de no prestar atención y de no mostrar asombro ante inefable instante, pero ella trataba de medir mis sensaciones, para momento siguiente cubrir de nuevo su cuerpo.

Que el día termine y que el mañana no vuelva/ que el tiempo pare, que el ruido se detenga/ déjame encontrarte musa/ déjame escuchar tu voz muerta.

Lyon, Francia. 29/06/17

 

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