La noche en Lyon no es una noche cualquiera. No pasa lo mismo que en aquellas noches donde la oscuridad absorbe todo a su paso con la puesta de sol. Aquí la noche, cuando el sol se oculta, hace nacer mil luces que mantienen la ciudad despierta, con vida, aunque la mayor parte de los que la habitan duerman -o mueran- y se trasladen a cualquier otro lugar ajeno a este mundo donde el sueño -o la muerte- nos llevan. Una ciudad que duerme no necesariamente muere, aunque con cada noche que cae un nuevo día se encamina a nacer, naturalmente, sin que fuerzas misteriosas lo obliguen a salir del útero de la madre de los nuevos días. Cuántos días y cuentas noches nacen y mueren mientras muchos. Quizá esa es la respuesta a la dialéctica de la vida: día, noche, vida, muerte…

La labor del escritor consiste en apropiarse de las palabras -sino es que las palabras se apoderado del escritor- arrancarles su significado para otorgarles uno nuevo en la totalidad del texto. ¿Cuántas son las palabras que se tienen que escribir diariamente para poder considerarse un escritor de profesión? Quizá no sea el número de palabras, sino el que nos paguen por esto que hacemos rutinariamente para no vivir confinados en la vehemente, y no por muchos tolerable, locura.

Hoy comienzo a escribir -de manera rutinaria- porque no basta el talento y la creatividad sino es concomitada con un trabajo arduo como el que requiere cualquier oficio o profesión. Finalmente, y con una alegría inmensa, me doy cuenta que la única manera de hacer callar el ruido en mi cabeza -muchas veces insoportable- es concentrando mis ideas en palabras. Mismas que le dan un orden, quizá práctico o quizá no del todo, a esas ideas difusas que deambulan por mi espíritu y nunca llegan concretarse en ideas claras. No puedo afirmar que mis ideas escritas tengan la claridad que creo que tienen, pero al menos dejan de ser ideas vagas y se plasman en algo con más trascendencia que ese sueño creativo que se nos borra de la memoria el despertar.

Comienzo escribiendo aquellos pensamientos que tuve durante el día y que todavía mi memoria los puede traer de vuelta. Como esa idea precoz de hoy por la tarde de que el mundo no cabe en una sola página y que todos sus habitantes no pueden ser protagonistas de una sola novela. Aunque todos somos actores en la infinita novela de la vida -la cual no nos pertenece- y que seguirá siendo vida aun cuando nosotros hayamos dejado de formar parte de ella. Todos somos excelentes actores. Por ejemplo, hoy interpreté a una persona que camina con apuro para no perder el bus, después me dieron el papel de alguien secundario que camina con tranquilidad para tomar el tranvía, para después ser un lector que espera, escuchando conversaciones ajenas, a que la multitud descienda en una estación importante para poder tomar asiento y poder continuar con la lectura que permitirá que su papel en este teatro sea perfecto. Actores somos todos, pero no todos se dan cuenta como encarnan y dejan morir a más de un personaje día con día, obra tras obra.

Espera, no vayas a dormir que todavía no termino, que apenas he rebasado las 500 palabras de las 1000 que me he propuesto sólo para esta noche. Entre la idea que recuerdo y de las cuales pude tomar nota resaltan las que conciernen al lenguaje y la poesía. “…esas frases rítmicas son lo que llamamos versos y su función consiste en re-crear el tiempo”. Paz escribe un ensayo sorprendente sobre el poder que encierra el lenguaje transformado en poesía. Una idea la cual pocas personas -y diciendo pocas quizá digo muchas- toman en serio en algún momento de sus vidas. Somos seres ficcionales. La metáfora es nuestro principal instrumento de comunicación, el cual acaba siendo poesía. El poeta es un varón de deseos, la poesía es hambre de realidad, que expresa y transforma el entorno, creando a partir de la imitación de todo aquello que vivimos y presenciamos.

La misión del poeta no es salvar al hombre sino salvar al mundo, nombrarlo. Porque ante este mundo lleno de personas irreflexivas estamos condenados a dejar morir la belleza en la gran infinidad de sus expresiones naturales. El poeta nombra al mundo con metáforas, con las palabras que no quieren decir nada pero que al final lo dicen todo. Describiendo una noche sin estrellas, pero llena de luz, porque el brillo de la ciudad y de los que duermen no puede ser apagado ni por la más lóbrega noche. Esa luz artificial, que resplandece como la sonrisa diáfana de la mujer amada, es quien mantiene a nuestra ciudad despierta para poder verla nacer con un nuevo día y no dejarla morir con una nueva noche.

Me dejo llevar por el ritmo de la noche que me invita a oscurecerme con ella. Las ideas van y vienen, las de hoy llegaron y otras más se me escapan. No puedo escribirlo todo -no todavía- pero esta actividad que hoy inicio es promisoria, y de no estar seguro de que algo bueno podrá salir de esto seguro que no lo haría. Al final tenemos que escoger entre la literatura o la vida. A mí no me queda otro camino que arriesgarme a morir en el intento escogiendo las dos, porque no hay literatura sin vida ni tampoco vida sin literatura.

Las mil palabras ya casi terminan, pero no las mil y una noches de historias por contar para mantener viva la flama de la hoguera que enciende nuestros sueños y que no deja consumir nuestra creatividad. Esa hoguera es la misma que ilumina esta noche, y que no deja que me vea desvanecido por el desasosiego de una vida sin palabras y por lo tanto carente de significado, de ritmo, de poesía que alimenta el fuego inextinguible de la pasión.

08/04/16

 

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