10 de diciembre 2020
Todo nace y pervive a partir de un deseo. El deseo de vivir que conduce a un hombre o a una mujer por el camino de la vida; el deseo de querer traer al mundo una vida nueva de unos padres anhelantes por repetirse, por legar el mundo a sus hijos, padres comprometidos con las vidas que traen a esta terrenal existencia, padres que cuidan y guían y que no abandonan. El deseo de una persona solitaria o de una pareja con o sin hijos de compartir su vida con un perro, con un gato, una serpiente o una araña. Animales que viven entre nosotros porque no nos bastamos, porque deseamos verlos andar por la casa o a alguien que nos acompañe durante un paseo. La vida no tiene sentido, ya lo sabemos, y los que no los saben se han inventado uno propio, inmune a todo existencialismo pero no menos mentira. Ese deseo que no se ve, que a veces no se sabe describir, tampoco se sabe bien para qué se le quiere, pero deseo perenne. Todos queremos algo, y hacemos lo que se pueda o no para lograrlo. El deseo aunado a nuestra circunstancia, los deseos que no sabíamos que teníamos y que remplazaron los de antaño. La vida es el deseo más grande, la vida es la interminable búsqueda de la satisfacción de uno e infinitos deseos. Quien afirma no desear nada en la vida miente, porque negando su condición de persona que anhela, sabe que sigue entre nosotros porque se le han cumplido ciertas cosas.
Este no es un texto optimista.
También existe el que no desea nada, y ese desear nada es desear la muerte que de por sí ya es desear mucho. No siempre es un deseo inmutable, difícil de sortear o de intercambiar por el deseo de seguir pese al dolor que le infringe la vida. Estamos hechos de deseo, de unos padres ilusionados con la sorpresa que les dará la vida en nueve meses. No se nos consultó si queríamos llegar, si queríamos vivir, recorrer el camino de la vida como lo siguieron nuestros padres, nuestros abuelos, y así hasta la eternidad en el pasado. Deseos muy importantes o deseos nimios. Somos deseo incluso cuando nos concibieron sin planificación, si llegamos de sorpresa o como un impedimento.
Detrás de nosotros puede haber una historia trágica, una separación, una violación o un abandono. Pero si nuestros padres biológicos no tuvieron el deseo de tenernos la vida nos dará unos padres que siempre desearon tener hijos, o que ya los tenían y desearon tener más. Así lo hicieron mis abuelos, a quienes la vida les deseó dos hijos más que ellos acogieron con el alma, con la esperanza de que tan solo el deseo como flama avivara en los corazones. Dos niños que tocaron a su puerta porque su madre no podía hacerse cargo de ellos. Aquellas mujeres eligieron para sus hijos un lugar de acogida más prospero que aquel en que nacieron. Mis abuelos ganaron dos hijos, con las dificultades, pero también recompensas que trae un nuevo integrante de la familia bajo el brazo. No sé como lo tomaron mis tíos, su reacción al saber que tenía dos nuevos hermanos, uno primero y el otro después. Ambos niños felices que adoraban a los únicos padres que de verdad tuvieron. Padres que los quería como se quiere al deseo, lo que mueve al mundo. Yo gané dos tíos, uno tan joven para ser mi primo y otro un hermano más de mi madre, sin distinciones. Son ellos familia de sangre, la única que importa.
Este texto tenía otros motivos que se han impedido por una idea vagabunda. Yo quería hablar con menos solemnidad. Yo quería escribir sobre el deseo que mueve los pequeños engranajes de mi mundo cotidiano. El deseo que llega todas las mañanas, deseo bien premeditado desde la noche, la idea en la mente de dormir, de no ser perturbado en la maquinación de las ensoñaciones, dormir una noche tranquila y despertar cuando el cansancio se haya fugado del cuerpo. Sin embargo mi deseo es impedido por terceros. La vida en pareja acompasa nuestros tiempos. El despertar, el desayuno y el comienzo de la rutina al mismo tiempo cuando nada nos obliga a salir de casa. Rutina en la que solo intervienen nuestros deseos, nuestras actividades nunca coordinadas. La noche pasa tranquila. Mi deseo por dormir interfiere con el deseo lúdico y nocturno del gato de correr de un lado a otro, de cazar mi mano que se esconde bajo el edredón, hasta que se cansa, hasta que el deseo de dormir le llega de la nada. Duerme primero él y luego yo. El deseo de dormir es mutuo, la noche tranquila puede seguir su curso. Sin embargo, nuestros deseos se ven confrontados poco después de las cinco de la mañana, cuando el gato, controlado por el hambre, materializa su deseo de comer con su estridente despertar, su convulsa necesidad de morder los cables de electricidad, de saltar sobre la mesa, mirar fijo por la ventana y repetir la rutina hasta que el fastidio es tan grande que terminamos por ceder a sus exigencias y servirle de comer para que nos permita una hora más de sueño. Uno termina, después de esas horas de tregua, más cansado que la noche anterior. Me levanto con un crujir de huesos y miro al antes tan deseoso por comer, durmiendo sin que nada ni nadie lo moleste. Ahí mi deseo es despertarlo como venganza, tomarlo en brazos y hacerlo salir de la tibia cama para que vaya y busque algo mejor que hacer.
Nada sale como se le planea. Esto no tenía razón de ser, me he salido del plan. Puedo dejar la rutilante presentación de los deseos, puedo darme sin remordimientos a la lectura. Nada me obliga a continuar frente a la pantalla. Dónde encuentro las palabras que me faltan. Lejos estoy de ser un escritor de fondo. Escribo poco, poco, poco. ¿Hacia donde iré?
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