De nuevo solo a medianoche, haciendo frente a la luna y la página blancas, pero libre de afrentas. Nos hemos reconciliado. Mi escritura nocturna y yo volvemos a ser amigos, a entendernos, a dejar correr los juegos de palabras y emociones. He venido alegre, el día todavía no termina y me siento pleno, poseedor de una libertad inopinada para malgastar el tiempo y a su vez recuperarlo. Vuelve el paso lento de los días, el encierro, la vida breve en cuatro paredes y el silencio que infla de gozo mi buen ánimo. Son estos días una degustación, un simulacro de la vida de escritor. Levantarse sin más obligaciones que las que yo mismo me impongo, lejos de cualquier distracción, de algún movimiento en falso que me saque del buen cauce de la alegría. Mañana el día se anuncia el mismo, dentro de casa donde viven los libros. El encierro me hace bien, el sentirme el escritor en la torre de marfil hasta que las obligaciones ajenas rompan con el encanto, obligándome a salir, a bajar al mundo que no comprendo si no lo veo desde mi ventana. Soy un gran espectador de la vida, un narrador testigo, no apto para representar ningún papel principal en la gran y efímera obra de teatro de la vida. Yo vivo tras bambalinas, en mi trinchera, oculto de toda mirada pero siempre atento a lo que me pasa, a cada movimiento que me rodea y que no es mío. Es porque nunca se me ha dado bien el protagonismo. Soy un apátrida del escenario, la luz de los reflectores me ciega, el enjambre de miradas me congela. No puedo tolerar las multitudes, más voces que la mía o menos silencio que el que me otorga la soledad. Bendigo los días solitarios, el tiempo que corre a mi paso, mi habilidad de tirar las horas por el drenaje sin ningún remordimiento. Soy un prestidigitador del tiempo, lo hago aparecer y desvanecerse. No lo controlo, no, eso es imposible, más bien lo administro: sé malgastar muchas horas y recuperarlas del algún modo en los días venideros. Soy un excelente contador del tiempo, mí única y más importante empresa, de la que obtengo tantas ganancias como pérdidas. Cuento las horas que faltan para mañana, cuento los minutos que me quedan para librarme de una clase, de una fila, de una sala de espera. Sin embargo, soy un pésimo testigo del tiempo que pasa, el que me recorre las venas y me envejece. Ayer era muy joven y hoy sumo veintiocho años y unos meses; y sin embargo, siento que apenas ha pasado muy poco tiempo durante los pasados cinco años. Fui ayer, de eso estoy seguro, pero tengo pocas certezas de ser hoy, de poder adueñarme del paso lento del minutero, del tictac del reloj. Hoy escribo y mañana pasarán cuarenta años. Me veré inundado de papeles varios, lo acumulado de muchos días en los que escribí lo que pensaba y lo que sentía. Soy un engaño, un farsante, ya lo he afirmado otras veces. Soy yo mismo, mi vida es el engaño, hacia mí mismo y hacia los demás. No tengo nada calculado, ni la vida resulta —letras de una canción— solo tengo el cansancio acumulado, los miedos no vencidos, los traumas infantiles no resueltos. Estoy harto y, lo que es peor, estoy cansado. Nada toma el curso que debería, la vida ya no me sorprende. Soy un ciego en el sendero de la vida, he tomado caminos al azar, a tientas, sin saber con certeza por qué tomé esa dirección. Al menos no me quedé en la encrucijada, tomé el camino del fracaso y lo recorro lento, hasta que el golpe avise, hasta que ya no haya más camino que recorrer.
Respira, respiro, la vida aun alberga un último aliento de esperanza. La vida no está harta, no está cansada de su mediocridad cuanto más, tanto que yo no la controle. Me quejo del azar, pero es este mi religión, la única deidad en la que confío todos los pasos dados a ciegas. Yo no vivo por cuenta propia, soy un títere y la casualidad mueve los hilos, la titiritera. Yo soy tan solo un artista de la nada, del vacío, del me dejo llevar porque nunca he tenido una fuerte convicción, la determinación de convertirme en alguien. Si alguna vez lo intenté lo más seguro es que haya renunciado al poco tiempo, al ver cuán fatigoso me resultaba. Así me entregue de lleno a la renuncia, a la caída sin paracaídas, a ver a dónde este camino me lleva.
Yo y la noche. Pensamientos salvajes llegan a estas horas. Me vuelvo obsesivo con el recuerdo, con la nostalgia, con la imbécil pregunta de qué hubiera pasado si… Veo pasar toda mujer que quise y que ya no está. Las hay de todas las épocas, unas que se quedan más tiempo que otras; las que vienen todos los días y las que tan solo regresan como un recuerdo puntual. La he visto a ella, ha cambiado su foto de perfil. Y mi yo pasado sufriente y apasionado se pregunta si la nueva foto representa algún cambio en su vida, si su vida amorosa ha tenido algún desliz. Yo la he visto distinta, ya no la mujer que quise sino la mujer ajena, presa del tiempo que todo cambia. He reconocido en el fondo de la imagen su cuarto, el mismo de mis últimos días con ella. Eso al menos no ha cambiado, sigue viviendo casi de la misma forma. Pero qué voy a saber si ya no soy testigo del paso de sus días. Soy tan solo un espectador de lo que ella me deja ver, de lo ya poco que existe. Ella sabrá mucho menos de mí, ningún detalle le será revelado, tan solo lo que su memoria pueda recuperar. Sin embargo, tengo la idea atroz de que me ha olvidado, de que en su memoria me he vuelto un día triste y lluvioso, anegado en las aguas de una pasión no resuelta. Soy un muerto que se ha quedado anclado en el fondo de las aguas de su recuerdo. No ha podido sacar mi cadáver, no he podido salir a flote.
23 de diciembre 2020
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