Cavilaciones hacia el final

No cabe duda. No es sólo la falta de hábito, el venir y fatigar la página con mil palabras, sino también el miedo paralizante a la página en blanco. Lo he dejado de lado. Escribo sólo en mis cuadernos por la atávica creencia de que la escritura lenta, papel y pluma, se me da mejor. Escribir en el ordenador me parece empresa titánica, no apta para el escritor, todavía en ciernes, que creo ser. Ya no me llegan las palabras como susurro claro desde algún lugar luminoso de la conciencia, donde ahora todo es silencio y penumbra. Ya no me asalta el hilvanar frenético de palabras durante la duermevela, las frases lúcidas en la antesala de la memoria, donde poesía y narrativa se funden en un solo sentimiento: regresar a un recuerdo impreciso, lejano, que yo creía olvidado.

Me desalienta la escritura al creerme incapaz de dar alcance a mi yo pretérito e impulsivo, a quien se le da fácil la escritura, con su voz y estilo propios. Me siento ausente de mí mismo, un extranjero de mi pasado, un yo de deliberado olvido. ¿Cómo llegué a componer textos que entonces no me parecían tan lúcidos? Hoy los encuentro circulares, de un hombre que piensa palabras y las recompone a su gusto en frases casi musicales. Para él la metáfora no es ajena, tampoco la hipérbole. Es dueño de cada palabra, cada frase tiene su razón de ser en el texto y, sin el ánimo previsto de orden, llega al final de las mil palabras con la idea global justa, la encadenación trepidante de las palabras queda hecha, como si todo, desde el inicio, estuviese premeditado.

Sin embargo cada texto es intempestivo, parte de una idea y enseguida se deja llevar por el ritmo de la prosa alojada en su cabeza. Se sabe dueño del ritmo, de sus palabras acaso desacostumbradas pero que le suenan dentro del pecho como reiteración inconsciente de lo antes leído. Se le ilumina la expresión el en rostro cuando la palabra no buscada le sobreviene como regalo de la abigarrada y no menos caprichosa memoria. No sabe cómo llegó hasta el ordenador y se empeñó en llenar de virtual tinta la tan temida página en blanco. El inferno tan temido se vuelve confortable, hecho a la medida de su cielo personal donde el fuego no quema sino que basta apenas para calentar la habitación de paredes mortecinas tan fría esta mañana. Se sabe con el tiempo contado. Se sabe finito porque ha visto a la muerte de cerca. La vio en la sala de espera del hospital donde su padre agonizaba, sin ninguna prisa, seguro de que la hora estaba cercana. Vio la muerte en el miedo mudo de su padre, incapaz de pronunciar una palabra, presa del terror de verse frágil frente al hijo, disminuido a su papel de hombre enfermo, moribundo, con la condena sin escapatoria de la muerte. ¿Qué recuerda el hijo de mi madre? Recuerda al padre sobre todo enfermo, que agoniza, incapaz de moverse, la conciencia golpeada por la anestesia y los medicamentos. Ve al padre debilitado, al moribundo que tiene hambre y sed imposibles de saciar. Y el miedo le revuelve las entrañas porque la imagen de su padre entre la vida y la muerte le parece prolepsis: es el espejo de sí mismo. Tiene su perfil, la misma forma del cuerpo, las manos se parecen. Entonces ya no ve a su padre moribundo sino a sí mismo, en futuras e iguales condiciones pero de la mano de nadie, hombre avocado a la soledad, a sus atávicas costumbres, sin hijos que lloren su partida y sin una mujer que maldiga su destino próximo de viuda. Yo condenado a sufrir de la misma o peor enfermedad, acaso más temprano, en los albores de una existencia de presente felicidad, inclinada a la plenitud. Me vi moribundo lamentando todo aquello que dejé por hacer, lo que no hice, lo que pude ser y no fui.

Ya para entonces será muy tarde. Esta mañana me parecerá distante, casi como un olvido, lo que nunca fue. Será parte itinerante de lo que fui, un hombre en la tercera década con todas las de perder, en la senda equivocada por mera rebeldía, por no aceptar vivir en el lugar donde nació, por su impertinente necesidad de no tener raíces, de vivir donde nadie lo conoce, lejos de quienes lo vieron crecer y que por lo tanto lo forman a su imagen y semejanza.

Soy el escritor primerizo, desvalido, incapaz de alcanzar a mi yo pasado. Mi estilo es soso, torpe, sin el estilo de antaño cercado por la lectura de Borges. Ya no soy capaz de la adjetivación luminosa, de las frases barrocas, arcaicas que ya no son parte de la literatura que hoy vive. El tiempo se me da corto, y por eso me escindo de rabia porque no he logrado lo que quería, no he leído las largas horas, no he avanzado en lo ya escrito, es su relectura y corrección. Mi empresa literaria termina en fracaso, en lo inacabado por falta de ahínco, de la fuerza del joven que ya no soy. Soy un acostumbrado fracaso, aguerrido a las formas simples del ocio, reacio a las cavilaciones honorosas sobre la muerte porque ya la he vivido de la mano de mi padre. Ya no existe el miedo al mensaje prematuro y fatal: papá ha muerto. Mi padre ya es muerte, mi simulacro se ha cumplido distinto. Nunca imaginé ver el cuerpo reciente sin vida o reciente de muerte de mi padre. Su cuerpo frágil, consumido por los días sin alimento ni agua suficientes. Mi padre desvalido, ausente el día de su propia muerte por su bien, para que no sufriera, para que su muerte ocurriese durante un sueño alegre, tal y como él lo imaginó, sin sentirlo, sin padecerlo y sin reclamos al ayer ni al porvenir, pues ya el ausente no tiene vela en su propio entierro.

17 de enero 2023

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