A mi primo, el Güero, se le apareció la muerte, la tuvo cerca y por lo tanto se le volvió trauma. Ignoro las circunstancias de su desvanecimiento, el día, el lugar, el cómo. No ignoro el porqué: deshidratación. Mamá decía que fue culpa del sol intenso, la sequedad de la tierra, el extenuante caminar y la natural y fatídica falta de agua. Se desmayó, lo llevaron pronto a la sombra; Güero, despiértate, toma agua. Fueron unos minutos que al Güero le parecieron eternidad, durante los cuales fue testigo de esa luz inmemorial al final del túnel. Le mojaron el cuerpo con agua fría para bajarle la fiebre. El Güero alucinaba, no lejano a las convulsiones. Se despertó pálido —claro que esto es invento mío—, más asustado que sediento, el corazón queriendo latir rápido porque le faltaba la sangre, y sin embargo latía frágil. Salió vivo, pero no indemne del trance.
¿Cuántos años tenía? Adolescente pero temeroso de una próxima vez ineludible. Vivió para no contarlo, pero andaba por la vida con la marca del traumático suceso en el bolsillo. El Güero no salía de casa sin su imprescindible botella de agua, la misma todos días, siempre suficiente por si las dudas. Se convirtió en parte de su atuendo y ya sus padres no le daban mayor importancia: si le hacía sentir seguro y le permitía vivir, ¿por qué impedírselo? La botella de agua, de medio litro, era su reserva y no la bebía a menos que no tuviese otra fuente de hidratación a la mano. Era más bien un arma contra la muerte y su sentencia, que sin dudas le dijo que se iba a morir de sed, deshidratado en una tierra seca, en un monte lejano, sin nadie que le ayudase a sobrevivir. El Güero tuvo desde entonces pesadillas: ahí estaba su martirio, el día que se desmayó se le repetía, se le anunciaba como augurio. Se despertaba, cada noche de terror, con una sed insaciable. Vaciaba el agua de la famosa botella, la volvía a llenar y apuraba un vasos de agua hasta que se sentía incapaz de beber una sola gota más, a pesar de la sed que, aunque leve, todavía sentía. Amanecía y él se preparaba para el día, su botella en el bolsillo del pantalón, por si las dudas, y salía de casa para trabajar. Nosotros, los primos, nunca le dijimos nada sobre la botella. Era como si no estuviese ahí, más un amuleto solitario que un objeto útil. Sabíamos que había sufrido de insolación, que a nosotros también podía pasarnos, pero nos olvidábamos luego, jugábamos sin temores. Esa botella permaneció durante unos años, siempre con él como si fuese un crucifico en el cuello, como protección.
¿Qué día decidió dejarla? No lo sé con exactitud, pero el Güero ya andaba por el camino seguro de la vida. Lo vi años más tarde renovado, ya no era presa del miedo, la botella con agua ya le resultaba imprescindible. Acaso se dijo que el agua en sí era innecesaria porque la cerveza vino a reemplazarla. Fue la época en que comenzó a beber, compartió el vicio familiar de la cerveza al final de la jornada, del exceso los sábados, el fin de semana que se vislumbraba desocupado para lidiar con la resaca durante todo el domingo con una nueva gota de alcohol para conectarla. El Güero, como todo hombre apegado a las tradiciones familiares, encontró el amor en una mujer, la puso en un pedestal y le propuso matrimonio. Ya no tenía miedo, lo delataba el rostro ahora lozano, regordete, ya no demacrado por el pretérito miedo a morir de sed. Se armó de valentía, sí, de la mano de lo que mi madre llama «el vicio», diciendo tu primo el Güero salió a tus tíos, de tal palo tal astilla, y se inventó un ideal de vida. La novia le dijo que sí, casémonos, y su padre, mi tío, les regaló una casa que antes tenía en renta, para su nido de amor, hijos míos; y sin delación anunciaron a la familia que iban a ser pronto padres primerizos. El Güero —porque sí era güero, como su madre— se convirtió en padre de un niño idéntico a su esposa, todo lo contrario a él. Padre sin educación, sin capital cultural, antaño temeroso de la muerte por insolación —de seguro que no lo olvida— le dio una educación insuficiente al niño. Yo fui testigo de cómo el niño golpeaba la pierna de su padre, de cómo el Güero le enseñaba a pelearse con la vida, a defenderse por si acaso de los futuros embates de los otros. Ese niño, formado con el ejemplo lamentoso del padre, ni siquiera me respondió el saludo aquella única vez que lo vi: le dio un golpe seco con el puño al padre, de niño indefenso, y se fue corriendo a hacer lo que sea que estuviese haciendo. No dije nada. Qué tal, primo, quién hubiera dicho que la vida familiar sería de esa forma. El Güero se veía confundido, estuvo a punto de no decirme que sí, la verdad es que me arrepiento, pero en su momento no lo pensé. Quisiera todavía hacer otras cosas, pero ya no se puede, la vida es así. Percibí entonces un ligero pesar en el brillo ausente de sus ojos, de verdad se arrepentía, detestaba a la criatura que le había tocado como hijo, le resultaba soportable pero no querido. Adiviné que, si por él fuera, si no tuviese ese peso familiar, andaría de nuevo por aquella tierra seca, con el intenso sol bajo los hombros, hasta la extenuación solitaria sin nada para aligerar el calor, la botella de agua que antes llevaba con él olvidada a propósito entre los juguetes de la infancia con los que ahora jugaba su hijo, libre de culpa, con un padre que se dejaba llevar por la pretérita sentencia, con la seguridad de quien sabe que mejor fue haber dejado todo ahí, para qué vivir, y caminar, esta vez libre de dudas, hacia esa luz.