Malogrado

Un suicidio no premeditado, involuntario. Una mujer menor de cuarenta años, un primer matrimonio fallido, un hijo fruto de aquella relación efímera y un segundo matrimonio, con menos desdichas y dos hijos con un padre no ausente y un medio hermano incómodo por no serlo completo. Familias recompuestas, familias separadas, rotas, un niño sin la presencia de su padre biológico y con el cariño forzado —porque quiero a tu madre— de un padrastro indolente. La convivencia familiar se extiende a los amigos, vienen a la casa, comparten la mesa, risas, el vino y la caza. El esposo es aficionado a la casa al igual que su mejor amigo. Ambos presumen sus rifles como trofeos, los animales muertos como ejemplo del hombre que se antepone a la indomable naturaleza. El niño solitario sin embargo no sale mucho de su cuarto, por ser el mayor —ocho difíciles por no intercambiables años— ha obtenido el privilegio de dormir solo. No le interesa la caza, otro motivo para que su padrastro aumente su subrepticio desprecio por el hijo que no es sangre de mi sangre. No hay nombres, es solo una familia de cinco personas que pronto será mermada por la muerte repentina, trágica y culposa de la madre.

Una unánime noche, luego de un día de caza, padre y amigo regresan a casa triunfantes, excitados por la adrenalina de lo intempestivo. Entran a la casa con sendos rifles, los utilizan para dotar de realismo al recuento de sus pericias, el animal por poco se me escapa, y otro por poco me tira al suelo, presa fácil. El amigo levanta el rifle, apunta descuidado, sin sus cincos sentidos por el alcohol ingerido, hacia un cuadro en la pared, repite la escena desconocida para los oyentes, fue así, lo tenía en la mira, por poco se me escapa y con la adrenalina recorriéndole las venas tira del gatillo. Un estallido estertóreo acalla con el ruido de las copas, de bocas que mastican; el aplauso de los presentes por la culminación del relato no llega, el triunfo del cazador se repite pero en el entorno doméstico: las cortinas se tiñen de un rojo carmesí, un niño de ocho años —los otros dos dormían— no llora, no grita, no se mueve, su madre en lugar de un rostro tiene un hoyo negro en la cara que sangra, mancha de blanco el sillón con chorros de sangre del exacto color del vino de la copa que su mano inerte todavía sostiene. No da crédito a lo visto, no quiere verlo, gira la mirada, ve al amigo de su padrastro impasible, sin moverse, el rifle todavía apuntando. La calma viene después de la tormenta, sí, pero aquí pasó lo inverosímil, la verdad que hubiesen querido mentira. Todo se borra, su padrastro y el hombre salieron de la casa, sin hablar, y una vez fuera, las armas dentro del auto, escuchó a su padrastro proferir insultos, un vocinglero incomprensible, y él, el hijo de su madre frente a su madre muerta. No pudo con el cuadro, se encerró en su cuarto, escuchó las sirenas de la ambulancia, la policía. Solo quedaba su padrastro, el amigo asesino se había marchado, para evitar complicaciones, esconder evidencias, y sin dudas quedar como culpable ante los ojos incrédulos pero acostumbrados de la policía. Fue un accidente, se les juro, oficiales. El niño no recuerda mucho, durante años todo se borró, el impacto fue ingente, desbordante para alguien de su edad, pero volvía como pesadilla: las máculas de sangre materna sobre las cortinas, el sillón, un tanto en sus manos, en su rostro… Todavía puede describir —ya en edad adulta— el olor, el tibio de las mínimas gotas en el rostro; se ha mirado al espejo y cree tenerlas como lunares, por todas partes, marcas imborrables de la tragedia.

Los tres niños fueron puesto a cargo de la asistencia social, huérfanos de madre. El niño de ocho años —quien es el personaje principal de esta espeluznante historia—, se quedó también huérfano por partida doble, pues su padre no quiso hacerse cargo de él, y estaba fuera de la regla entregarle la custodia al padrastro insensible, cazador, cómplice presencial del asesinato de su esposa, la madre de sus hijos. Tres niños huérfanos, dados en custodia a nuevas familias, no mucho mejores pero sí carentes de tragedia donde pudiesen crecer en un ambiente sano.

El niño será un adolescente atribulado de pensamientos suicidas pero nunca llevados al acto póstumo. Se contendrá, se buscará un oficio que le permita salvar vidas por no haber podido salvar la de su madre. Será bombero para poner su vida en riesgo por la de los demás. Será una prolongación de sí mismo, buscará la muerte en la reafirmación de las vidas ajenas, de fácil comparación con el intrépido Ruletista quien, buscando la muerte, no podía morir. El adulto que sufrió aquel trauma de niño, obsesivo por los detalles más absurdos: desde la posición centrada de los objetos hasta levantarse con el pie equivocado. El señor Álvarez —renegará siempre el apellido de su despreciable padre— buscará la muerte a toda costa, pero no una muerte cobarde, sino un acto valeroso disfrazado de suicido, dar su vida por la de alguien en riesgo, presa de las llamas, significa la culminación de lo anhelado, la no existencia. Salvará a tantos otros suicidas, verdaderos aventureros en busca de una vida distinta, conocer por fin lo que es la muerte, elegir cómo se quiere morir, y se enorgullecerá de no caer en ese acto egoísta, morir sin más, sin haber sido útil, haber servido a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo. De pensamiento religioso, sabe que el suicido es un pecado infame que se condena con el castigo eterno de las llamas de un infierno infinito. Los incendios son ese averno al que él acude para salvar a las víctimas de una tempestad no pedida. Se persigna antes de salir, preparado para todo, una muerte gloriosa, casi un suicidio, a cambio del cielo donde él cree que está su madre a quien no le dijo cuánto la quería. Se miente con la verdad, gran suicida incapaz de morir por mano propia se entrega al azar, al cuando Dios quiera.

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