Escribir equivale a olvidar. La literatura es la forma más agradable de ignorar la vida. Olvidar es más rico, más vívido. El desprecio de la memoria como instrumento del escritor. Dos autores distantes y con sendos libros a la mano coinciden en la importancia del olvido. El primero, Pessoa, habla de la literatura como un arte para desprenderse de sí mismo, olvidarse, distraerse con la tan falsa como verdadera sensación de sentirse otros, pensar en otras mentes. La literatura entonces es un dulce enajenamiento, un viaje como el que se hace cuando se sueña, la elevación del ser más allá de sí mismo: ser otredad. El segundo, Cesar Aira, está conforme con el olvido, despertarse seguro de haber soñado, como sensación física, pero con un gran hueco en la memoria. Los sueños se desvanecen entre el sueño y la vigilia, durante la duermevela. Uno se levanta pesando qué poco he dormido, maldice el despertador y la cama incómoda. Enseguida se olvida lo que se ha soñado, la realidad irrumpe perversa, el olvido nos permite continuar, sobrellevar el nuevo día sin los conflictivos oníricos y nocturnos. La memoria capaz de la autosanación. Por eso una desgracia pesa menos a medida que pasan los años, se recuerda el dolor pero ya no se siente como flagelo ardiente. Sobre todo sueño pesa entonces la condena del olvido, quedarse del otro lado de la vida para no interferir en la que a nosotros nos parece la real. Es como el recuerdo de vidas pasadas, difuminado con el primer amor, pues ningún hombre y su mortalidad podría soportar la carga de la pérdida pretérita, de todas las vidas perdidas, la muerte que se repite cada noche durante un sueño revelador. Cesar Aira propone entonces que el escritor trabaje con el instante, casi como la escritura automática de los existencialistas. Jugar con ese olvido irremediable, volverlo literatura, pensar en un personaje, diluir su sustancia en las distracciones inevitables de un día, recomponerlo con la astucia de un momento álgido de creatividad, soñarlo sin pretensiones, sin deliberada astucia.
Andar por el olvido como por una calle ya recorrida, un lugar inolvidable en el espejo memorístico de la infancia. Yo escogería la azotea de mi casa, lugar de soledad inaudita, el hijo de mi madre siguiendo el camino de las hormigas, mirando a lo lejos la casa de la niña amada, la ventana de su cuarto, como él se lo ha figurado con la intención de un feliz engaño. Vivió así mi versión más joven con la idea robada de un amor posible con los años, un amor de vigilancia absoluta, de cercanía a pesar de la distancia. Él pensaba que ella lo veía, prisionera de lo que sentía, enamorada de él en secreto y su familia que le impedía la libertad de sus más francos sentimientos. Cuán feliz se sintió aquella vez al ser invitado a su cumpleaños. ¿Qué edad tenía? El adulto no recuerda, doce años a lo mucho. Niño detallista no podía venir sin un regalo: le compró un peluche del personaje de moda, una esponja amarilla que envolvió en una caja de cartón o una bolsa de regalo. Ingenuo, creyó que ese detalle la enamoraría, que le daría un primer beso. El hijo de mi madre fue a la fiesta, asistió solo sin ningún amigo que le acompañase. Tímido no supo cómo acercarse a los demás invitados, otros niños como él pero desconocidos. Se sentó en algún lugar apartado, en una esquina, comió lo que le ofrecían, no hablaba con nadie, agradecía a la madre, a C., por las atenciones, la invitación sobre todo. No tenía nada más que decir, quería pasar desapercibido, que no le preguntase si estaba enamorado de C., cosa que ya se sabía, pero que tal pregunta lo haría sonrojarse, y bien es sabido que tal acción involuntaria es motivo de risas entre niños como él, una verdad inconfesable en palabras pero que se revela a todos por el enrojecimiento en la cara. Cuántas veces no había sido víctima de esas confesiones mudas, incapaz de controlar su cuerpo, el nerviosismo que se le pintaba en el rostro. Se fue pronto, le sudaban las manos del nerviosismo, el adulto no recuerda si dijo adiós, si dio de nuevo las gracias, salió aterrado de ahí. A veces daba una vuelta por el barrio, pasaba frente a la casa de C. como su fuese su ruta habitual. A veces la veía salir con sus amigas, jugaban justo enfrente de la casa. Él estaba enamorado y no prestaba atención al amor de otra niña, ilusionada con él. Una vez le dijeron algo para molestarlo, provocar que se sonrojara. Lo lograron, se fue rápido sin saber qué hacer o qué decir. Ya nunca volvió a salir de su casa. Fue entonces que se volvió un niño sedentario, anegado en lo poco lúdico que encontraba en casa. Cuidaba su colección de juguetes, piezas innecesarias que le servía de adorno. Cuando se aburría de jugar con los cochecitos los limpiaba, les arreglaba cualquier defecto. Pasaba frente a la tele la mayor parte del día, el pensamiento ausente, recostado en el sillón como su padre, viendo a veces la telenovelas infantiles, las telenovelas para adultos o para toda la familia con su madre. Esa era la cultura de todos los días, la televisión como ventana al mundo inaccesible, todo lo que no podría ser en un futuro, todo lo que no podría tener.
Obsesionado con mi infancia. He hablado hoy con mi madre, con torpes palabras le he dicho que estoy bien, he encontrado otro trabajo, todo parece ir mejor. Mamá dijo a mi padre salúdalo, pero mi padre no tenía tiempo, acababa de salir de la ducha. No me saludó con gusto, fue indiferente, justo lo que esperaba de mi padre. No me perdona el abandono, mi partida y mi falta de propósitos en la vida. Mi padre que me desconoce, molesto por algunas de nuestras diferencias políticas, su conocimiento amparado en los años vividos, yo sé más porque lo he vivido y tú no.
16 de junio 2021
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