23 de diciembre 2020
Otra vez esta luz pasajera y el sentimiento hondo de cuán poco importa la vida. Este frío soleado me lleva de vuelta hacia algún lugar de la memoria en donde fui feliz. Esa felicidad, como es natural, se consumió con el paso de los días que se hacen años. No sé de donde viene el desasosiego, el luto que embarga a esta tarde de sábado. La música, la soledad y el vaivén del gato por el apartamento deben haberme traído a esta estado de melancolía instantánea. Hubo días felices que me he empeño en borrar en contra de la memoria que lo guarda casi todo. Son recuerdos alegres, pero son preludio de una pieza agónica, cruel y dolorosa hasta el hastío. Poco recuerdo del dolor, estación de paso de mi alma dolorida. Esa llaga todavía sigue clavada y recela del recuerdo de los días más felices. No puedo pensar en el inicio de la felicidad sin dejar de lado el final, ese golpe casi funesto. Un recuerdo feliz aunado a un sentimiento triste y despechado. Recuerdo dialéctico: los días felices, los días de duelo y la síntesis, un no querer volver a aquellos días, a repetir la dulce alegría seguida del amargo dolor. Me dedico al olvido, a pensar que esta luz de sábado por la tarde se irá muy pronto, que llegarán las tinieblas como sosiego. Llegará la noche con un recuerdo más feliz sin un final lacerante. Cicatriz evidente la de mis meses felices, marca altiva e indeleble, no he encontrado otra felicidad que la remplace. Hombre infeliz pero sosegado, hombre que espera, que ya no busca porque ya no hay nada que encontrar. Mejor así, quedarme en mi guarida, viviendo de lo mucho que me dan los libros y aceptando las migajas que me entrega la realidad como tal, la vida que llevo sin atributos. Soy el hombre solo y desolado. Sufro de fastidio, de extrañeza, de horror de verme al espejo y darme cuenta de que los años han pasado fugaces. El tiempo nunca me ha otorgado una tregua, una pausa contra el incesante correr de las aguas del rio de Heráclito. Soy un testigo perpetuo del tiempo que pasa hasta que el azar me traiga una muerte fugaz. Oscuridad, silencio, ausencia de espacio y de tiempo. Por eso no habrá lugar para el arrepentimiento, para las cavilaciones, para pensar en lo que hubiera sido sin tan solo… El eterno descanso prometido por la religión por fin concedido. Se nos legará la nada del otro lado, el prolongado destino. No habrá más castigo que la nada, a eso no atenemos al vivir. No habrá forma de ver el Aleph, la unión de todos los tiempos. El silencio como regalo, el olvido de uno mismo. Llega la muerte y uno se convierte en nadie, en menos que un pestañeo de lo eterno. Muerte que acecha. Es esta luz quizás el preludio de la vida, esta misma luz me vio nacer en aquel pasado frugal es también el final de todo, en algún mañana impreciso. «Me moriré en Paris», profetizaba Vallejo, un viernes o un jueves. Yo no sé dónde ni cuándo. Me moriré vacilante, de este lado o del otro, mañana o más tarde. «Piedra negra sobre una piedra blanca», titulaba Vallejo a su fatídico poema. Yo nunca podré ponerle un título a mi vacilante vida. Me moriré sin nada, anónimo, indecible. Quizás ya he muerto, y esto es un deseo concedido, un tiempo para todo, para que termine alguna misión preconcebida, para que encuentre al respuesta a una pregunta todavía no hecha. Se me da el tiempo justo, ni más ni menos. Las luces se apagarán cuando todo se haya cumplido como estaba escrito, me llegará la muerte anunciada, la muerte escogida, la que me toca por derecho. Será una decisión tomada desde el nacimiento, anunciada con mis primeros pasos, mis primeras palabras. Me muero todos los días, recorro el camino directo hacia la muerte, no hay manera de perderse, sabré salir de la encrucijada.
Otro se han muerto por menos, antes de tiempo, según las mentes esperanzadas, soñadoras con la vida llevada a término dignamente. ¿Qué fue del recuerdo de Cristina en las personas que la conocieron, aquellas gentes que un día la quisieron o la odiaron? Gente que la vio tan solo pasar sin una sola palabra cruzada para el recuerdo. Para mí ella queda sin embargo como revelación de la futilidad, de lo que no dura. Ya no la compadezco, ya no achaco su muerte al accidente, al descuido de ella, de un segundo o de un tercero. Fue una muerte bien planeada por el gran titiritero de las cosas y las personas. Se le implantaron algunos sueños, distintas oportunidades, y ella eligió no siempre consiente de saber si aquello era lo que ella deseaba. Todo se le puso de frente, para dejarlo o tomarlo. Ella dejó algo y tomó otro poco. Cómo iba a saberlo. Se le dio la felicidad con un auto, un símbolo del progreso en la vida, y este auto se convirtió, unos amaneceres después, en su propia tumba. Cristina eligió aquello por voluntad, por determinación se le dibujo el tímido esbozo de un camino. Fue ella la que hizo el resto, la que terminó el resto del cuadro. Todavía yace inmóvil el cuerpo de mi amiga, la última imagen que a mi pesar guardo de ella entre todas las otras menos trágicas. Te quedaste en la eternidad como una nota roja, en el llanto ahogado e impreciso de tus padres, en la consternación de familiares y amigos. En mí te quedaste como una composición perfecta y no menos frugal. Te quedaste como prueba de esta fragilidad de nacimiento, de lo insignificante, de lo que se desvanece sin aparente motivo. Pero sobre todo te has y te sigues quedando en muchas palabras, en mis pensamientos que machacan la idea del destino, de lo que dura muy poco. Hablo contigo y más de una vez me he dejado llevar por la ilusión de que estas aquí mientras conserve tu recuerdo.
Deja un comentario