No sé.
Lo que tiendo a pensar es que aquí dentro no hay nada, y conforme se suceden los días esta creencia se fortalece. Soy otro hombre al caer la tarde, cuando la oscuridad empieza a absorber lo que queda del día. Soy más inventivo, curioso y soñador cuando el día llega a su fin, cuando no falta mucho para acostarme. En ese momento de la lánguida e irrecuperable tarde me propongo despertarme temprano al siguiente día y darme por entero a la lectura y la escritura. Me siento enérgico, con un ánimo irreprochable, con la valentía de afrontar cada uno de mis propósitos acumulados a lo largo de los años. Sin embargo, el paso de la noche a la mañana, la cama y la almohada me roban aquella convicción nocturna. Suena el despertador y lo acallo al instante. Si nada más allá de mí mismo me obliga a levantarme no lo hago. Tan solo el trabajo o la obligación gozosa de un viaje son alicientes necesarios para que yo dejé el calor de las sábanas. Tengo a mal considerar mi actividad literaria como un pasatiempo, el cual no requiere horarios ni una obligada concentración y soledad. La culpa la debe tener el departamento, a pesar de tener a mis libros como refugio, mi concentración y yo se disuelven entre la preparación del desayuno y los ruidos del día. Tengo una mesa que no utilizo más que para que descansen los libros y el ordenador. Leo y escribo en el sillón que se ha convertido en mi escritorio, mi lugar de trabajo, el único rincón donde se me da algo del silencio y el sosiego buscados. Este es mi trabajo, a pesar de que no se me pague por ello, y esto, como tal, es lo que debe absorber la mayor parte de mis días. Si bien me lo tomo más en serio que antes no lo he hecho un ritual cotidiano, una obligación latente y a la vez de fácil fruición. Todo lo demás en mi vida pasa a ser superfluo, es al arte a quien debo entregarle mis días sin razón.
Así como la noche trae un ánimo inefable también puede traer consigo el desasosiego. Anoche la vida tomó el color sombrío del suicidio, del nulo disfrute por lo que hacía, como si respirar se convirtiese en algo difícil de llevar a cabo, y me imaginaba que tomaba la decisión simple de no respirar y morir naturalmente. La respiración nunca se detiene conscientemente, está ligada a la conservación de la vida, ya que se sufre si se intenta aguantar la respiración. Así que la aguantamos hasta donde es soportable y después damos un hondo respiro que nos reconforta. Así que el suicidio se debe hacer como un acto de suprema valentía, donde se utilizan otros métodos más o menos eficaces según las circunstancias.
Para mí, ayer la vida carecía de ese sentido. Pensaba en alguien —sin saber quién— que me hacía falta. De repente me sentí incompleto, y en lugar de morir quise retirarme con paso lento a la cama y aguantar hasta que el día siguiente llegase. ¿Por qué me sentía de tal forma? Sé del motivo, sé que tiene nombre de mujer y unos ojos que me dicen todo. Cuando nos vemos tengo que descifrar su rostro tan solo a partir de sus ojos, porque se me han vedado los labios con un cubrebocas. De esta forma descubro otra parte suya, algo que antes, sin darme cuenta, se me tenía prohibido porque mi mirada que se iba directo a sus labios. Los tiempos que corren nos han obligado a mirar a los ojos, a escrudiñar lo que el otro quiere decir con tan solo la mirada. Ayer yo la veía y me perdía. Sabía con certeza que la felicidad se encontraba en esos ojos verdes, en esa coquetería disimulada por las palabras, porque si tan solo se nos permitiese mirarnos una atracción inminente nos llevaría a un beso. Claro, todo esto es invento mío, como razón que explica el desasosiego de anoche. Ella me hacía falta a pesar de que nunca la he tenido. La idea platónica del amor, de un hombre y una mujer que se aman en lo que se les permite imaginar. No sé si ella tenga estos mismos o parecidos deseos, y que mi situación sea la única que nos impida ir más allá de lo que hasta ahora se nos ha dado. Una vez en la cama, para apaciguar la tristeza, de espaldas al amor de mi vida, me sumergí en ensoñaciones varias con aquella mujer que tanto necesitaba. La miraba de frente, por fin solos y, como parte más importante para hacerlo verosímil, libres de toda atadura o limitante. No me siento listo para renunciar a lo que desde hace años he venido construyendo. No puedo decirle adiós y darle la espalda a todo lo vivido a su lado. Esta casa, el lugar donde nunca la imaginación me condujo, forma parte de un sueño en común, de una decisión no venida a menos cuando el amor y la felicidad parecía eternos. Podría renunciar por instantes, para después regresar a la calma de una relación estable. Sin embargo, este leve comportamiento involucraría los sentimientos de terceros, de aquellas mujeres con las que solo podría compartir contadas noches.
Ya ha pasado, ella se fue, me ha aclarado que no quiere verme como algo más que un amigo. Y yo le he dicho que mi intención ya no era esa, que para mí todo había quedado claro la misma mañana en que la vi partir. Me pregunto si su negativa se debe a mi situación o al poco agrado que le dejó aquella noche que no llegamos a mucho.
La mañana despejó la tristeza y el desasosiego. El día tenía una nueva razón de ser. Me llegó un libro de Borges, como un regalo especial hecho por alguien que conozco poco. Por eso he venido a estas páginas, para dar cuenta de que se es escritor escribiendo.
23 de diciembre 2020
Deja un comentario